Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
NovelToon tiene autorización de Syraxes Crowley para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: El Foso de las Cenizas
Antes de que Astra pudiera asimilar la orden, dos pares de manos robustas y despiadadas se clavaron en sus hombros. Los corpulentos Betas de la guardia de élite la sacudieron con brusquedad, obligándola a hincar las rodillas contra el gélido suelo de mármol. El impacto resonó en sus articulaciones, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación de verse reducida a una prisionera en el lugar que consideraba su hogar.
Desde lo alto del estrado, Logan observaba la escena con los brazos cruzados, imperturbable. A su lado, Irina acarició perezosamente el hombro de su nuevo Alpha, con los ojos entornados en una muestra de pura satisfacción. Ninguno de los dos mostró un ápice de piedad. Para ellos, Astra era un cabo suelto que debía ser cortado de inmediato.
—Logan, por favor... —susurró Astra, intentando buscar una pizca de la humanidad del chico con el que había crecido.
Él simplemente apartó la mirada.
El viejo Alpha se plantó frente a ella. La Daga de la Purga emitió un destello azulado bajo la luz de los candelabros. La plata pura cortaba no solo la carne, sino las corrientes espirituales que la Diosa Luna tejía entre las almas gemelas.
—Por la autoridad conferida por la sangre y la manada, purgo el vínculo erróneo —sentenció el viejo tirano.
El Alpha alzó el arma sagrada y ejecutó un corte seco en el aire, justo por encima de la cabeza de Astra.
No hubo herida física, pero el efecto fue devastador. La daga rasgó el entramado místico del lazo de apareamiento. Astra abrió los ojos de par en par, incapaz de emitir un solo sonido mientras una agonía indescriptible se apoderaba de cada célula de su cuerpo. Fue una sensación visceral, horrorosa; como si unas manos invisibles se hundieran en su pecho y le arrancaran el alma a tiras, desollando su conexión con el mundo espiritual.
«¡No!», gritó su mente, pero su voz estaba ahogada por el dolor.
El lazo con Logan resistió por una fracción de segundo, tensándose como un cable de acero bajo demasiada presión, hasta que finalmente se cortó.
En el instante exacto de la ruptura, un chispazo violento de energía oscura y fría emanó del pecho de Astra. No era la luz dorada de la Luna; era un pulso negro y opaco que se expandió por todo el salón. La onda expansiva fue tan intensa que apagó las luces de los candelabros por un segundo completo, sumiendo el lugar en una oscuridad absoluta y terrorífica. Los lobos de la manada soltaron exclamaciones de pánico, sintiendo un escalofrío que les erizó la piel.
Cuando las llamas volvieron a encenderse titubeantes, Astra colapsó hacia adelante, golpeando el suelo con el rostro. Estaba completamente debilitada, con un hilo de sangre espesa y oscura brotándole de la nariz, manchando el pulcro lino blanco de su vestido.
Logan dio un paso al frente, bajando los escalones del estrado hasta quedar a pocos centímetros de su cuerpo quebrado. Su presencia ya no generaba calor en ella; solo un vacío helado y repulsivo.
—A partir de este instante, dejas de existir para los Colmillos de Plata —dictó Logan con su atronadora voz de Alpha— Quedas despojada del apellido de la manada y de tu estatus de ciudadana. Se te prohíbe permanentemente pisar nuestras tierras. Si regresas, serás ejecutada en el acto como una intrusa.
Logan hizo una seña despectiva con la mano a los guardias.
—Sáquenla de mi vista. Arrójenla a la frontera.
Astra no pudo luchar. Su cuerpo era una vasija vacía y rota. Perdió el conocimiento mientras sentía cómo los betas la arrastraban por los brazos, arrastrando sus pies descalzos por el suelo del salón y luego por el barro del patio exterior, bajo las burlas silenciosas de los que alguna vez llamó compañeros.
Un violento escalofrío la devolvió a la realidad.
Astra abrió los ojos con dificultad, escupiendo agua lodosa. La lluvia torrencial caía sin piedad sobre ella, empapando su ropa y pegando los mechones de su cabello al rostro. Estaba tirada en el fango, tiritando incontrolablemente, rodeada por la densa y opresiva neblina del Bosque de las Cenizas.
Los guardias la habían arrojado justo al otro lado de la línea de piedras sagradas que marcaba el límite de la manada. Un territorio sin ley, devorado por la oscuridad y la muerte, donde ningún licántropo cuerdo se atrevía a entrar.
Se llevó una mano temblorosa al centro del pecho. El dolor agudo del ritual había desaparecido, reemplazado por un abismo absoluto. El vacío donde solía latir el lazo dorado con Logan era ahora un agujero negro que devoraba su calor corporal. Estaba sola. Rechazada. Condenada a morir.
De repente, el crujido de una rama rompiéndose a pocos metros congeló el aire en sus pulmones.
Astra contuvo la respiración. A través de la penumbra y los árboles retorcidos del bosque, varios pares de ojos de un amarillo fosforescente y hambriento comenzaron a encenderse entre las sombras.
Un aullido gutural, salvaje y ajeno a cualquier raza conocida de lobos, desgarró el estruendo de la tormenta. Las bestias del bosque habían olido la sangre fresca de una Omega indefensa, y se acercaban rápidamente para el festín.