nada es para siempre
NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
10
Abajo, en la tumultuosa barra principal del antro, una pequeña silueta lidiaba con el ruido ensordecedor de las bocinas y la marea de personas que empujaban por conseguir atención. Roberta se estiraba sobre el mostrador de mármol iluminado, agitando una mano desesperada hacia el barman, quien atendía a otros clientes con movimientos frenéticos.
—Oye, disculpa... Oye, ¿podrí...? ¡Oye! —gritaba Roberta, pero su voz se perdía por completo entre los bajos de la música electrónica.
Azul, que permanecía de pie un paso detrás de ella luciendo su imponente vestido negro, observaba la escena con una ceja levantada y los brazos cruzados. La timidez de su amiga no iba a conseguirles nada de tomar esa noche.
—¡Levanta la voz, nena! —le gritó Azul al oído para hacerse escuchar por encima del DJ.
Roberta se giró hacia ella con una mueca de frustración, bufando mientras se acomodaba un mechón suelto de su coleta.
—¡Eso hago! ¿No se nota? —respondió, exagerando los gestos antes de armarse de valor, inhalar profundo y plantarse con firmeza frente a la barra—. ¡Oye! ¡Dame dos Sex on the Beach!
El barman, al escuchar el tono imperioso y notar la belleza de las dos jóvenes que acababan de llegar, detuvo lo que estaba haciendo. Les dedicó una sonrisa cómplice y les guiñó un ojo mientras tomaba la coctelera.
—¡Claro, preciosa! Salen enseguida —respondió el hombre a gritos, agilizando el servicio para ellas.
Mientras tanto, desde el segundo piso, la perspectiva era completamente diferente. Dmitriy seguía apoyado en el barandal de acero de la zona VIP, con los ojos bien abiertos y la adrenalina a tope. El ambiente exclusivo del piso superior ya le parecía aburrido; él quería mezclarse con la verdadera energía de la noche mexicana. Se giró hacia su primo, dándole un último trago a su copa de champaña.
—Vamos abajo, ahí abajo están las mejores chicas —insistió Dmitriy, señalando la pista de baile que hervía de movimiento.
Taras ni siquiera se movió de su sillón de piel. Se limitó a observar el caos inferior con total apatía.
—Ve tú —replicó Taras de forma cortante, cruzando las piernas.
—Tú también vienes —sentenció el heredero, tomándolo del brazo con insistencia—. Hoy, o te comes a alguien... o te comen a ti. Así de simple son las reglas en este lugar.
Taras soltó un suspiro pesado, cansado de las insistencias de su primo, y lo miró fijamente a través de sus lentes con una seriedad absoluta.
—Sabes perfectamente que soy hetero, ¿verdad? No molestes.
Dmitriy soltó una carcajada limpia y burlona, encogiéndose de hombros con total irreverencia. Disfrutaba enormemente poner a prueba la paciencia de su estructurado primo.
—Bueno... tal vez te guste experimentar un poco esta noche —bromeó el rubio, guiñándole un ojo—. He visto que te va muy bien con ellos, son bastante lindos. No pierdes nada.
Taras rodó los ojos, apartando la mano de Dmitriy de su brazo con un movimiento firme pero tranquilo. No iba a caer en sus provocaciones infantiles.
—Sí, son lindos, pero no soy gay —aclaró Taras con voz gélida, dejando su postura clara de una vez por todas.
Abajo, ajenas a la conversación de los rusos, las chicas finalmente recibieron sus tragos adornados con rodajas de naranja y popotes de colores. Roberta tomó el suyo con una sonrisa triunfal, pasándole el otro a Azul. Tras brindar rápidamente en medio del tumulto, se abrieron paso con decisión hacia el centro de la pista de baile.
En cuanto la música cambió a un ritmo mucho más latino y contagioso, ambas se dejaron llevar. El contraste entre la sensualidad audaz de Roberta con su vestido rojo y la elegancia magnética de Azul bailando con sutiles movimientos al ritmo de los bajos fue instantáneo. No tardaron más de un par de minutos en llamar la atención de más de uno en el lugar. Las miradas de varios hombres se posaron sobre ellas con evidente interés, y algunos ya empezaban a planear cómo acercarse.
Desde lo alto de la zona VIP, los ojos de Dmitriy seguían recorriendo la multitud hasta que, de repente, se congelaron en seco. Su respiración se detuvo por un milisegundo al enfocar la silueta del vestido negro. La chispa en su interior se convirtió en un incendio completo al reconocer el rostro de la mesera.