En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 13: Explicaciones Necesarias
La puerta de la sala de juntas se cerró con un clic metálico que pareció resonar en todo el edificio. Fuera, el murmullo del imperio de Li Corp continuaba, pero dentro, el tiempo se había espesado. Mei Ling sentía el peso de la chaqueta de su traje gris, de su cabello tirante, de todas las capas de profesionalismo que se sentían ahora como una mentira frente al hombre que acababa de arriesgar su capital político por ella.
—Me ha defendido —dijo ella, con una nota de reproche que no pudo ocultar—. Después de tres días de ignorarme, después de tratarme como si fuera una molestia en sus libros contables... ¿Por qué ahora? ¿Por qué delante de Chen Hui?
Li Wei soltó un suspiro largo y se aflojó el nudo de la corbata, un gesto de informalidad que Mei Ling nunca le había visto en la oficina. Se sentó en el borde de la gran mesa de roble, observándola con una intensidad que la hizo retroceder mentalmente.
—¿Cree que fue fácil para mí? —preguntó él, y su voz estaba llena de una fatiga real, humana—. Pasé tres días tratando de convencerme de que lo que pasó en la villa fue un error. Que era el resultado del cansancio, de la lluvia, de la presión del proyecto. Me dije a mí mismo que si la trataba con frialdad, la "distracción" desaparecería. Pero cada vez que la veía entrar en esta sala, Mei Ling, cada vez que abría la boca para defender su trabajo, me daba cuenta de que estaba mintiendo.
—Usted me humilló en la primera reunión —le recordó ella, sus ojos humedeciéndose a pesar de su resistencia—. Me hizo sentir que me estaba cobrando la noche... como si mi trabajo hubiera perdido valor porque nos acostamos. No tiene idea de lo que es para una mujer en mi posición que alguien como usted insinúe que su juicio ha sido "influenciado".
Li Wei se levantó y se acercó a ella. No se detuvo hasta estar a un palmo de distancia. Mei Ling podía oler el aroma familiar de su perfume, pero ahora estaba mezclado con el olor acre del estrés y la adrenalina.
—Lo hice para protegerla —dijo él, su voz volviéndose ronca—. Si la junta hubiera visto un ápice de favoritismo, la habrían apartado del proyecto inmediatamente. Chen Hui ya estaba oliendo sangre. Tuve que ser el más duro de todos para que nadie sospechara. Fue una táctica, Mei Ling. Una táctica de mierda, lo admito, pero era la única forma de mantenerla a cargo de la Torre.
—¿Y quién le pidió que me protegiera? —replicó ella, golpeando su pecho con el dedo índice—. ¡Yo puedo protegerme sola! Mi trabajo se defiende solo. Lo que no puedo defender es a un hombre que me mira con amor por la noche y me trata como a una extraña por la mañana. No soy una de sus empresas subordinadas, Li Wei. No puede "gestionarme" según las necesidades del mercado.
Li Wei la atrapó por las muñecas, no con fuerza, sino con una desesperación contenida. Sus ojos buscaban los de ella, pidiendo una tregua que su orgullo todavía no estaba listo para conceder.
—No la estoy gestionando —susurró él—. Estoy intentando no volverme loco. Desde que se fue de la villa sin decir una palabra, no he podido concentrarme en un solo informe. Veo su letra en los márgenes de los planos y siento que me falta el aire. La defensa de hoy... no fue solo por el edificio. Fue porque no soporto que un tipo como Chen Hui mencione su nombre con esa suciedad en la voz. Fue porque no puedo ignorar que, aunque intente ser el CEO perfecto, usted es la única persona que ha logrado que me importe algo más que el precio de las acciones.
Mei Ling dejó de forcejear. Sus muñecas seguían en manos de él, y el calor de su contacto empezó a derretir la capa de hielo que ella había construido alrededor de su corazón. La rabia seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con una tristeza profunda por la imposibilidad de su situación.
—Esto no va a funcionar, ¿verdad? —preguntó ella, con la voz quebrada—. El mundo en el que vive no permite esto. Si seguimos adelante, cada éxito que yo tenga será atribuido a nuestra relación. Cada decisión que usted tome será cuestionada. El "Ala del Fénix" se convertirá en un monumento a un escándalo, no a la arquitectura.
Li Wei soltó sus muñecas y, en su lugar, le acunó el rostro con las manos. Sus pulgares acariciaron sus pómulos con una ternura que contrastaba con la severidad de la sala de juntas.
—El mundo siempre va a hablar, Mei Ling. Si construimos el edificio más alto del mundo, dirán que fue por ego. Si nos amamos, dirán que es por interés. Pero no podemos vivir nuestras vidas para satisfacer los miedos de la junta directiva. Usted me preguntó por qué lo hice hoy. Lo hice porque prefiero perder a todos esos socios antes que perder la oportunidad de ver qué somos capaces de construir juntos.
—¿Y qué somos? —preguntó ella, buscando una verdad a la que aferrarse.
—Somos dos personas que cometieron el error de creer que eran más fuertes que su propia naturaleza —respondió él, acercando su frente a la de ella—. Somos acero y cristal, Mei Ling. Somos complejos, somos difíciles de manejar y costamos más de lo que la mayoría puede pagar. Pero juntos... somos indestructibles.
Mei Ling cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran finalmente. No eran lágrimas de debilidad, sino de liberación. En ese despacho frío y metálico, rodeada de pantallas de datos y proyecciones de futuro, encontró la calidez que había estado buscando desde que llegó a Beijing.
—Necesito que sea honesto conmigo, Li Wei —dijo ella, separándose lo justo para mirarlo a los ojos—. No más tácticas. No más juegos de poder en las reuniones. Si vamos a hacer esto, si vamos a construir este edificio y... lo que sea que esto sea, tiene que ser como iguales. No soy su protegida. Soy su arquitecta.
Li Wei sonrió de verdad por primera vez en días. Era una sonrisa pequeña, casi tímida, que le devolvió la humanidad que su cargo solía robarle.
—Acepto las condiciones, señorita Mei. Pero debe saber algo: ser iguales será el mayor reto estructural al que nos hayamos enfrentado.
—He diseñado estructuras más difíciles —replicó ella, recuperando un poco de su chispa—. Solo asegúrese de que sus cimientos sean tan sólidos como sus promesas.
Él asintió y, sin previo aviso, la besó. No fue un beso como el de la villa, lleno de urgencia y sombras. Fue un beso lento, cargado de una nueva comprensión y de la promesa de enfrentar juntos lo que el amanecer de Beijing les tuviera preparado.
Cuando se separaron, la ciudad seguía allí fuera, rugiendo, esperando para juzgarlos. Pero dentro de la sala de juntas, el silencio ejecutivo había sido reemplazado por algo mucho más poderoso: la verdad. Li Wei se giró hacia su mesa y tomó una carpeta que Mei Ling no había visto antes.
—Y ahora que las explicaciones necesarias han sido dadas —dijo él, volviendo a su tono profesional, aunque con un brillo divertido en los ojos—, tenemos un contrato final que firmar. La junta lo aprobó tras mi "discurso de clausura". Pero antes de firmarlo, hay una cláusula que quiero añadir.
—¿Cuál? —preguntó ella, arqueando una ceja.
—La cena de celebración de esta noche. Y esta vez, no será en un mirador público donde Chen Hui pueda vernos. Será en un lugar donde solo existan el fénix y el dragón.
Mei Ling rió, una risa clara que pareció limpiar el aire de la sala. Tomó el bolígrafo que él le ofrecía y, con una firma firme y elegante, selló no solo el destino del edificio más ambicioso de Asia, sino también el inicio de una historia que ningún plano podría haber predicho. El riesgo era total, pero por primera vez en su vida, Mei Ling sintió que el cálculo era perfecto.