Morí siendo una escritora de novelas mediocres…
solo para despertar dentro de la peor de mis historias.
Ahora soy Ciel Rousla, la “princesa tonta”: hermosa, ingenua… y destinada a ser traicionada y devorada por bestias.
En la historia original, confiaba ciegamente en su “amable” hermana, la hija ilegítima que todos adoraban, mientras tres poderosos prometidos la controlaban bajo la excusa de protegerla… hasta abandonarla en su peor momento.
Pero esta vez es diferente.
Yo conozco el final.
Sé quién me manipula.
Sé quién me traicionará.
Y sé que cada sonrisa a mi alrededor… es una mentira.
Ya no seré la princesa ingenua.
Aunque tenga que enfrentar a la “santa”, romper mis propios lazos y cambiar todo lo que escribí…
Voy a sobrevivir en este mundo bestia
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Capítulo 17: Lo que nunca entendiste
El castillo ya estaba en silencio cuando Ciel llegó a su habitación. No fue directo a Erina, no aún. Cerró la puerta detrás de ella y se quedó quieta unos segundos, dejando que todo lo ocurrido terminara de asentarse. Las palabras de la archiduquesa seguían presentes, el peso del pasado, el nombre de Laslo… pero nada de eso era lo que más le dolía. Era otra cosa, más profunda, más personal.
—…tres años.
No había recuerdos. Solo vacío. Y ahora ese vacío tenía un nombre.
Erina.
Ciel levantó la mirada lentamente, y esta vez no dudó. Salió de la habitación con paso firme, directo, sin detenerse. No necesitaba más pruebas ni más tiempo para pensar. Solo quería una respuesta.
No tocó la puerta. Nunca lo hacía con ella.
La abrió.
Erina estaba ahí, como siempre. Tranquila, ordenada, como si nada se hubiera alterado. Como si el mundo siguiera bajo control.
—Ciel —dijo con suavidad—. Pensé que tardarías más.
Eso fue suficiente.
Ciel cerró la puerta sin apartar la mirada.
—¿Por qué?
Directo. Sin rodeos.
Erina la observó unos segundos.
—No sé a qué te refieres.
—No hagas eso conmigo. No tú.
El ambiente cambió.
—Entonces explícate.
Ciel soltó una leve risa sin humor.
—¿Explicarme? Tú me quitaste tres años… y quieres que me explique.
La tensión se volvió real.
—¿Por qué lo hiciste?
Erina no respondió de inmediato, pero tampoco negó.
—Eras un problema.
La respuesta fue fría. Corta. Insuficiente.
Ciel la miró, y algo en su expresión cambió.
—¿Eso es todo? ¿Eso soy para ti?
Erina no reaccionó, y eso dolió más.
Ciel respiró hondo.
—Yo nunca te hice daño. Nunca.
Erina guardó silencio.
—Sabes cómo te veían. Sabes lo que decían de ti. Y aun así… yo te dejé quedarte a mi lado.
Pausa.
—Dejaba que hablaran de mí, que me vieran como arrogante… para que no te miraran a ti.
El aire se volvió más pesado.
—¿Crees que no lo sabía? ¿Que no veía cómo te trataban?
Ciel dio un paso más.
—Tenías algo que muchos aquí no tienen. Una familia. Cariño. Un lugar.
Su voz se tensó apenas.
—Y aun así decidiste verme como un problema.
Silencio.
—¿Por qué?
Esta vez la pregunta fue real.
Erina se puso de pie lentamente.
—Porque eso no era suficiente.
Ciel frunció el ceño.
—El cariño no sostiene un imperio —continuó Erina—. No evita errores. No detiene consecuencias.
Dio un paso.
—Tú no eras mala, pero eras inestable. Podías destruir todo sin darte cuenta y nadie iba a detenerte, porque eras intocable.
Silencio.
—Yo no podía reemplazarte. No podía eliminarte. No podía corregirte de frente.
Pausa.
—Así que te hice manejable.
Ciel negó apenas.
—Me volviste nada.
Erina no se inmutó.
—Te volví segura.
Eso dolió más que cualquier otra cosa.
Ciel bajó la mirada un segundo y luego la levantó.
—Nunca me viste.
Erina no respondió.
—Nunca entendiste lo que hacía… ni por qué.
Pausa.
—No era por poder.
Sus ojos no se apartaron.
—Era porque no quería que estuvieras sola.
El silencio que siguió fue distinto.
Ciel dio un paso atrás.
—Y tú me convertiste en una pieza.
Pausa.
—Eso se acabó.
Erina la observó fijamente.
—Nunca dejaste de serlo.
No fue burla. Fue convicción.
Ciel sostuvo su mirada.
—Entonces mírame bien, porque esta vez no voy a dejar que juegues conmigo.
Se giró y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo apenas, sin mirarla.
—Te equivocaste conmigo.
La puerta se cerró.
El silencio que quedó fue pesado.
Erina no se movió de inmediato. Se quedó de pie, mirando el lugar donde Ciel había estado. No había rabia en su expresión, ni frustración visible, pero algo había cambiado. Las palabras de Ciel no eran irrelevantes.
“Yo no quería que estuvieras sola.”
Erina cerró los ojos un instante, no por debilidad, sino por análisis. ¿De verdad importaba eso? ¿El cariño? ¿La intención? Su mente repasó todo: el pasado, el castillo, los errores de otros, las caídas. Las emociones no evitaban nada, nunca lo habían hecho.
Pero aun así, por un momento… dudó.
¿De verdad quería esto? ¿El control absoluto? ¿Mover cada pieza desde las sombras? ¿O vivir como alguien más dentro de ese mismo imperio?
La idea apareció… y se desvaneció.
Erina abrió los ojos.
Fría.
Clara.
Decidida.
No.
No iba a elegir.
—Lo quiero todo.
Su mirada se endureció apenas.
—El control… y el imperio.
Y en ese instante quedó claro.
Si había llegado hasta ese punto…
ya no había vuelta atrás.