Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 21 Una rendija
Lauren levantó la cabeza lentamente. En el retrovisor, sus ojos se encontraron con los de Gaya.
Eran los mismos ojos que Gaya había visto en el espejo durante casi cuarenta años. Los mismos ojos de Tomás. Sus ojos.
—Pero la tía Vane dice que…
—La tía Vane se equivoca —la interrumpió Gaya con suavidad pero firmeza—. Y te lo digo yo, que no soy tu madre, que no soy tu amiga, que no soy nadie para ti. Te lo digo yo, que solo soy la mujer con la que vive tu padre. Y aun así te digo: nadie tiene derecho a tocarte sin tu permiso. Nadie.
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Lauren. Silenciosas, abundantes, liberadoras. Gaya sintió que el corazón se le rompía en pedazos, pero no se movió.
No era el momento de abrazos, no era el momento de acercamientos. Lauren necesitaba espacio, necesitaba procesar, necesitaba entender que esta mujer, esta Gaya, no era la enemiga que Vanesa le había pintado.
—Ese chico... —comenzó Lauren, con la voz quebrada—, se llama Mateo. Es amigo de unos amigos. Hoy me pidió que fuera con él a una fiesta el fin de semana. Le dije que no, que no quería. Y él... él se enfadó. Dijo que yo siempre digo que no a todo, que era una frígida, que…
Se interrumpió, ahogada por los sollozos.
Gaya apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Pero su voz, cuando habló, era un remanso de paz.
—No eres una frígida. Eres una chica que sabe lo que quiere y lo que no quiere. Y eso, Lauren, eso es un tesoro. No dejes que nadie te haga sentir mal por tener límites.
Lauren la miró a través del espejo, buscando algo en su expresión. ¿Sinceridad? ¿Burla? ¿Compasión? Encontró solo serenidad, una calma que no entendía pero que la envolvía como una manta.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó de repente, con una mezcla de confusión y recelo—. Si tú... si siempre te he tratado mal. Si siempre he dicho cosas feas de ti. ¿Por qué me ayudas?
Gaya sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, pero genuina.
—Porque alguien tiene que hacerlo. Porque lo que te pasó hoy no es justo. Porque mereces que te defiendan, aunque no quieras que te defiendan.
Lauren guardó silencio un largo rato. Luego, en un susurro casi inaudible, dijo:
—La tía Vane... siempre me dice eso. Que tengo que ser más abierta, más simpática, que si no, los chicos no me van a querer. Que mi madre era así, abierta y simpática, y por eso todo el mundo la quería.
Gaya sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. Vanesa usaba su nombre, su memoria, su imagen, para manipular a su hija. Qué retorcido, qué enfermizo, qué cruel.
—Lauren —dijo, eligiendo las palabras con sumo cuidado—, yo no conocí a tu madre. No puedo hablarte de ella. Pero sí sé una cosa: ninguna madre querría que su hija soportara que la toquen sin su permiso. Ninguna. Tu madre, fuera como fuese, querría que fueras feliz, que estuvieras segura, que te respetaran. No que te callaras por miedo a quedarte sola.
Lauren la miró fijamente. Sus ojos, rojos de llorar, escudriñaban el rostro de Gaya como si buscaran algo, una respuesta, una señal, algo que no sabía nombrar.
—Gracias —susurró finalmente.
Fue una palabra pequeña, insignificante casi. Pero para Gaya fue como un sol que se abría paso entre las nubes más oscuras.
—De nada —respondió—. Y Lauren…
—¿Qué?
—Si ese chico vuelve a molestarte, o cualquier otro, me lo dices. ¿Vale? No tienes que enfrentarte sola a eso.
La adolescente asintió lentamente. Luego, con un movimiento vacilante, abrió la puerta del coche y salió. Antes de cerrar, se giró hacia Gaya una última vez.
—Gaya…
—¿Sí?
—No se lo digas a papá, ¿vale? Sobre lo de Mateo. No quiero que... no quiero que se preocupe.
Gaya dudó. Quería decírselo a Sebastián, quería que supiera lo que estaba pasando, quería que se enfrentara a los problemas de su hija como debía hacer un padre. Pero también entendía a Lauren, entendía su miedo, su vergüenza, su necesidad de controlar su propia historia.
—Está bien —dijo al fin—. No se lo diré. Pero si las cosas empeoran, si él vuelve a molestarte, entonces hablaremos. ¿Trato?
—Trato.
Lauren cerró la puerta y caminó hacia la casa. Su paso era lento, cansado, pero por primera vez desde que Gaya la conocía, no había hostilidad en su postura. Solo cansancio. Y quizás, solo quizás, un atisbo de algo parecido a la esperanza.
Gaya se quedó en el coche unos minutos más, procesando lo que había pasado.
Había sido un día intenso: el reencuentro con María, el enfrentamiento con Vanesa en el colegio, la conversación con Tomás en el parque, y ahora esto. Lauren. Su hija, mostrando una rendija, una pequeña abertura en el muro que había construido a su alrededor.
No era mucho. Pero era un comienzo.
Salió del coche y entró en la casa. En el salón, Tomás veía la televisión mientras Pauline le preparaba algo en la cocina. Lauren había subido a su habitación.
Sebastián, según Pauline, seguía encerrado en su despacho, probablemente trabajando, probablemente evitando la conversación pendiente.
Gaya subió las escaleras lentamente. Al pasar por la habitación de Lauren, se detuvo un momento.
La puerta estaba entreabierta, y a través de la rendija podía ver a la adolescente sentada en la cama, mirando un punto fijo en la pared, con el teléfono olvidado a un lado.
Gaya no entró. No era el momento. Pero antes de seguir hacia su propia habitación, dijo en voz baja, apenas un susurro:
—Buenas noches, Lauren.
Desde dentro, después de un silencio, llegó la respuesta:
—Buenas noches, Gaya.
Fue poco. Fue casi nada. Pero para Gaya, fue todo.