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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

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EL HILO INVISIBLE

El diablo no tienta con fuego; tienta con lo que más anhelas. Y Julián anhelaba, por encima de todo, pertenecer.

A la mañana siguiente de la gala, el comedor de la residencia familiar olía a café recién colado y a tostadas francesas. Desde la cocina, Ela observaba a su esposo. Julián leía las notas de prensa financiera en su tableta mientras Lucía terminaba su tazón de cereal. Visto desde fuera, era el retrato idílico de la clase media-alta que finalmente había logrado cruzar el umbral hacia la aristocracia.

—Ayer fue un éxito rotundo, Susana —dijo Julián sin levantar la vista de la pantalla, usando ese tono de suficiencia que a Ela siempre le había revuelto el estómago—. El suegro del señor Kang me sostuvo la mirada durante casi tres segundos cuando me presenté. Es cuestión de tiempo para que me asignen la dirección regional de la distribuidora de cosméticos.

—Me alegra tanto, mi amor —respondió Ela, acercándose para servirle más café. Su voz era una seda perfecta, sin una sola arruga de desprecio—. Te lo mereces. Has trabajado... muy duro para llegar hasta aquí.

Julián finalmente apartó la vista de la tableta y la miró. Sus cejas se juntaron ligeramente, un rastro de extrañeza cruzando sus ojos grises. Ela sostuvo la respiración un milisegundo, asegurándose de que su rostro permaneciera inmutable.

—¿Pasa algo? —preguntó ella, ladeando la cabeza con fingida inocencia.

—No lo sé. Es solo que... últimamente te noto diferente. Desde que regresamos de Europa y nos mudamos cerca del colegio de Lucía, estás... más callada. A veces te quedas mirando al vacío como si estuvieras en otra parte.

La sospecha de un hombre culpable es un animal perezoso, pero despierto. Julián no sospechaba que su esposa era la hija del hombre que ayudó a asesinar; sospechaba, quizás, del distanciamiento emocional que ella ya no podía ocultar del todo en la intimidad.

—Es el estrés de la adaptación, cariño —dijo Ela, acariciándole la nuca con una mano fría. Julián se relajó visiblemente ante el contacto, cerrando los ojos. Qué fácil es domar a un monstruo cuando se le alimenta el ego, pensó ella—. Quiero que todo sea perfecto para ti y para Lucía. El Saint Michel es un ambiente muy competitivo. No quiero dar un paso en falso.

—Lo sé, mi vida. Lo siento. Es que no quiero perder lo que tenemos.

Ya lo perdiste, Julián. Lo perdiste la noche que entraste en mi casa, repitió la voz en la cabeza de Ela, constante como un metrónomo.

La conversación fue interrumpida por el suave zumbido del teléfono de Ela sobre la barra de mármol. El identificador mostraba un número privado. Sintiendo una punzada de intuición, lo tomó de inmediato.

—¿Diga?

—¿Señora Susana? —La voz al otro lado de la línea era femenina, profesional y extremadamente pulcra—. Habla la secretaria personal del señor Kang, presidente ejecutivo de Cosméticos Althea. El señor Kang solicita una reunión breve con usted esta tarde en las oficinas del Saint Michel. Como miembros del comité de nuevos benefactores, el colegio requiere coordinar el patrocinio para el nuevo pabellón de artes.

Ela sonrió para sus adentros. El anzuelo no solo había sido mordido; el pez estaba tirando de la línea con prisa.

—Por supuesto —respondió Ela, manteniendo la voz serena, casi desinteresada—. ¿A qué hora le viene bien al señor Kang?

—A las cuatro de la tarde en la biblioteca privada del colegio, si le es conveniente.

—Ahí estaré. Gracias por llamar.

Al colgar, Julián la miraba con los ojos abiertos de par en par, la taza de café suspendida a medio camino de su boca.

—¿La oficina de Kang? ¿Te llamaron de Althea? —El tono de Julián era una mezcla de incredulidad y codicia pura—. ¿Por qué te buscan a ti?

—Es por el comité del colegio, mi amor —explicó Ela, restándole importancia con un gesto de la mano—. Victoria y yo hicimos una donación importante para la admisión de Lucía. Parece que el señor Kang preside el patronato de arte y quiere discutir los detalles del patrocinio de la biblioteca.

Julián se levantó de la silla, visiblemente emocionado. Tomó a Ela por los brazos, apretando un poco más de la cuenta. A ella le costó un esfuerzo sobrehumano no apartarse de un golpe.

—Esto es perfecto, Susana. Si logras ganarte la confianza de Kang en ese comité, estaré a un paso de la junta directiva. Ese hombre es el que maneja el dinero del grupo. Su suegro es el dueño, pero Kang es el que tiene la última palabra en los ascensos. Tienes que ser encantadora con él. Haz lo que tengas que hacer.

—Haré exactamente lo que tenga que hacer, Julián —susurró ella, mirándolo a los ojos con una intensidad que él, en su ceguera ambiciosa, malinterpretó como apoyo conyugal.

A las cuatro de la tarde, la biblioteca del colegio Saint Michel estaba bañada por la luz dorada del otoño. Las paredes de roble oscuro y el olor a cuero de los libros antiguos daban al lugar una atmósfera de club de caballeros del siglo XIX.

Ela entró vistiendo un traje sastre de color gris marengo, ceñido al cuerpo, que denotaba una formalidad impecable pero con un toque de sensualidad sutil en el cuello ligeramente desabrochado. Victoria le había enseñado que la seducción en la alta sociedad no se hace con escotes vulgares, sino con la promesa del acceso a lo prohibido.

Kang ya estaba allí.

Estaba de pie junto a un gran ventanal que daba a los campos de polo del colegio, de espaldas a la puerta, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón oscuro. Al escuchar el leve sonido de los tacones de Ela contra el suelo de madera, se giró lentamente.

No llevaba corbata. El primer botón de su camisa blanca estaba abierto, dándole un aire menos corporativo y más peligrosamente humano. Sus ojos oscuros recorrieron la silueta de Ela con una fijeza que hizo que el aire entre ambos se volviera denso de inmediato.

—Señora Susana. Gracias por venir —dijo Kang, dando un paso al frente pero manteniendo la distancia de seguridad que su posición le exigía.

—Señor Kang. El placer es mío —respondió ella, sentándose en una de las butacas de cuero individuales sin esperar a que él se lo ofreciera. Ese pequeño gesto de poder no pasó desapercibido para el CEO, quien arqueó una ceja antes de sentarse frente a ella.

—Seré directo —comenzó él, apoyando los codos sobre sus rodillas, acortando la distancia física—. El patronato de la escuela generalmente maneja estas donaciones a través de terceras personas. Pero cuando vi el nombre de su... madre, Victoria, y el suyo en la lista de los nuevos patrocinadores principales, quise encargarme personalmente. Su familia es un misterio en esta ciudad, señora Susana. Aparecieron de la nada, con una fortuna inmensa y un perfil extremadamente bajo.

Ela cruzó las piernas lentamente. Sabía que Kang la había investigado. Victoria se había encargado de crear un rastro digital e histórico impecable en Europa: cuentas bancarias, propiedades en la Toscana, un fideicomiso blindado. Todo falso, pero indescifrable para cualquiera que no fuera un agente de inteligencia de primer nivel.

—A mi madre y a mí nos gusta la discreción, señor Kang —dijo Ela, sosteniéndole la mirada con un descaro que lo descolocó—. Mi difunto padre nos enseñó que el dinero hace mucho ruido, pero el verdadero poder se mueve en silencio. ¿No está de acuerdo?

Kang guardó silencio durante unos segundos. Sus ojos viajaron por el rostro de ella, deteniéndose por un instante en el sutil relieve de su clavícula, que quedaba expuesto por el cuello de su blusa. Había algo en esta mujer que le resultaba familiar y, a la vez, profundamente perturbador. Un eco del pasado que su mente no lograba ubicar.

—Su esposo trabaja para nuestra distribuidora, ¿verdad? Julián —mencionó Kang, observando su reacción.

Ela no pestañeó.

—Así es. Julián es un hombre muy... apasionado por su trabajo. Aunque a veces le cuesta ver el panorama completo. Él cree que el éxito en Althea se basa en la obediencia. Yo creo que se basa en la estrategia.

La respuesta de Ela fue un dardo envenenado. Estaba rebajando el intelecto de su propio esposo ante el hombre que controlaba su futuro, sembrando la primera semilla de la duda sobre la valía de Julián.

—Es una perspectiva interesante para una esposa —comentó Kang, una sonrisa casi imperceptible asomando en la comisura de sus labios—. La mayoría de las mujeres de los directores regionales suelen ser más... protectoras con las carreras de sus maridos.

—Yo no soy la mayoría de las mujeres, señor Kang. Y creo que usted ya se ha dado cuenta de eso.

El tono de Ela ya no era el de una madre de familia discutiendo una donación escolar. Era el tono de una jugadora de ajedrez que acababa de mover su reina al centro del tablero.

Kang se reclinó en su butaca, cruzando una pierna. La tensión en la biblioteca era casi palpable. Para un hombre acostumbrado a controlar cada junta directiva, cada fusión de empresas y cada aspecto de su insípido matrimonio con la caprichosa hija del patriarca, Susana representaba un desafío inédito. Una criatura indómita.

—La donación para el pabellón de artes está aprobada —dijo Kang, bajando la voz—. Pero el patronato requiere una reunión de seguimiento fuera de las instalaciones del colegio. Una cena de agradecimiento para los patrocinadores principales. Solo nosotros.

—¿Nosotros? —preguntó Ela, arqueando una ceja.

—Usted, su madre Victoria... y yo. Mi esposa estará de viaje en Nueva York la próxima semana. Creo que sería el momento perfecto para discutir cómo Althea puede colaborar con los negocios de su familia en el extranjero.

Ela sintió un frío triunfo recorrerle la espalda. El CEO de la empresa que destruyó a su padre estaba buscando un pretexto para verla a solas, excluyendo deliberadamente a su propia esposa y usando el poder de su corporación como fachada.

—Me parece una propuesta excelente, señor Kang —dijo Ela, poniéndose de pie con una gracia lenta y deliberada. Se acercó a él lo suficiente como para que el sándalo de su perfume volviera a invadir el espacio personal del hombre—. Mi madre y yo estaremos encantadas de asistir. Coordines los detalles con mi secretaria.

Kang se levantó también, quedando a escasos centímetros de ella. El contraste entre la altura de él y la delicadeza reconstruida de ella era abrumador, pero Ela no retrocedió ni un milímetro.

—Nos veremos muy pronto, Susana —dijo él, pronunciando su nombre falso con una familiaridad que sonó casi como una caricia peligrosa.

—Cuente con ello, señor Kang.

Ela dio media vuelta y salió de la biblioteca, sintiendo la mirada de Kang grabada en su espalda como una marca de fuego. Al cruzar las puertas del colegio, el aire frío de la tarde la golpeó, devolviéndole la lucidez.

La primera pieza del dominó ya estaba en posición. Ahora solo faltaba que el peso de la obsesión de Kang hiciera el resto, mientras Julián, ciego de ambición, seguía aplaudiendo la soga que su propia esposa le estaba tejiendo alrededor del cuello.

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