Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 18
En la casa, el ambiente era mucho más cálido. Azalea estaba sentada en el patio trasero con Elora. La tierra suelta bajo el árbol de mango se convirtió en su "cocina" aquel día. Elora llevaba un gorrito, las manos llenas de tierra, la cara radiante.
—¡Mami, el paztel ya eztá lizto! —Elora le tendió una bolita de tierra moldeada a su manera.
Azalea soltó una risita. —Vaya, un pastel de chocolate especial.
—Lo vendo a cien dólales —declaró Elora con absoluta seriedad.
—¿No es un poco caro? ¿Cien dólares? —preguntó Azalea aguantando la risa.
—Mmm, entonzes diez dólales —concedió Elora tras una larga reflexión. Era el precio de un helado pequeño.
Azalea fingió abrir un monedero imaginario. —Baratísimo. Mami compra dos.
Las dos se echaron a reír juntas. Una risa liviana, despreocupada. Que borró los últimos restos de la tensión de la noche anterior.
Azalea le sacudió las manitas con cuidado. —Cuando terminemos, nos lavamos las manos, ¿sí?
—¡Okey, Mami! —respondió Elora, obediente.
Aquella felicidad diminuta no escapó a una mirada fría. La mujer de mediana edad se detuvo con gesto de fastidio.
—¡¿Qué es esto?! —La voz de doña Elsa sonó cortante desde la terraza trasera.
Azalea volvió la cabeza. —¿Qué sucede, señora?
Doña Elsa se acercó con pasos decididos, el rostro cubierto de desaprobación. —¡Mira las manos de Elora! ¡Están asquerosas!
Elora escondió las manos detrás de la espalda por reflejo, los ojos muy abiertos de susto.
—¡Le estás enseñando cochinadas a la niña! —espetó doña Elsa—. ¡Jugar con tierra! ¿Tienes idea de cuántas bacterias hay ahí? ¡Una criatura puede enfermarse!
Azalea se puso de pie despacio y se agachó frente a Elora. Le tomó las manitas con delicadeza.
—No pasa nada, cariño —dijo para tranquilizarla—. No te metiste tierra en la boca, ¿verdad?
Elora negó con la cabeza.
Azalea se volvió entonces hacia doña Elsa. El rostro sereno, la voz baja pero firme. —Jugar con tierra no tiene nada de malo, señora.
Doña Elsa resopló. —Siempre me contradices. Los niños tienen que estar limpios. ¡Esterilizados!
Azalea sonrió apenas. —Los niños necesitan limpieza, sí. Pero también necesitan jugar.
La mujer del hiyab hizo una pausa breve, asegurándose de que Elora escuchara con calma. —No todo lo sucio es peligroso —continuó Azalea—. Y no todo lo limpio es saludable.
Doña Elsa calló, pero la mirada se le afiló y la mandíbula se le endureció.
—Mientras les enseñemos a lavarse las manos después de jugar, a cuidar la higiene y a no meterse tierra en la boca —prosiguió Azalea con suavidad—, un juego como este les ejercita la imaginación, la valentía y la alegría.
Azalea apretó la mano de Elora. —Y los niños felices suelen enfermarse menos.
Doña Elsa abrió la boca y volvió a cerrarla. No encontró nada que rebatir sin parecer excesiva.
Azalea se inclinó hacia Elora. —Ahora sí nos lavamos las manos, ¿va?
Elora asintió y sonrió.
Mientras caminaban hacia la llave del agua, doña Elsa permaneció inmóvil en su lugar. Se había quedado sin palabras.
En aquel patio trasero, bajo el cielo despejado y sobre la tierra sencilla, Azalea volvió a demostrar algo: que educar a un niño no consiste en prohibirlo todo por temor, sino en enseñarle a vivir con equilibrio, seguridad y cariño.
Sin que nadie lo advirtiera, en la oficina y en la casa, Enzo y Azalea recorrían el mismo camino. Aprender a contener la ira. Aprender a comprender. Aprender a ser padres con el corazón.
La puerta principal se abrió y Enzo entró con varias bolsas en las manos. El rostro aún cargaba restos de fatiga, pero en sus ojos había una luz distinta: ni fría ni rígida.
—Ya llegué —dijo Enzo en voz queda.
Erza y Elora, sentados en la alfombra, alzaron la vista al instante. Elora se levantó por reflejo, pero se detuvo un segundo: todavía le quedaba un rastro de miedo de la noche anterior.
—Tendrías que decir "Assalamu alaikum", Papi —le recordó Erza.
—Assalamu alaikum —dijo Enzo con una sonrisa avergonzada.
Azalea, que estaba sentada cerca de los niños, también se volvió a mirarlo.
Enzo se puso en cuclillas y depositó las bolsas en el piso. Sacó un osito de peluche color café, luego dos libros de cuentos infantiles con portadas alegres. Por último, levantó una bolsa de plástico fría.
—Esto es para ustedes —dijo en voz baja.
A Elora se le agrandaron los ojos. —Un ozito —susurró.
—Y libros de cuentos —añadió Enzo con una sonrisa pequeña—. Y helado.
—¡Yupi! —exclamó Erza, pero Elora seguía vacilante. Le lanzó una mirada a Azalea, buscando una señal de que todo estaba bien.
Azalea asintió despacio, con ternura. Elora dio un paso adelante con cautela. Enzo abrió los brazos.
—Papi les pide perdón —dijo con voz honesta y grave—. Anoche me enojé demasiado. Fue culpa mía.
Elora bajó la cabeza. Sus deditos juguetearon con el borde de la camiseta. —Yo... yo también pido peldón, Papi —murmuró, casi inaudible—. Ya no voy a tocal tus cozas. Cuando eztés trabajando.
Enzo cerró los ojos un instante. Luego atrajo a Elora hacia sí y la abrazó. —Gracias —susurró—. Papi te promete... que va a tener más paciencia.
Erza se acercó y los abrazó a los dos.
Aquella escena le llenó el pecho de calor a Azalea. Los ojos se le empañaron. Contuvo el aliento, sin querer interrumpir el momento. Esto es lo que deberían hacer siempre, pensó. No gritos que infunden miedo, sino abrazos que dan sosiego.
Minutos después, los cuatro estaban sentados juntos en la sala. Se repartió el helado. Elora sostenía una cucharita, los ojos le brillaban.
—Plimero Mami —dijo, y le ofreció una cucharada a Azalea.
Azalea se sorprendió, pero sonrió y aceptó. —Gracias.
—Ahola Papi —continuó Elora, extendiendo la misma cuchara hacia Enzo.
Ese gesto diminuto cargó el aire de una incomodidad repentina entre los adultos. Azalea y Enzo cruzaron miradas una fracción de segundo. Para un adulto, aquello se sentía como una frontera difusa: un beso indirecto, algo demasiado íntimo para pensarlo de más.
Pero Elora sonreía con absoluta inocencia, esperando.
Enzo cedió. Se inclinó y aceptó la cucharada. —Rico —dijo, escueto.
Elora se echó a reír. —¡Entonces a Papi también le guzta el helado!
Azalea contuvo la sonrisa y espantó la incomodidad. Sabía que, si la rechazaban, Elora se pondría triste. Y aquella noche, todos estaban aprendiendo sobre calidez, no sobre barreras rígidas.
Al rato, Erza se puso de pie. —Mami, quiero salchichas asadas.
—¿Ahora? —Azalea rio.
—Sí. Poquitas.
—Está bien —respondió Azalea, levantándose—. Voy por la parrillita.
Azalea se dirigió al rincón de almacenamiento junto a la cocina. Un estante metálico alto guardaba ollas, sartenes y utensilios viejos. Se puso de puntillas, estirando la mano hacia la parrilla portátil que estaba encajada en la repisa más alta.
En ese mismo instante, Enzo caminó hacia la cocina.
—Azalea...