LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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Usa pedazos de verdad
La habitación del hospital estaba sumida en una penumbra artificial, rota únicamente por la luz azulada de los monitores y el resplandor de las luces de la ciudad que se filtraban por el ventanal. Victoria Santos se había incorporado en la cama, apoyada sobre un ejército de almohadas de seda que su asistente había traído de casa. A pesar de la bata de hospital, seguía pareciendo una reina en su trono, lista para dictar sentencia.
Lucian estaba de pie junto a la cama, manteniendo la mano de Elena atrapada en la suya. Podía sentir el pulso de ella, rápido y errático, golpeando contra su palma. Se preparó para intervenir, para dirigir el guion que habían ensayado, pero Victoria fue más rápida.
—Ahórrate los discursos corporativos, Lucian —sentenció la matriarca con un gesto de la mano
—. Quiero escucharla a ella. Dime, Elena... porque me cuesta creer que una mujer tan "gris" y eficiente como tú haya tenido la audacia de seducir a mi hijo y ocultar a una heredera durante trece meses. Cuéntame cómo fue. Cuéntame qué sentiste cuando supiste que llevabas a un Santos en tu vientre y decidiste que el silencio era tu mejor aliado.
Elena dio un paso adelante, liberándose suavemente del agarre de Lucian. Sabía que no podía usar el guion acartonado de Lucian para convencer a una mujer como Victoria. Tenía que usar su propia carne, su propio dolor y sus verdaderos recuerdos de aquella noche en el hotel, aunque tuviera que cambiar los escenarios.
—No fue audacia, señora Santos —comenzó Elena, y su voz, aunque baja, tenía una resonancia que hizo que Lucian se tensara—. Fue terror.
Lucian la miró de reojo. Esa palabra no estaba en el guion.
—Usted pregunta qué sentí —continuó Elena, mirando fijamente a los ojos gélidos de Victoria
—. Sentí que el mundo se hacía pequeño. Lucian era... es un hombre que lo tiene todo. Yo era la mujer que le servía el café y organizaba sus reuniones. Aquella noche, cuando el protocolo desapareció por unas horas, no vi al CEO de la Corporación Santos. Vi a un hombre que se sentía tan solo como yo. Pero al día siguiente, la realidad volvió a golpearme.
Lucian sintió un escalofrío. La forma en que Elena describió "aquella noche" tenía una textura tan vívida que por un momento pudo oler el perfume de jazmín y el aroma a ginebra de la fiesta del año pasado.
—Cuando supe que estaba embarazada —prosiguió Elena, y una lágrima solitaria, absolutamente real, rodó por su mejilla—, mi primer pensamiento no fue el dinero ni el apellido. Fue mi padre. Él estaba muriendo, señora Santos. Sus pulmones fallaban y nuestras deudas crecían. Me vi sola, con un bebé en camino y un jefe que, en ese momento, cambiaba de compañía femenina cada semana.
¿Cómo iba a decirle que la "eficiente señorita Rivas" era la mujer que ahora cargaba con su futuro? Tuve miedo de que me despidiera, de que pensara que quería atraparlo. Tuve miedo de que Mikeila naciera en un hospital público mientras yo no tenía ni para pagar el alquiler.
Lucian escuchaba cada palabra, paralizado. "Maldición", pensó, sintiendo un nudo en la garganta, "qué buena actriz es. Está perdiendo dinero conmigo como secretaria; debería estar en Broadway". La sinceridad en su tono era tan desgarradora que incluso él, que sabía que esto era un contrato, empezó a sentir una culpa irracional por haberla "abandonado" en ese pasado ficticio.
—Me oculté en mi propia ropa ancha —dijo Elena, perdiéndose en sus verdaderos recuerdos de los meses de soledad—. Lloraba en los baños de la oficina y luego me lavaba la cara para entrar a las juntas a tomar notas. El desmayo... el desmayo no fue por anemia, Lucian. Fue por el peso de saber que no podía más. Cuando él me llevó al médico y la verdad salió a la luz, pensé que mi vida se terminaba. Pero él... él me miró de una forma que nunca había hecho. Me dio su apellido para protegerme. No nos casamos por amor de cuentos de hadas, señora Santos. Nos casamos por una lealtad que usted, mejor que nadie, debería entender: la lealtad a la sangre.
El silencio que siguió fue tan pesado que se podía escuchar el tictac del reloj en la pared. Victoria observaba a Elena con una intensidad nueva. No había encontrado las grietas que esperaba. Elena no había hablado de lujos, ni de joyas, ni de planes de futuro. Había hablado de miedo, de supervivencia y de un sacrificio que resonaba con la propia historia de Victoria cuando tuvo que hacerse cargo de la empresa tras quedar viuda.
—Dices que él te miró de una forma diferente —murmuró Victoria, rompiendo el silencio—. ¿Y cómo te mira ahora, Elena?
Elena se giró hacia Lucian. En ese momento, no veía al jefe arrogante, sino al hombre que, sin saberlo, la estaba ayudando a que su hija tuviera un futuro antes de que ella misma se apagara por la enfermedad.
—Me mira como a su igual —respondió Elena con una sonrisa triste—. Y eso es más de lo que jamás soñé.
Lucian, impulsado por una fuerza que no comprendía, se acercó a ella y le rodeó los hombros con el brazo, pegándola a su costado. Sintió el calor de su cuerpo y el ligero temblor que ella intentaba ocultar.
—Ya has escuchado suficiente, madre —dijo Lucian, con una firmeza nueva—. Elena ha pasado por mucho. No voy a permitir que la sigas interrogando como si fuera una criminal.
Es mi esposa, es la madre de mi hija y es la mujer que ha mantenido este imperio en pie mientras yo estaba demasiado ciego para verla.
Victoria cerró los ojos y se recostó en las almohadas, agotada.
—Váyanse —susurró—. Necesito pensar. García los espera afuera. Pero no crean que esto termina aquí. Si esa historia es real, Elena, tendrás que demostrarlo en la cena benéfica de la próxima semana. Nueva York no perdona a las cenicientas que no saben bailar.
Una vez en el coche blindado, el silencio entre Lucian y Elena era eléctrico. Lucian la observaba por el rabillo del ojo. La actuación de Elena lo había dejado perturbado. Había algo en la forma en que mencionó a su padre y el miedo a la pobreza que no parecía ensayado.
—¿Dónde aprendiste a mentir así, Rivas? —preguntó Lucian, tratando de sonar ligero, aunque su voz salió ronca—. Por un momento, hasta yo me creí que llorabas en los baños de la oficina por mi culpa.
Elena miró por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad. El cansancio de la enfermedad empezaba a reclamar su cuerpo, y sentía una punzada de dolor en el costado.
—A veces, Lucian, la mejor forma de mentir es usar pedazos de verdad que nadie quiere ver —respondió ella en voz baja.
Lucian frunció el ceño. "Usa pedazos de verdad". Se preguntó cuántos de esos pedazos eran reales. Sabía lo de su padre, sabía lo de sus deudas... pero la pasión con la que habló de Mikeila y de "aquella noche" lo hacía sentir extrañamente inquieto.
—Mi madre te ha puesto en el punto de mira —dijo Lucian, cambiando de tema—. La cena benéfica es el nido de víboras más grande de la ciudad. Si sobrevivimos a eso, habremos ganado.
—Sobreviviremos —afirmó Elena, cerrando los ojos—. Tengo tres meses para asegurarme de que todo esté en su lugar. No voy a fallar ahora.
Lucian la miró, extrañado por la mención de los "tres meses", pero antes de que pudiera preguntar, ella se había quedado dormida contra la ventanilla, exhausta. Lucian, en un gesto que no reconoció como suyo, estiró la mano y acomodó un mechón de pelo tras la oreja de Elena.
"Qué buena actriz", se repitió a sí mismo, intentando convencerse de que el latido acelerado de su propio corazón era solo parte de la farsa. Pero en el fondo, Lucian empezaba a sospechar que el contrato que habían firmado no era el único vínculo que los estaba uniendo, y que la "señorita Rivas" escondía un mundo de sombras que él estaba desesperado por iluminar.