Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.
La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?
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capitulo 7
El aire de "Las Cruces" se había transformado. El olor a bosta y tierra seca fue desplazado por el aroma dulce de la carne asada, la leña quemada y el aguardiente. Era la noche de San Juan, la fecha donde el pueblo olvidaba las deudas y las jerarquías para entregarse al frenesí del arpa y el zapateo. Para Máximo, esta era su oportunidad de redención. Tras días de cargar cántaras y oler a establo, necesitaba recordar quién era.
Se miró en el pequeño espejo manchado de su habitación. Había rescatado una camisa de lino azul oscuro y unos pantalones que, aunque no eran de gala, le devolvían esa imagen de galán urbano que el campo casi había devorado. Se peinó con esmero, ocultando las ojeras del cansancio.
—Esta noche no soy el peón de Elena —se dijo, ajustándose el cuello—. Esta noche soy Máximo.
Al llegar a la plaza, la música del joropo retumbaba en las paredes de la iglesia. Máximo se movió con una confianza recuperada, instalándose cerca de la barra improvisada. No tardó en atraer miradas. Para las jóvenes del pueblo, él seguía siendo una exótica novedad: el muchacho de la capital con manos que empezaban a endurecerse pero con una sonrisa que aún prometía lujos imposibles.
Máximo comenzó su juego. Desplegó su carisma habitual, rodeándose de tres o cuatro chicas que reían con sus anécdotas exageradas sobre la ciudad. Por un momento, sintió que recuperaba su estatus. Se sentía poderoso de nuevo, el centro de atención, el "citadino" que venía a deslumbrar a los locales.
—En la capital, las fiestas no terminan hasta que sale el sol sobre los rascacielos —decía, inclinándose hacia una de las muchachas con un gesto de seducción ensayado—. Aquí el cielo es bonito, pero allá... allá el mundo brilla a tus pies.
Estaba a punto de ofrecer un brindis cuando el sonido del arpa pareció elevarse en un crescendo salvaje. La multitud en la plaza se abrió paso, no por una orden, sino por una inercia de respeto absoluto.
Entonces la vio.
Catrina no llegó en su camioneta blindada ni con su ropa de faena. Apareció caminando desde las sombras de la calle principal, y el tiempo pareció detenerse para Máximo. Llevaba un vestido de joropo tradicional, pero adaptado a su esencia: de un negro profundo, con volantes que caían como cascadas de sombra y bordados de flores rojas que parecían gotas de sangre fresca sobre la tela. El cabello, usualmente recogido, caía en una trenza gruesa sobre su hombro, y sus labios, por primera vez, lucían un carmín intenso.
No caminaba; dominaba el espacio. Sus ojos, al encontrarse con los de Máximo, no mostraron sorpresa, sino un desafío que hizo que la copa de aguardiente en la mano de él temblara imperceptiblemente. Máximo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La belleza de Catrina esa noche no era delicada; era imponente, una fuerza de la naturaleza que hacía que sus intentos de seducción citadina parecieran ridículos y vacíos.
Las chicas que lo rodeaban se quedaron en silencio. La presencia de "La Jefa" era un eclipse total.
—La fiesta de San Juan es para los que llevan la tierra en la sangre, no para los que solo vienen a contar cuentos —dijo Catrina al pasar cerca de él. No se detuvo, pero el roce de su falda contra la pierna de Máximo fue como una descarga eléctrica.
El conjunto de música llanera inició un "pajarillo", el ritmo más rápido y exigente del folclore. La gente empezó a rodear la pista de baile, un círculo de tierra apisonada bajo las luces amarillentas.
—¡Un baile para la Jefa! —gritó alguien entre la multitud.
Catrina se colocó en el centro del círculo. Sus ojos buscaron a Máximo entre la gente. Con un gesto de la mano, sutil pero cargado de veneno, lo invitó a pasar al centro. Máximo, impulsado por el deseo de no quedar como un cobarde frente a las chicas que intentaba impresionar, dio un paso al frente. El orgullo le gritaba que el baile era solo movimiento, y él había estado en las mejores discotecas de Europa.
"¿Qué tan difícil puede ser?", pensó, entrando al círculo.
En cuanto sus pies pisaron la tierra, Catrina comenzó. El baile de joropo es una batalla, y ella no buscaba un compañero, buscaba una víctima. Mientras el arpa estallaba en notas frenéticas, Catrina empezó a girar con una velocidad técnica, sus faldas golpeando el aire con un sonido de látigo.
Máximo intentó seguir el ritmo, pero sus pies, acostumbrados al baile suave de club, no encontraban el compás del zapateo. Ella se acercaba a él, desafiante, sus ojos fijos en los suyos con una intensidad que lo desarmaba. Cuando él intentaba tomarla de la cintura para guiar el baile, ella se deslizaba como humo, dejándolo con los brazos vacíos y haciéndolo tropezar con sus propios pies.
—Zapatea, citadino —le susurró ella al oído en un cruce rápido—. Demuestra que tus pies sirven para algo más que para usar zapatos caros.
La humillación comenzó a ser pública. Máximo estaba rojo, sudoroso, perdiendo el equilibrio mientras Catrina ejecutaba un zapateo impecable, rítmico y poderoso que levantaba una fina nube de polvo alrededor de ambos. Ella bailaba con una ferocidad que hablaba de siglos de campo, de dolor y de mando. Él, en cambio, parecía una marioneta desarticulada intentando seguir el paso de un huracán.
La gente empezó a reír. No era una risa cruel, sino la risa del pueblo que ve a un extraño intentar hablar un idioma que no conoce. Máximo vio las caras de las chicas con las que coqueteaba minutos antes; ahora lo miraban con una mezcla de lástima y burla.
En el momento cumbre de la música, Catrina hizo un giro final. Usó la fuerza de su falda para golpear suavemente las piernas de Máximo justo cuando él intentaba un paso desesperado. El joven perdió el equilibrio y cayó de sentaderas sobre la tierra de la plaza, justo a los pies de ella.
El arpa se detuvo con una nota seca. El silencio en la plaza fue total.
Catrina permaneció de pie sobre él, ni siquiera estaba agitada. Su respiración era tranquila. Miró a Máximo desde su altura, con una mano en la cadera, y el carmín de sus labios se curvó en una sonrisa de triunfo absoluto.
—En este mundo, Máximo, no basta con verse bien —dijo ella, con una voz que llegó a todos los presentes—. Para bailar en mi tierra, hay que tener el ritmo del corazón conectado al suelo. Tú todavía flotas.
Ella le dio la espalda, dejando que el vuelo de su vestido negro le rozara la cara por última vez. Caminó hacia la barra, recibiendo los aplausos de su gente, mientras Máximo se quedaba sentado en el suelo, con los pantalones sucios de polvo y el orgullo convertido en cenizas.
Se levantó lentamente, ignorando las manos que se ofrecían para ayudarlo. Ya no se sentía el galán de la capital. Se sentía pequeño, un impostor que había intentado comprar un estatus que no le pertenecía. Miró a Catrina a lo lejos; ella estaba de espaldas, bebiendo un trago de aguardiente de un solo golpe, rodeada de hombres que la respetaban no por su dinero, sino por su fuerza.
Esa noche, bajo las estrellas de San Juan, Máximo comprendió la lección más amarga: Catrina no solo era la dueña de las tierras y del trabajo; era la dueña de la identidad de ese lugar. Si quería recuperarse, no podía hacerlo como el joven rico que solía ser. Tenía que romperse por completo y dejar que el polvo de esa plaza se le metiera en los poros.
Se alejó de la fiesta, caminando hacia la oscuridad de la carretera, con el sonido del arpa persiguiéndolo como una burla constante. Pero mientras caminaba, el ritmo del joropo seguía retumbando en su cabeza. No lo odiaba. Lo memorizaba. Algún día, se juró, volvería a ese círculo de tierra y no sería él quien terminara sentado en el suelo.