Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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Ojos de otra vida
El amanecer se colaba por las ventanas altas como un susurro tímido.
Después de que Luca cerrara la puerta tras dejarla en la habitación, Isabella quedó sola. Sentada al borde de la cama, con los pies descalzos apoyados en la alfombra, apenas respiraba. El silencio era tan perfecto que le hacía ruido en los oídos.
Había pasado menos de un día desde que su mundo se partió en dos. Desde el grito, el disparo, la sangre caliente de Thiago salpicándole la piel.
Todo había sido rápido, caótico, brutal.
Y ahora estaba ahí, en esa mansión que parecía fuera del tiempo, como si alguien la hubiese arrancado del infierno para encerrarla en una burbuja de cristal.
Quiso llorar, pero no le salían las lágrimas.
Lo único que deseaba en ese instante era una ducha caliente.
O mejor aún, un baño que pudiera, aunque fuera por un momento, borrar el olor de la muerte que todavía sentía en la piel.
La habitación tenía un baño privado, y no uno cualquiera: era amplio, lujoso, con mármol blanco, detalles dorados y una bañera antigua, de esas que parecían hechas para reinas cansadas. Abrió la canilla y dejó que el vapor envolviera el aire. Se desvistió en silencio, con movimientos lentos, casi reverenciales, como si su cuerpo aún no le respondiera del todo.
El agua la recibió como un abrazo.
Se sumergió hasta los hombros y cerró los ojos. Solo entonces suspiró.
Por un momento fugaz, dejó de ser prisionera. No había voces, ni armas, ni órdenes.
Solo el calor, su respiración, y la piel volviendo a sentirse suya.
No sabía cuánto tiempo pasó allí dentro. Pero cuando salió, envuelta en una bata blanca y con el cabello aún húmedo, algo dentro de ella se había aflojado, como una cuerda tensa que por fin cedía un poco.
Sobre la cama la esperaba un conjunto de ropa perfectamente doblado: una blusa de seda blanca y un pantalón de lino color beige. Delicados, elegantes... y ajenos.
Mientras se vestía, no podía evitar la sensación de que esa ropa no era suya.
Que alguien más —alguien que no conocía, pero que tenía poder sobre ella— había decidido cómo debía lucir ese día. Una muñeca nueva en una casa antigua.
Una prisionera elegante.
No se maquilló. No se peinó. Solo se miró al espejo.
La imagen que le devolvía el cristal era la de una mujer que ya no sabía quién era.
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Bajó las escaleras con pasos lentos, cargados de algo que no sabía si era miedo o dignidad. Cada peldaño parecía más pesado que el anterior.
El hall principal la recibió con una frialdad perfecta: mármol pulido, lámparas doradas, cuadros enmarcados con solemnidad. Una belleza impersonal. Una jaula de lujo.
Un hombre mayor, vestido con un traje gris, apareció sin ruido.
—Por aquí, señorita Isabella —dijo con una voz suave y medida. Asintió sin preguntas. Ya no le quedaban.
La llevó por un pasillo silencioso, donde los pasos se hundían en alfombras gruesas. Al fondo, se abrió una puerta doble de madera oscura.
La sala era imponente: paredes cubiertas de libros antiguos, sillones de terciopelo, una chimenea apagada, vitrinas con botellas añejas.
Y de pie, junto al ventanal, con las manos cruzadas a la espalda, él.
Vittorio Romano.
No se giró al oírla entrar. Solo habló, como si supiera exactamente el efecto que su voz tendría en ella.
—¿Dormiste?
—No.
—Imaginé.
Entonces sí, se dio vuelta. Despacio. Como si el tiempo le perteneciera.
Vestía una camisa clara, abierta en el cuello, y pantalones oscuros. No había escoltas, ni armas. Solo él. Y su mirada. Isabella sintió un escalofrío.
Porque esa mirada no la veía a ella. Veía a otra.
A alguien que vivía en sus recuerdos.
Alguien que tenía su misma boca… su misma manera de fruncir el ceño.
—Te ves mejor —dijo él con una suavidad desconcertante.
Ella lo miró con firmeza. No quería parecer débil. Pero dentro suyo, algo se agitaba.
—¿Por qué me trajiste acá?
—Porque pude —respondió sin rodeos.
—¿Eso te basta?
Vittorio fue hasta un pequeño bar y sirvió whisky en un vaso bajo. Se lo ofreció.
—No bebo con mis secuestradores.
Él sonrió levemente, como si la respuesta le divirtiera, pero no dijo nada. Tomó un sorbo y dejó el vaso sobre la mesa con un gesto pausado.
—Thiago jugaba con fuego. Vos solo estabas con él. Nada de esto es culpa tuya.
—Entonces dejame ir.
—No puedo.
—¿Por qué?
Lo miró. Había algo tenso en su mandíbula, pero su voz seguía controlada.
—Porque… todavía no sé qué sos para mí. Isabella retrocedió un paso.
—¿Qué?
—No te asustes. No voy a tocarte. No voy a lastimarte. Solo necesito entender.
—¿Entender qué?
Vittorio no respondió. Caminó hasta una repisa y tomó una fotografía enmarcada. Sus dedos temblaron apenas.
—¿La conocés?
Isabella se acercó. La imagen era antigua, algo borrosa. Una mujer de rostro sereno y ojos grandes. Su pelo caía suelto, y sonreía con una dulzura casi triste.
—Es… mi mamá.
—Se llamaba Elvira, ¿no?
Ella asintió, sin dejar de mirar la foto.
Y entonces, él soltó un suspiro que parecía venir desde veinte años atrás.
—¿La conociste?
—La amé —dijo Vittorio, sin mirar la foto—. Mucho antes de que el mundo se volviera mierda. Isabella se quedó muda. Un nudo se le formó en la garganta.
No sabía si era tristeza… o miedo.
—¿Ella te habló de mí alguna vez?
—No. Jamás.
El silencio volvió, espeso como la niebla.
Vittorio se alejó y volvió junto al ventanal. Ya no tocó el whisky.
—¿Puedo irme a mi habitación?
—Por supuesto. En breve te traerán el almuerzo. Si necesitás algo, no tenés más que pedirlo.
—¿A quién?
—A Luca.
Ese nombre le revolvió algo en el estómago. No respondió. Se dio media vuelta y salió. Al cerrar la puerta detrás de sí, sintió que algo dentro de ella se rompía.
Pero no era por el encierro.
Era por ese hombre que la miraba como si la hubiera perdido… antes de conocerla. La mansión no tenía barrotes.
Pero el aire pesaba como si cada rincón estuviera hecho de pasado.