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ANTES DE QUE TE VAYAS

ANTES DE QUE TE VAYAS

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Matrimonio arreglado
Popularitas:887
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.

El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.

Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 9 SUEÑOS COMPARTIDOS

Mientras mamá y yo extendíamos el mantel sobre la mesa grande del comedor, arreglando los cubiertos con cuidado, el resto ya se había instalado en la sala. Enrique se recostaba en el respaldo del sofá, moviendo las manos con energía mientras le contaba algo a papá, y Tim permanecía sentado en el borde, escuchando con esa atención tranquila que lo caracterizaba, interviniendo solo cuando tenía algo claro que decir.

—Y le digo yo: ¡no se puede cortar la cebolla así, señor! —decía Enrique entre risas—, si lo hace así llora hasta el día siguiente, y no es por el gas, ¡es por lo feo que queda el corte!

Papá soltó una carcajada fuerte, golpeando suavemente la rodilla.

—¡Pues así lo he hecho toda la vida y aquí sigo, con los ojos secos! —respondió—. Pero si ustedes dicen que hay una forma más fina, tendré que aprender, ¿no?

—Claro que sí —intervino Tim, con una media sonrisa—. Le enseñaré el corte juliana cuando quiera, señor Abraham. Es cuestión de practicar un poco, nada más.

—Gracias, muchacho —dijo papá, dándole una palmadita en el hombro—. Me caen muy bien, se nota que no son solo buenos con las manos en la cocina, sino también buenas personas.

Mientras ellos platicaban, Rosa subió despacio las escaleras. No le costaba caminar ni moverse, sus pasos eran firmes y seguros, pero su cuerpo carecía de fuerza; podía hacer casi cualquier cosa, siempre que no se exigiera demasiado, que no corriera ni cargara peso. Llegó al primer piso y se detuvo frente a la primera puerta, tocando suavemente con los nudillos.

—Adelante —se escuchó la voz grave de Agustín desde adentro.

Abrió la puerta y asomó la cabeza. Agustín estaba doblando su ropa sobre la cama, y al verla se enderezó de inmediato, acercándose con paso lento.

—Hola, Rosa —le dijo con amabilidad—. ¿Todo bien?

—Sí, todo bien —respondió ella con una sonrisa—. Ya está lista la comida, les vengo a avisar.

—Voy ya mismo, muchas gracias por avisar —asintió él, y ella cerró la puerta suavemente para dirigirse a la siguiente.

Allí estaba la puerta de Adrián. Al tocar, se abrió casi al instante.

—Pasa, por favor —le dijo él, y se hizo a un lado para dejarla entrar.

Ella se sentó en el borde de la cama, y en cuanto lo hizo, Adrián se arrodilló frente a ella, quedando a su altura, con una pequeña caja de terciopelo azul entre las manos.

—Tenía ganas de dártelo desde hace mucho —empezó, mirándola con esos ojos que brillaban de ternura—. Es un regalo.

Rosa abrió la caja despacio: dentro había una pulsera fina de plata, un reloj del mismo metal y dos anillos sencillos, del mismo diseño.

—¿Sabes qué es esto? —le preguntó él, sonriendo al ver su cara de sorpresa—. Fíjate bien aquí, en este botoncito. Si lo presionas, se enciende. El reloj es mío, y uno de los anillos también. El otro anillo y la pulsera son para ti.

Se inclinó un poco más para explicarle con paciencia:

—Cada vez que tú toques el botón, a mí me llega una vibración fuerte. Significa que me extrañas, que piensas en mí o que necesitas algo. Y también puedes grabar audios cortos para que yo los escuche cuando los reciba. Es para que estemos conectados, aunque no estemos en el mismo lugar.

—¿Te gusta? —preguntó con suavidad.

—Sí… me encanta —respondió ella, sin dejar de mirar las piezas—. Oye… ¿irás con nosotros a la cabaña?

La expresión de Adrián se volvió un poco más seria.

—Me gustaría mucho, pero mis papás no me dejarán —dijo ella bajando la mirada—. Dicen que es peligroso, que si me pasa algo necesito estar cerca de un hospital.

Él tomó sus manos entre las suyas y la miró a los ojos.

—Hace cuatro meses que no tienes ninguna recaída fuerte —le recordó—. ¿Qué te parece si les pido permiso? Solo tres días ir ala  cabaña contigo, y luego me quedaré aquí, en casa, contigo los últimos días de vacaciones. ¿Te parece bien?

Rosa asintió, y él se levantó con agilidad, pasando un brazo por detrás de su espalda y otro por debajo de sus rodillas para alzarla con cuidado.

—Entonces vamos abajo. Te cargo yo para que no te canses —dijo, y bajó las escaleras despacio, sin dar un paso rápido.

Al llegar al comedor, mamá se detuvo en seco con el plato en la mano, mirándolos con una sonrisa tierna, y luego le guiñó un ojo a papá.

—Gracias, suegro —dijo Adrián con una media sonrisa, al pasar junto a él.

Papá soltó una risa fuerte, sacudiendo la cabeza.

—Vámonos a comer antes de que se enfríe todo —dijo, aunque no dejó de sonreír.

Adrián dejó a Rosa con mucho cuidado en su silla, y todos nos sentamos. Al probar la comida, no tardaron en llenar la mesa de elogios: Enrique dijo que era mejor que cualquier plato de los restaurantes más caros que había probado en Brasil, Tim admitió que la pechuga estaba tan crujiente que parecía imposible de superar, y Agustín pidió repetir arroz dos veces. Mamá se puso roja de la emoción, sin dejar de sonreír.

Cuando terminamos, cada uno se fue a su habitación a descansar. Yo subí con Tim a mi cuarto, y nos acomodamos: yo me recosté en la cama grande, y él se sentó a mi lado, hablándome en alemán despacio, repitiendo las palabras para que yo las entendiera. Lo miré y sonreí, y empecé a responderle en ese mismo idioma, aunque me trababa en las conjugaciones y se me escapaban palabras en inglés.

—¿Tengo muchas faltas? —le pregunté, un poco apenada.

Él negó con la cabeza y se rió suavemente.

—Solo tienes que practicar más, nada más —respondió—. Me sorprende mucho lo rápido que lo has aprendido, Camila. Es impresionante.

—Yo también me sorprendí —dije, y luego bajé la voz—. Oye… todavía pienso en ayer, en el aeropuerto. No podía creer que nos cruzáramos con Emiliano Fierro Félix en persona. Es el hombre más rico y más temido de Alemania, ¿sabes? Dicen que nadie se le enfrenta.

Tim asintió lentamente.

—Lo sé. Fue muy inesperado —dijo—. Pero bueno, al menos te pidió disculpas su asistente…

Giré la cabeza para mirarlo bien, arqueando una ceja.

—¿Ahora lo vas a defender tú también? —le dije con tono suave pero firme—. No dijo ni una sola palabra de disculpa él. Se quedó ahí, mirándome como si yo fuera la culpable. Es demasiado creído.

—No lo defiendo —aclaró él, sonriendo—. Solo digo que es un hombre muy ocupado, acostumbrado a que todo el mundo le dé el paso. Pero tienes razón: no tuvo buenos modales contigo.

Me quedé callada un momento, y luego me acerqué un poco más a él.

—¿Puedo dormir aquí contigo? —le pregunté bajito.

Tim se rió, apartando un poco la sábana para hacerme espacio.

—Claro que sí. No hace falta que lo preguntes.

Nos pusimos las pijamas y nos recostamos, y estuvimos platicando cerca de una hora: de la academia, de las cosas que extrañábamos de nuestros países, de los planes para los días siguientes. Al rato escuchamos pasos suaves en el pasillo: era Agustín, que se asomó a la puerta para invitarnos a seguir charlando con él y Enrique, así que nos levantamos de nuevo y nos fuimos a su cuarto, donde pasamos el resto de la noche entre risas y anécdotas.

 

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