Ela una chica que era bondadosa y alegre se dará cuenta de que su familia no es lo que parece y perderá su vida . La vida o el destino le dará una oportunidad para hacer las cosas bien.
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Capítulo 22: El retrato olvidado
La lluvia regresó durante la madrugada.
Pequeñas gotas golpeaban los ventanales de la biblioteca mientras Evelina intentaba concentrarse en uno de los libros antiguos que había tomado de los archivos familiares.
Sin embargo, era imposible.
Su mente seguía atrapada en las palabras de Lilian.
"Porque me parecía a alguien."
Y luego estaba aquel retrato que Viktor observaba.
La sensación de que existía una conexión oculta no dejaba de crecer.
A la mañana siguiente, Alexander encontró a su hija dormida sobre una mesa cubierta de libros.
La escena lo hizo suspirar.
—Se parece demasiado a mí.
Tomó una manta cercana y la colocó cuidadosamente sobre sus hombros.
Justo cuando iba a retirarse, Ela abrió los ojos.
—¿Estoy muerta?
—No.
—Qué alivio.
—Aunque casi te conviertes en parte del mobiliario.
Ella sonrió.
—Buenos días, padre.
—Buenos días.
Durante un momento permanecieron en silencio.
Uno de esos silencios cómodos que cada vez compartían más.
—¿Sigues pensando en Viktor?
Preguntó Alexander.
—Sí.
—Yo también.
Aquella respuesta no resultó tranquilizadora.
Después del desayuno, Alexander llevó a Evelina hacia una parte de la mansión donde ella nunca había estado.
Un corredor antiguo.
Cubierto de retratos familiares.
—¿Qué hacemos aquí?
—Buscar respuestas.
Ela observó las pinturas.
Duques.
Duquesas.
Generales.
Políticos.
Décadas de historia familiar observándola desde las paredes.
De pronto se detuvo.
Su corazón se aceleró.
Porque había encontrado algo.
Un retrato.
Una mujer joven.
Cabello oscuro.
Piel clara.
Y unos ojos violetas idénticos a los suyos.
—¿Quién es ella?
Alexander se quedó inmóvil.
—Mi bisabuela.
Ela sintió un escalofrío.
—¿Cómo se llamaba?
—Elena Valmont.
Aquél nombre provocó una reacción inmediata dentro de ella.
Una imagen apareció en su mente.
Tan rápida que apenas pudo verla.
Una mujer corriendo.
Fuego.
Gritos.
Sangre.
Y aquellos mismos ojos violetas.
—¿Evelina?
Alexander la sujetó antes de que perdiera el equilibrio.
—Estoy bien.
Mentía.
Porque acababa de sentir algo extraño.
Algo que jamás había experimentado.
Aquella mujer.
Elena.
Parecía importante.
Demasiado importante.
—¿Qué ocurrió con ella?
El rostro de Alexander se volvió serio.
—Murió joven.
—¿Cómo?
El duque guardó silencio.
—Nadie lo sabe.
Aquella respuesta no le gustó.
Nada.
Horas más tarde, mientras continuaba investigando, Diana llegó a la mansión acompañada por Julian.
Y por supuesto traían problemas.
—¡Evelina!
—¿Qué hicieron ahora?
Julian pareció ofendido.
—¿Por qué asumes que hicimos algo?
—Porque te conozco.
—Eso es discriminación.
Diana comenzó a reír.
—Esta vez no es culpa nuestra.
—¿Segura?
—Más o menos.
Aquella respuesta jamás era tranquilizadora.
—Hablen.
Julian dejó un periódico sobre la mesa.
—Mira esto.
Ela comenzó a leer.
Y cuanto más avanzaba, más preocupada se volvía.
Varias familias nobles habían sido atacadas durante la noche.
No asesinadas.
Secuestradas.
—¿Cuántas?
—Cinco familias.
Respondió Diana.
—Todas relacionadas con asuntos militares.
Ela levantó la vista.
—Viktor.
—Nosotros pensamos lo mismo.
La situación empeoraba rápidamente.
Mientras tanto, muy lejos de allí, Viktor observaba el mismo retrato antiguo que había mostrado la noche anterior.
Un hombre apareció detrás de él.
—Mi señor.
—¿Qué ocurre?
—Los preparativos están avanzando.
—Perfecto.
—¿Y la joven Valmont?
Viktor sonrió.
—Todavía no comprende quién es realmente.
—¿Debemos actuar?
—No.
Sus ojos dorados se posaron sobre el retrato.
—Aún no.
—¿Por qué?
Por primera vez apareció una expresión extraña en su rostro.
Una mezcla de nostalgia y obsesión.
—Porque la he esperado durante demasiado tiempo.
La habitación quedó en silencio.
Y mientras las llamas de la chimenea iluminaban su sonrisa, una verdad comenzaba a acercarse.
Una verdad capaz de cambiar todo lo que Evelina creía saber sobre sí misma.