Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 6: ¿Quiere ser mi novia?
Desde aquel día junto al río, mi vida cambió por completo. Todas las tardes, apenas terminaba de ayudarle a mi papá en la finca, ensillaba mi caballo y me iba para la hacienda de los Zúñiga. Ya se había vuelto una costumbre.
Cada vez que llegaba, los trabajadores ya me conocían.
—¡Ave María, llegó otra vez Isaías! —decía don Ernesto entre risas.
—Sí, hombre, vine a saludar a Maximiliano... y de paso a dar una vueltica.
Todos se reían porque ya sospechaban el verdadero motivo de mis visitas.
Amarraba el caballo y caminaba hasta el corredor de la casa.
Como siempre, Malena estaba allí.
Unas veces leyendo un libro, otras ayudando a doña Hilda con las flores del jardín.
—Buenas tardes, Malena.
Ella levantaba la mirada y sonreía.
—Buenas tardes, Isaías.
Solo con verla sentía que el día valía la pena.
Después de conversar un rato, preparábamos los caballos y salíamos a recorrer los caminos de la hacienda.
Hablábamos de todo.
De nuestra infancia.
De nuestros sueños.
De nuestros papás.
De los animales.
Y hasta de los libros que tanto le gustaban.
Cada tarde me enamoraba más de ella.
Pero aquella mañana decidí que ya era hora de dar un paso más.
Muy temprano salí al jardín de mi mamá.
Entre todas las flores había una rosa roja preciosa.
La corté con mucho cuidado para que no se dañara.
Mi mamá me vio con la flor en la mano y sonrió.
—¿Y esa rosa pa' quién es, mijo?
Me dio un poco de pena.
—Pa' una muchacha.
Ella soltó una risa.
—Entonces vaya y dígale lo que siente. No deje pasar las oportunidades.
Asentí con la cabeza.
Guardé la rosa con cuidado para que no se maltratara y salí rumbo a la hacienda.
Durante todo el camino iba más nervioso que nunca.
Cuando llegué, vi a Malena sentada bajo un árbol leyendo.
Al escuchar los pasos levantó la mirada.
—Hola, Isaías.
—Hola, Malena.
Nos saludamos con una sonrisa.
Ella cerró el libro.
—¿Vamos a montar?
—Sí... pero primero quiero darle algo.
Saqué la rosa que llevaba escondida detrás de la espalda.
La acerqué lentamente hacia ella.
—Para ti, mi reina.
Malena abrió los ojos con sorpresa.
Tomó la rosa entre sus manos.
—Está hermosa...
—No tanto como usted.
Ella bajó la mirada sonriendo.
—Gracias.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
Respiré profundamente.
—Malena...
—Sí.
—Desde hace mucho tiempo usted ocupa un lugar muy especial en mi corazón.
Ella me miró sin decir nada.
Continué.
—Cada tarde espero el momento de venir a verla.
Cada sonrisa suya alegra mi día.
Cada conversación hace que me enamore más.
Usted es una mujer buena, humilde, inteligente y hermosa.
No me imagino mis días sin verla.
Malena tenía los ojos brillantes.
—Isaías...
—Déjeme terminar, por favor.
Ella asintió.
—Quiero caminar a su lado.
Quiero cuidarla.
Quiero respetarla.
Quiero apoyarla cuando esté triste y celebrar con usted cuando sea feliz.
No le prometo una vida perfecta porque nadie puede hacerlo.
Pero sí le prometo ser sincero, respetarla todos los días y quererla con todo mi corazón.
Tomé suavemente una de sus manos.
—Malena Zúñiga...
¿Quiere ser mi novia?
El silencio parecía eterno.
Yo sentía que el corazón se me iba a salir del pecho.
Ella observó la rosa.
Después me miró nuevamente.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—¿Sabe una cosa?
—¿Qué?
—Hace mucho tiempo esperaba que usted me hiciera esa pregunta.
Sentí que me faltaba el aire.
Ella dio un paso hacia mí.
—Desde hace semanas me di cuenta de que usted no venía solamente a visitar a Maximiliano.
Sonreí.
Ella soltó una pequeña risa.
—Cada tarde esperaba escuchar llegar su caballo.
Cuando no venía... lo extrañaba.
Y cuando aparecía por el portón... mi día cambiaba.
Sentí que los ojos se me llenaban de felicidad.
—Entonces...
Malena tomó mi mano con un poco más de fuerza.
—Sí, Isaías. Sí quiero ser su novia.
No pude evitar sonreír.
—¿De verdad?
Ella asintió.
—Sí.
Pero con una condición.
—La que usted diga.
—Que esta relación esté llena de respeto, confianza y paciencia.
Y cuando llegue el momento, hablaremos con nuestras familias.
No quiero hacer las cosas a escondidas.
Sonreí.
—Eso mismo quería yo.
Le di un beso en la frente.
—Gracias por hacerme el hombre más feliz de Antioquia.
Ella soltó una carcajada.
—No exagere.
—No estoy exagerando.
La mujer que amo acaba de aceptar ser mi novia.
Malena levantó la rosa y la acercó a su rostro.
—La voy a guardar para siempre.
Nos abrazamos mientras el viento movía los árboles de la hacienda.
Ese día comprendí que los mejores regalos no son los más costosos.
A veces, una sola rosa, unas palabras sinceras y un corazón dispuesto a amar son suficientes para comenzar la historia más bonita de dos personas que, sin buscarlo, terminaron encontrándose en los caminos de una hacienda en Antioquia.