Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 6
El tiempo se arrastraba como un caracol sobre vidrio.
Cada hora era una eternidad. Cada crujido de la madera me hacía saltar. Cada risa lejana de las otras mujeres sonaba como una burla, como un "lo tengo yo, lo tengo yo, y tú vas a morir".
No pude quedarme quieta.
Cuando Kakashi se fue a hablar con la dueña, yo bajé sigilosamente y me escondí tras la pared que separaba la cocina de la sala común. Necesitaba oír. Necesitaba saber.
Las voces llegaban apagadas, pero reconocí el tono de la dueña: zalamero, evasivo, el mismo que usaba con los clientes importantes cuando quería sacarles más dinero.
—...no sé nada de ningún sello, joven. Aquí solo hay mujeres pobres y clientes borrachos. ¿Sello? Eso es cosa de gente importante, no de nosotras...
La voz de Kakashi, más grave, más cortante:
—No te creo.
—¡Pero si es la verdad! Mire, yo dirijo este establecimiento con honestidad...
Kakashi rió. Una risa fea, sin alegría.
—¿Honestidad? ¿En un burdel?
Silencio.
—Escúchame bien —continuó Kakashi—. Ese sello pertenece a alguien del palacio. Alguien con poder para hacerte desaparecer a ti y a este lugar en una noche. Si no aparece, no vendré yo a preguntar. Vendrán otros. Y no serán tan amables.
La voz de la dueña cambió. El miedo se colaba entre sus palabras como agua entre grietas.
—Yo... yo de verdad no sé nada. Pero... pero tal vez alguna de las chicas... usted sabe cómo son, siempre metiendo las narices donde no deben...
—¿Quién?
—No sé... tal vez Hana, esa siempre está espiando... o Kimi, la criada esa, siempre rondando por donde no la llaman...
Mi estómago se contrajo.
Kimi.
No. Kimi no.
—Vigilaré a todas —dijo Kakashi—. Pero si descubro que me estás mintiendo...
—¡No miento! ¡Se lo juro por mi madre!
—Tu madre no me importa. El sello, sí.
Oí sus pasos acercándose a la salida. Me pegué más a la pared, conteniendo la respiración.
Pasó a menos de un metro de mí. No me vio.
Esperé a que se alejara y luego volví a mi habitación por el camino más largo, esquivando miradas, escondiéndome en las sombras.
Cuando entré, Kimi estaba allí.
Sentada en el borde de mi futón, con las manos retorciéndose en el regazo. Me vio entrar y sus ojos se agrandaron.
—Ai... —susurró.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba esperando. —Tragó saliva—. Tengo... tengo que decirte algo.
Mi corazón se detuvo.
—Dime.
Kimi bajó la vista. Sus hombros temblaban.
—Yo... yo vi algo. La noche que desapareció tu sello.
Me acerqué lentamente. Me arrodillé frente a ella.
—¿Qué viste?
—Esa noche... no podía dormir. Oí ruidos en el pasillo. Pensé que era un cliente, de esos que se equivocan de habitación. Me asomé...
Hizo una pausa. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—Vi a Hana. Saliendo de tu habitación. Tenía algo en las manos. No vi qué era, pero... pero se movía con sigilo, como si no quisiera que nadie la viera.
Hana.
La más vieja de las trabajadoras. La que llevaba veinte años en el yuukaku. La que siempre sonreía con suficiencia, como si supiera secretos que las demás ignoraban.
—¿Estás segura?
—Sí —lloriqueó Kimi—. Sí, estoy segura. Pero tuve miedo, Ai. Hana es... es peligrosa. Sabe cosas de todas. Si hablaba, podía hacerme daño.
La abracé.
—Gracias —susurré—. Gracias por decírmelo.
—¿Qué vas a hacer?
Miré la pared. Pensé en Hana. En sus veinte años de supervivencia. En su sonrisa de sabihonda.
—Lo que tenga que hacer.
Esa noche, esperé a que todo el mundo durmiera.
Luego tomé la horquilla de jade —mi única arma, mi única joya, mi única prueba de que alguien me había querido alguna vez— y me deslicé por el pasillo hasta la habitación de Hana.
Llamé suavemente.
—¿Quién es? —su voz, áspera por los años y el sake.
—Ai —susurré—. Necesito hablar contigo.
Silencio.
Luego, pasos arrastrados. La puerta se abrió una rendija.
Hana me miró con sus ojos de rata vieja. Evaluando. Calculando.
—Pasa —dijo.
Entré.
La habitación olía a incienso barato y a sudor rancio. Hana cerró la puerta y se apoyó en ella, cruzando los brazos.
—¿Qué quieres?
No había miedo en su voz. Solo curiosidad.
—Sabes por qué estoy aquí —dije.
—Tal vez. Tal vez no. Dímelo tú.
Di un paso adelante.
—Tienes algo mío. Algo que no te pertenece. Algo que puede matarme si no lo recupero.
Hana sonrió. Una sonrisa sin dientes, sin alegría, con muchos años de maldad acumulada.
—¿El sello?
El mundo se detuvo.
—Sabía que eras tú.
—Claro que lo sabías. No eres tonta. Por eso has sobrevivido tanto tiempo aquí.
—Devuélvemelo.
Hana negó con la cabeza.
—No.
Mi mano se cerró sobre la horquilla.
—Te lo pagaré.
—No quiero dinero.
—Entonces, ¿qué quieres?
Hana se acercó. Sus ojos viejos, sabios, terriblemente vivos, me miraron como si pudieran ver a través de mí.
—Quiero salir de aquí —dijo—. Quiero que me saques cuando tú te vayas.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—Tú te vas al palacio, ¿verdad? Con tu funcionario. Todos lo saben. Todos lo comentan. La puta favorita se va con el hombre importante.
Hana escupió las palabras como si fueran veneno.
—Llévame contigo.
—¿Al palacio? ¿Cómo? ¿Para qué?
—Para lo que sea. Criada. Lavandera. Cocinera. Lo que sea. Pero no puedo quedarme aquí, Ai. —Por primera vez, su voz tembló—. Tengo cuarenta años. En este lugar, cuarenta años es la muerte. Los clientes ya no me quieren. La dueña me da las peores habitaciones, las peores comidas. Si me quedo, moriré en una esquina, sola, y nadie recordará mi nombre.
La miré.
Y por un instante, vi mi futuro en sus ojos.
— Ya no me quieren, ningún cliente viene a mi y ya no tengo valor porque soy vieja y ya no puedo engendrar hijos— Exclamó con las manos temblando
Cuarenta años. Arrugada. Olvidada. Esperando la muerte en un rincón.
La vejez nos vuelve invisible como si por no poder procrear y tener hijos perdieramos nuestro valor, como si nuestro único propósito es engendrar
· "Cuando envejecemos, dejamos de ser mujeres para convertirnos en estorbos. Ellos envejecen y son 'venerables'. Nosotras envejecemos y somos 'viudas' o 'solas'. Qué miedo le tienen a lo que no pueden poseer."
· "Una mujer mayor es una mujer que ya no sirve, dicen. Como si servir fuera nuestro único destino."
· "Ellos acumulan arrugas y las llaman experiencia. Nosotras acumulamos las mismas arrugas y nos llaman viejas."
—¿Y si digo que no? —pregunté.
Hana sonrió de nuevo. Esa sonrisa horrible.
—Entonces el sello desaparece para siempre. Y tú mueres dentro de tres días.
El silencio se estiró como una cuerda a punto de romperse.
—Necesito el sello ahora —dije al fin—. Si no lo tengo, estoy muerta antes de poder llevarte a ningún lado.
—Lo sé. —Hana se acercó a un rincón, levantó una tabla del suelo (su propio escondite, el suyo) y sacó algo envuelto en un trapo—. Pero no soy tonta. Te lo daré... cuando estemos fuera de aquí.
Me mostró el sello. Un instante. Solo un instante.
Luego lo guardó de nuevo.
—El día que salgas hacia el palacio —dijo—, vendré contigo. O el sello no aparecerá.
—¿Y si el funcionario no acepta?
—Convéncelo. Eres buena convenciendo hombres, ¿no? Para eso sirves.
El insulto me quemó, pero lo tragué.
—Tres días —dije—. En tres días viene por mí.
—Entonces tengo tres días para preparar mis cosas.
Nos miramos fijamente. Dos putas viejas antes de tiempo. Dos supervivientes.
—Si me traicionas —dije—, te mataré.
—Si me dejas aquí —respondió ella—, haré que te maten a ti.
Y así, con ese pacto de víboras, sellamos nuestro acuerdo.
Cuando volví a mi habitación, Kakashi me esperaba.
—¿Dónde estabas? —preguntó, preocupado.
—Resolviendo algo.
—¿El sello?
—Sé quién lo tiene.
Sus ojos se abrieron.
—¿Quién?
—Hana.
Kakashi se levantó de un salto, la mano en la espada.
—Voy ahora mismo...
—No. —Lo detuve con un gesto—. No podemos. Ella no lo soltará. Quiere algo a cambio.
—¿Qué?
—Salir de aquí. Ir conmigo al palacio.
Kakashi me miró como si me hubiera vuelto loca.
—¿Al palacio? ¿Ella? ¿Una puta vieja?
—Una puta vieja que tiene mi vida en sus manos —corregí—. Así que sí. Ella.
Kakashi pasó una mano por su cabello, frustrado.
—Esto es una locura, Ai.
—Ya lo sé. Pero es la única opción que tengo.
Se sentó a mi lado. Apoyó la cabeza en mis rodillas, como un niño cansado.
—No me gusta —murmuró.
—A mí tampoco.
—Voy a perderte.
—Tal vez. Tal vez no.
—¿Qué quieres decir?
Toqué su cabello. Suave. Oscuro. El único hombre bueno en mi vida.
—Una vez que esté en el palacio —dije—, necesitaré a alguien ahí fuera. Alguien de confianza. Alguien que pueda ayudarme cuando todo se desmorone.
Kakashi levantó la vista.
—¿Yo?
—Siempre tú.
Se incorporó. Me miró a los ojos con esa intensidad que dolía.
—Entonces esperaré —dijo—. Haré mi trabajo. Vigilaré. Y cuando me necesites, estaré ahí.
—¿Aunque pase mucho tiempo?
—Aunque pase toda la vida.
Lo besé.
Fue un beso diferente. No de amantes. No de clientes. Algo más. Algo que no tenía nombre.
Cuando nos separamos, supe que algo había cambiado.
Y no supe si eso me salvaba o me condenaba.
Dos días después, Hana apareció en mi puerta con un hatillo de ropa.
—Estoy lista —dijo.
La miré. Vieja. Arrugada. Feroz.
—¿Tienes el sello?
Se llevó la mano al pecho. Bajo el kimono, se marcó un bulto.
—Siempre conmigo.
Asentí.
Afuera, el sol comenzaba a salir.
En unas horas, el funcionario vendría a buscarme.
Y yo me llevaría conmigo a mi peor enemiga.
O a mi única aliada.
Todavía no lo sabía.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.