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El Precio De Una Promesa

El Precio De Una Promesa

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Traiciones y engaños / Amor eterno / Completas
Popularitas:844
Nilai: 5
nombre de autor: Marion Cecilia Coloma Aguirre

En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer

NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22 Entre la vida y la muerte

Apenas me desplomé en el suelo, sus padres reaccionaron de inmediato.

Su padre corrió a llamar a la ambulancia mientras su madre y Nicole se quedaban a mi lado, intentando cubrirme con mantas para darme calor, aunque la lluvia seguía cayendo sin piedad y todo seguía empapado.

Yo seguía inconsciente, con los labios morados, la respiración agitada y superficial, y esa fiebre que me quemaba por dentro como un fuego descontrolado.

No escuchaba nada, no sentía nada, solo una oscuridad pesada que me envolvía por completo.

Poco después se oyó la sirena acercándose, y en cuestión de minutos la ambulancia se detuvo frente a la casa.

Bajaron dos paramédicos con su equipo y se agacharon rápidamente a revisarme.

El silencio solo se rompía por el sonido de la lluvia y los sollozos de Nicole, que no dejaba de mirarme con los ojos llenos de miedo y desesperación.

Uno de los profesionales me tomó la presión, me puso sensores en el pecho y me midió la saturación de oxígeno, mientras el otro revisaba mis pupilas y mi temperatura.

Al terminar, se volvió hacia la familia con expresión seria y preocupada, y les explicó todo con claridad:

—Lo que ha sufrido es un shock anafiláctico por exposición prolongada al frío y la humedad —dijo—.

Está muy descompensado, su cuerpo no ha podido resistir dos días enteros bajo la lluvia sin alimento ni descanso.

Está muy grave: todo indica que ya ha desarrollado una pulmonía severa, y su respiración se está debilitando.

Necesita atención inmediata, con urgencia absoluta.

Señaló los números en el monitor y agregó:

—Miren, su saturación de oxígeno apenas llega al 85%, cuando lo normal es estar por encima del 95%. Está entrando en insuficiencia respiratoria, por eso le pondremos oxígeno de inmediato para estabilizarlo mientras lo trasladamos al hospital.

Enseguida me colocaron la mascarilla de oxígeno sobre la cara, me quitaron la ropa mojada con cuidado y me cubrieron con mantas térmicas para intentar subir poco a poco mi temperatura corporal.

Me inyectaron medicamentos para bajar la fiebre y controlar la inflamación, y me pasaron a la camilla con mucha precaución.

Mientras hacían todo esto, Nicole se mantenía cerca, llorando sin parar, con las manos juntas como si estuviera rezando.

—Por favor, que se mejore…

Que no le pase nada…

—repetía entre sollozos, con la voz rota—.

No quiero que muera por esto…

Su padre la abrazaba para calmarla, pero él también tenía el rostro pálido y preocupado, consciente de lo delicada que era mi situación.

—Vamos a ir con ellos al hospital —le dijo—.

No podemos dejarlo así, por mucho daño que haya hecho, nadie merece perder la vida.

Yo, mientras tanto, seguía en esa oscuridad profunda.

Sentía algo en mi cara, un aire que entraba en mis pulmones con dificultad, y de vez en cuando oía voces muy lejanas, como si vinieran desde el fondo de un túnel.

Reconocía el tono de Nicole, sentía su angustia, pero no tenía fuerzas para abrir los ojos, ni para moverme, ni para responderle ni una sola palabra.

Mi cuerpo estaba agotado al límite, atacado por la infección y el frío, y mi mente flotaba entre la conciencia y la inconsciencia sin poder aferrarse a la realidad.

Subieron la camilla a la ambulancia con cuidado, y Nicole y sus padres subieron también para acompañarme en el trayecto.

El vehículo arrancó con la sirena encendida, abriéndose paso entre las calles de la ciudad, mientras dentro los paramédicos vigilaban cada segundo mis signos vitales.

La saturación subía muy despacio, la fiebre seguía alta y mi respiración seguía siendo trabajosa; todo confirmaba que estaba en una situación crítica.

Durante todo el camino, Nicole no apartó la mirada de mí.

Secaba sus lágrimas una y otra vez, me hablaba en voz baja, me decía que aguantara, que no me rindiera, pero yo no podía responderle.

Ni siquiera podía mover un dedo para hacerle saber que la escuchaba, aunque en lo más profundo de mi ser, en ese rincón donde todavía quedaba un poco de vida, sentía su presencia y su dolor.

Así llegamos al hospital, donde me trasladaron de inmediato a urgencias.

Allí me esperaba un equipo médico preparado para tratar la pulmonía, controlar la fiebre y ayudar a mi cuerpo a recuperarse del daño causado por dos días de exposición extrema.

Pero lo único que yo sentía era esa pesadez infinita, y la única certeza era que estaba al borde de la muerte, y que la única persona que seguía llorando por mí era la misma a la que yo había hecho tanto daño.

 

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