Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 20: Los ecos del quirófano
Pasaron tres meses. Valentina no había vuelto a viajar en el tiempo. No porque no pudiera —sabía que el don seguía ahí, latente como un músculo que no se ejercita— sino porque no quería. Había viajado suficiente para toda una vida. Ahora quería quedarse quieta.
Su departamento en Buenos Aires se sentía diferente. Más liviano. Las sombras ya no se movían solas, los espejos mostraban exactamente lo que tenían que mostrar, y el sueño llegaba todas las noches sin sobresaltos. Valentina había vuelto a la universidad para terminar su tesis sobre literatura fantástica y mujeres viajeras en el tiempo. Nadie sabía que escribía sobre sí misma.
Una tarde de lluvia, mientras el agua golpeaba los vidrios de la ventana, sonó el teléfono. Era un número desconocido, con código de España.
—¿Valentina? —dijo una voz al otro lado. La reconoció al instante: era Clara enfermera, pero su tono había cambiado. Sonaba más tranquila, menos temblorosa.
—Clara —respondió Valentina, con una sonrisa que nadie veía—. ¿Cómo estás?
—Bien. Muy bien, de hecho. Terminé la terapia. El psicólogo dijo que ya no necesito ir más. Que aprendí a vivir con lo que pasó en el incendio.
—¿Le contaste toda la verdad?
—Le dije que tuve un trauma con un paciente. No le dije que viajé en el tiempo ni que conocí a otras versiones de mí misma. Algunas cosas son para guardarlas.
—¿Te escribió alguna de las otras?
—Sí. La piloto manda mensajes cada semana. Se mudó a Alemania, cerca de la tumba de esa enfermera. Va todos los domingos a dejar flores. Dice que le hace bien.
—¿Y Nora? —preguntó Valentina.
—Nora está escribiendo un libro. Bueno, varios libros. Dice que tiene material para veinte. El entre le dejó la cabeza llena de historias y ahora las está volcando todas.
—¿Elena?
—Elena... —Clara hizo una pausa—. Elena se quedó un tiempo en el pasado. En 1916. Pero nos mandó una carta desde París. Está viva. Está bien. Dice que aprendió a cocinar y que el pan recién horneado es mejor que cualquier viaje en el tiempo.
Valentina rió. Imaginó a Elena, la mujer de negro, la que había sido monstruo durante siglos, amasando pan en una cocina parisina. El mundo era un lugar extraño.
—¿Y Marta? —preguntó Valentina—. Supo algo de Marta?
—Marta está en un sanatorio. Pero no como paciente. Como voluntaria. Ayuda a mujeres con trastornos neurológicos. Dice que muchas tienen los mismos síntomas que ella tuvo en 1923. Tal vez no son síntomas. Tal vez son viajeras dormidas que necesitan que alguien las despierte.
—¿Y tu abuela? —preguntó Clara con cuidado.
Valentina se quedó en silencio un momento. La tumba de Lucía estaba en el cementerio de Chacarita, a veinte minutos de su departamento. Iba todos los fines de semana. Llevaba flores, a veces un termo con mate, y se sentaba a contarle cosas. Sabía que su abuela no la escuchaba —no desde que había vuelto a estar muerta—, pero igual le hacía bien.
—Sigue muerta —dijo Valentina al fin—. Pero también sigue viva. En mí. En todas nosotras.
—Supongo que eso es lo que significa ser familia —dijo Clara.
—Supongo que sí.
Colgaron después de prometerse que se llamarían más seguido. Valentina dejó el teléfono en la mesa y miró la bombilla de alpaca, que había puesto en un estante junto a la foto de su abuela. El metal seguía frío y opaco, pero a veces, cuando la luz entraba de cierta manera, parecía brillar un instante.
A la semana siguiente, recibió un paquete de Madrid. Era pequeño, envuelto en papel de estraza, sin remitente. Lo abrió con cuidado y encontró un cuaderno. No era el cuaderno de Nora —ése seguía en el quirófano, según la última carta—, sino uno nuevo, de tapa negra, con una dedicatoria escrita a mano en la primera página:
"Para Valentina, la que juntó los pedazos. Estos son los ecos de las que no pudieron estar en el círculo. Léelos cuando te sientas sola."
La caligrafía era de Elena. Valentina hojeó el cuaderno. Página tras página de nombres, fechas, pequeñas historias. Mujeres que no habían llegado a tiempo. Viajeras que se habían perdido en grietas olvidadas. Almas que seguían desplazadas, esperando.
No todas las grietas se habían cerrado. Las más pequeñas, las más antiguas, las más escondidas, seguían ahí. Pero ya no eran heridas abiertas. Eran más bien cicatrices. Y las cicatrices, pensó Valentina, también merecen ser recordadas.
Guardó el cuaderno en la mesa de luz, junto a la bombilla. Esa noche soñó con el quirófano. No era un sueño de miedo. Era un sueño de reencuentro. Las siete estaban otra vez sentadas en círculo, pero ahora había más. Muchas más. Decenas de mujeres con ojos verdes, riendo, tomando mate, contándose historias.
Cuando despertó, supo que no había sido un sueño.
Era una promesa.