Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 7: El baile
El "sí, acepto" resonó bajo la cúpula de árboles, sellado con un beso que desató una lluvia de pétalos de rosa y aplausos que parecían espantar el sereno de la tarde. Tras la marcha nupcial, el jardín se transformó en un escenario de luces cálidas y bandejas de plata que circulaban sin descanso. Brisa se alejó un poco del bullicio, refugiándose cerca de una de las fuentes de piedra con una copa de champán en la mano, dejando que la brisa nocturna la refrescara tras la emoción de la ceremonia.
No pasaron ni cinco minutos cuando una sombra familiar se proyectó a su lado. El olor a perfume amaderado y caro precedió a la voz.
—Vaya, sí que has cambiado, Brisa —dijo Rafael, colocándose a su lado con las manos en los bolsillos del pantalón, relajado pero manteniendo esa elegancia que parecía innata.
—Digo lo mismo... —respondió ella, girándose con una sonrisa genuina de amistad—. Te ves mucho más... responsable, supongo. ¿Cómo has estado? Ya hace una eternidad que no sabemos nada de ti.
—Sí, mucho tiempo —asintió Rafael, mirando hacia la pista de baile con cierta nostalgia—. Todo en orden. Puro trabajo, ya me conoces. Mi vida se resume en juntas de accionistas y vuelos de última hora. ¿Y tú? ¿Al final lograste domar los libros de leyes o te volviste abogada por puro compromiso?
—Soy penalista en un bufete de la ciudad —respondió ella con orgullo—. Ha sido un camino largo, pero valió la pena cada noche sin dormir.
—No esperaba menos de ti. Siempre fuiste la más persistente de nuestro grupo —comentó él, con un tono de respeto profesional.
La conversación, que fluía con la comodidad de dos personas que se conocen desde la infancia, fue interrumpida por un torbellino de colores y perfume floral: Doña Julia se acercó con paso decidido, esquivando invitados con una agilidad sorprendente.
—¡Pequeño! —exclamó Julia, lanzándose a los brazos de Rafael y apretándolo con fuerza—. ¡Mírate nada más! Pero qué guapo te has vuelto, mi niño. Casi no te reconozco con ese traje tan estirado. A ver, dime... ¿dónde dejaste a la mujer? ¿O es que me la tienes escondida por ahí?
Brisa puso los ojos en blanco, suspirando. "Muy directa al grano", pensó, conociendo el radar de su madre para estas cosas.
—Mami Julia —respondió Rafael con una sonrisa cálida, devolviéndole el abrazo con afecto real—, qué gusto volver a verla. No se imagina cuánto extraño su sazón en la gran ciudad; allá todo sabe a cartón comparado con su cocina. Y respecto a lo otro... sigo soltero. No ha llegado la mujer que quiera cambiar ese estatus, y honestamente, tampoco la estoy buscando —dijo de la forma más sincera posible, dejando claro que su prioridad era su carrera.
—¡Faltaba más, mijo! —Julia le dio una palmadita en el hombro—. Mañana mismo te preparo unos tamales divinos que te chuparás los dedos, para que te acuerdes de lo que es comer bien. Y no te preocupes, que ya pronto llegará alguien.
Doña Julia sonrió de medio lado, lanzándole a Brisa una mirada cómplice que gritaba "aquí hay material", una de sus famosas señales de conspiración para unir parejas que Brisa conocía demasiado bien.
—Ay, miren qué canción más bonita están poniendo —continuó la señora, señalando la pista donde empezaba a sonar un tema lento—, y ustedes dos aquí parados como unos chamacos aburridos. ¿Qué esperan para bailar un rato y recordar los viejos tiempos?
Rafael soltó una carcajada.
—Vale, es una cita, Doña Julia: mañana estaré en la puerta de su casa por esos tamales. Y tiene razón, hay que disfrutar. ¿Bailamos, Brisa? Por los viejos tiempos.
—Sí, claro —aceptó Brisa, aceptando la mano de su amigo. Quería salir de la mira de su madre antes de que ella empezara a planear el menú de una boda inexistente.
Al llegar a la pista, se movieron con la soltura de quien no tiene nada que ocultar. No había nerviosismo romántico; solo la complicidad de dos camaradas que habían compartido pupitres y secretos de adolescentes. Sin embargo Rafael la guiaba con eficiencia, manteniendo una distancia diminuta ligeramente peligrosa.
—No sabía que te habías vuelto un bailarín —comentó Brisa con tono burlón.
—Hago lo que puedo —confesó él, con una mueca de resignación—. Los negocios me han obligado a aprender estas "habilidades sociales". Cenas de gala, bailes de caridad... es parte del uniforme de trabajo, pero honestamente es un fastidio. No te imaginas cuánto extraño esos días en los que solo éramos los tres, sin más responsabilidad que decidir qué película ver el sábado.
—Yo también —asintió ella—. Me alegra mucho que este encuentro se diera. ¿Cuánto tiempo te quedas en la ciudad?
—Solo este fin de semana. Ya sabes, los negocios no perdonan. Si descuido la oficina un lunes, el mundo se acaba según mi padre.
—¿Y tu familia? ¿Cómo han estado?
Rafael suspiró, y por un momento la máscara de director ejecutivo cayó.
—Intensos. Me quieren casar a la fuerza, como si fuera un contrato de fusión. Pero nada, no quiero hablar de eso esta noche. He venido a ver a Alexa y a desconectar.
—Pues disfruta los dos días que tendrás aquí —le animó Brisa—. Olvida las cláusulas y los plazos.
—Sí, vamos a ver qué tal sale —él recorrió el salón con la mirada, recuperando su aire confiado—. ¿Ves cómo me miran esas chicas de la mesa de allá? —preguntó divertido, señalando a un grupo que no le quitaba el ojo de encima—. Quizás esta noche no me vaya solo al hotel. Ya sabes que nunca me ha gustado dormir temprano.
Brisa se rió, reconociendo al Rafael de siempre, el que disfrutaba de la atención sin comprometerse con nadie.
—No cambias, Rafael. Eres un caso perdido.
Tras el baile, ambos regresaron al grupo principal para felicitar a los novios. El resto de la velada transcurrió entre risas, anécdotas de la preparatoria y brindis. Se podía notar el amor genuino entre Alexa y su esposo, una burbuja de felicidad que Brisa observaba con alegría, sintiéndose afortunada de estar rodeada de amigos de verdad.
Cerca de la medianoche, Doña Julia se acercó a su hija, frotándose los pies con cansancio.
—Mi amor, ya estoy muy cansada. Creo que ya mi edad me pide descanso y estas fajas no se hicieron para durar doce horas. ¿Te molesta que me vaya sin ti?
—No, mami, yo me voy contigo —dijo Brisa, dispuesta a recoger sus cosas.
—¡No, cómo se te ocurre! —la detuvo Julia con un gesto de mano—. Estás con tus amigos de la infancia. Comparte con ellos, que probablemente ya mañana cada uno siga en lo suyo y Rafael se nos escape otra vez a su oficina de cristal. Me voy con uno de los choferes de la boda que ya está sacando gente. Tú quédate.
—Bueno... tienes razón. Me quedaré un poco más por Alexa —cedió Brisa—. Vale, te acompaño a la entrada para asegurarme de que te subas al coche correcto.
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