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Debajo De Tus Sábanas

Debajo De Tus Sábanas

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.

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Capitulo 18

El viernes por la mañana comenzó con un frío glacial que no tenía nada que ver con el clima de la ciudad, sino con la actitud de Cecilia. El beso de Ángela seguía grabado en su mente, y aunque sabía que Víctor la había apartado, el simple hecho de haber presenciado esa escena rompió algo dentro de ella. El enojo no la había vuelto débil; la había vuelto peligrosa. Esa mañana, decidió mandar la regla número uno —esa que la obligaba a ser la secretaria dócil y recatada— directo al demonio. Si Víctor creía que tenía el control absoluto de su voluntad, estaba a punto de descubrir lo equivocado que estaba.

Cecilia llegó a la oficina vistiendo un conjunto que era una declaración de guerra: una blusa de satén color rojo carmín, con un escote sutil pero sugerente, y una falda lápiz negra con una abertura lateral que dejaba al descubierto gran parte de su pierna izquierda cada vez que daba un paso. Se soltó el cabello rubio, permitiendo que cayera en ondas libres sobre sus hombros, y se pintó los labios del mismo tono encendido de su blusa. Ya no era la asistente sumisa; era una tentación andante decidida a desquiciar a su jefe.

A las diez de la mañana, la recepción se convirtió en su escenario. En lugar de quedarse oculta detrás de la pantalla de su computadora, Cecilia comenzó a interactuar con los hombres de los otros departamentos. Cuando llegó Javier, uno de los analistas de marketing, a dejar unos folletos, Cecilia le dedicó una sonrisa de lado, lenta y atrevida, una mirada que jamás le había mostrado a nadie que no fuera Víctor.

—Aquí tienes los diseños, Cecilia. Si necesitas que cambie algo, avísame —dijo Javier, notablemente nervioso ante la repentina atención de la rubia.

—Están perfectos, Javier. Aunque... tal vez podrías explicármelos con más detalle en el almuerzo —respondió ella en un susurro arrastrado, inclinándose sutilmente sobre el mostrador, permitiendo que el aroma dulce de su perfume a vainilla lo envolviera por completo.

Desde el otro lado del cristal polarizado de su despacho, Víctor observaba la escena. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón de su traje gris oscuro y la mandíbula tan apretada que los músculos le dolían. Ver a Cecilia sonreírle a otro hombre, verla romper la distancia profesional que él mismo había impuesto, le encendía una furia posesiva y dominante en las venas. Intentaba concentrarse en los balances, pero sus ojos oscuros regresaban una y otra vez a la figura de su secretaria, que ahora reía sutilmente con uno de los contadores que acababa de llegar.

Víctor no aguantó más. Abrió la puerta de vidrio con un movimiento seco, haciendo que el impacto del aire frío del pasillo alertara a todos. Su imponente presencia física de treinta años llenó el espacio de inmediato.

—Señorita Morales, a mi oficina. Ahora —soltó con su voz profunda, gélida y cortante, un tono de mando que helaba la sangre.

Javier y el contador se dispersaron de inmediato como hojas al viento. Cecilia, sin embargo, no se inmutó. Se levantó de su silla con una parsimonia exasperante, alisó la tela de su falda negra con movimientos lentos que acentuaban sus curvas y caminó hacia el despacho con la cabeza en alto, sosteniéndole la mirada a Víctor con un atrevimiento salvaje que lo desafiaba abiertamente.

Al entrar, el sonido del pestillo de la puerta al cerrarse a sus espaldas marcó el inicio del verdadero conflicto. Víctor caminó a pasos largos hasta quedar a milímetros de ella, acorralándola contra la pared de caoba, usando su contextura robusta para imponer su autoridad.

—¿Qué demonios estás haciendo allá afuera, Cecilia? —le siseó Víctor cerca de los labios, con la respiración alterada por los celos crudos—. Rompiste la regla número uno. Te prohibí que provocaras a otros hombres en esta empresa. Tu cuerpo y tus miradas me pertenecen solo a mí.

—Usted también rompió el equilibrio, señor Moreira —respondió ella con una frialdad letal, usando su apellido formal para marcar distancia, aunque sus ojos reflejaban el deseo de ser reclamada—. Ayer vi perfectamente cómo su exesposa lo besaba en este mismo lugar. Si usted no puede controlar su pasado, yo no tengo por qué controlar mis simpatías en el presente.

Víctor soltó un gruñido bajo, posesivo. La tomó firmemente de las muñecas, levantándolas por encima de su cabeza contra la madera de la pared. El contacto físico desató la electricidad contenida de las últimas veinticuatro horas.

—Ella me besó a mí y la aparté, Cecilia. Lo sabes perfectamente —le recordó él, con una voz ronca que vibraba con una necesidad salvaje de dominarla—. No me vuelvas a desafiar de esa manera. No tolero que juegues conmigo.

—Entonces demuéstreme quién manda aquí, señor —desafió ella en un ruego ronco, arqueando sutilmente el cuerpo hacia él, extasiada por la fuerza de su agarre. Sus fetiches de sumisión y control se alimentaban de esa furia que ella misma había provocado.

Víctor estuvo a punto de atrapar sus labios en un beso hambriento para sellar su castigo, pero el destino tenía otros planes para complicarles el día. El sonido del teléfono de la recepción interrumpió la atmósfera densa del despacho. Víctor soltó un suspiro de frustración, soltando las muñecas de Cecilia con lentitud, quemándola con una última mirada prometedora antes de dejarla ir.

Cecilia salió a la recepción con el pulso acelerado, pero al ver quién cruzaba las puertas del ascensor, su excitación se transformó en pura amargura.

Una mujer de unos cincuenta años, vestida con ropa llamativa pero desgastada, con el cabello rubio teñido y una expresión de víctima profesional, avanzaba hacia el mostrador. Era Elena, la madre de Cecilia. Su aparición solo significaba una cosa: problemas de dinero. Desde que Cecilia tenía memoria, su madre la había usado como un banco personal, drenando sus ahorros para cubrir deudas de juego y caprichos, desapareciendo en cuanto obtenía lo que quería.

—Hola, Cecilia, mi amor. Qué elegante estás —dijo Elena, con una sonrisa falsa que no le llegaba a los ojos, mirando de reojo la lujosa oficina—. Qué bueno que por fin te encuentro. Necesito que me ayudes, de verdad. Los prestamistas me están buscando otra vez y si no les pago hoy mismo una parte, no sé qué va a pasar conmigo. Son solo unos miles, para ti no debe ser nada en este lugar tan costoso.

Cecilia sintió que el mundo se le caía encima. El contraste entre la sensualidad oculta de su vida con Víctor y la miseria manipuladora de su madre la hacía sentir expuesta.

—Mamá, te dije el mes pasado que ya no tengo dinero para darte. Estoy pagando mis propias cosas y no voy a seguir financiando tus deudas —respondió Cecilia en un hilo de voz, intentando mantener su máscara dócil frente a los pocos empleados que pasaban, sintiendo una profunda humillación.

—No seas egoísta, Cecilia. Yo te di la vida, pasé años manteniéndote y ahora que tienes un jefe rico te olvidas de tu madre —reclamó Elena, elevando el tono de voz de manera deliberada para armar un escándalo en mitad de la recepción.

Víctor, que seguía atento desde la puerta de su despacho, captó la tensión de inmediato. Caminó hacia la recepción con paso firme y seguro, poniéndose al lado de Cecilia. Su imponente porte maduro y su mirada implacable hicieron que Elena se callara al instante.

—¿Ocurre algún problema aquí, señorita Morales? —preguntó Víctor con su voz de mando, fijando sus ojos oscuros en la mujer mayor con un desprecio evidente.

—No, señor Moreira. Es solo... un asunto familiar —susurró Cecilia, bajando la cabeza con una timidez real, avergonzada de que el hombre que la dominaba en la intimidad viera la peor parte de su realidad.

Víctor analizó la situación en un segundo. Miró a Elena, luego a la carpeta que Cecilia sostenía con manos temblorosas y tomó el control, no solo como jefe, sino como el protector que Cecilia necesitaba.

—Señora, este es un lugar de negocios y no permito escenas personales en mi piso. Si tiene algo que discutir con mi asistente, hágalo fuera de su horario laboral. Seguridad está por subir, así que le sugiero que se retire ahora mismo —sentenció Víctor, con una frialdad tan tajante que no dejó espacio a réplicas.

Elena, intimidada por la imponente contextura física y el aura de poder de Víctor, dio un paso atrás, murmurando insultos antes de entrar al ascensor a toda prisa.

Cuando las puertas se cerraron, el silencio volvió a inundar la recepción. Cecilia seguía con la cabeza baja, abrumada por el peso de su madre y la culpa de haber roto las reglas esa mañana. Víctor se acercó a ella, tomándola del brazo con esa firmeza posesiva que tanto la desarmaba, y la guió de regreso al despacho, cerrando el pestillo con fuerza.

La sentó sobre el borde del escritorio de caoba, acorralándola con sus brazos. Esta vez, el beso que le dio no fue solo de castigo por haber coqueteado con otros; fue un beso profundo, caliente, lleno de una adoración cruda que pretendía borrar todo el caos de su pasado. Las manos de Víctor viajaron por sus muslos bajo la falda negra, reclamando cada rincón de su piel, demostrándole que, a pesar de las exesposas y las madres manipuladoras, debajo de las sábanas de ese despacho, el control absoluto de su placer le pertenecía únicamente a él.

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Kookie
ojalá subas capitulos muchos
Kookie
tuvieron un bebé
Kookie
ya se la ganó
Kookie
tanto tiempo pasó
Kookie
entiendo a Ceci
Kookie
ya empezó el juego
Kookie
la odiosa de su ex esposa
Kookie
se está poniendo bueno
Kookie
la niña le dió su merecido a esa bruja
Kookie
no tenía que irse
Kookie
más trasfondo de la madre
Kookie
uffffff
Kookie
Ya le confesó 🤭🤭
Kookie
Más capitulos plis
SAQ
Red
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