Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
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Capitulo 12
El sonido de la puerta cerrándose con el seguro electrónico de la oficina retumbó en las costillas de Elena. Se quedó ahí, sentada en su trono de cuero, sintiendo cómo el aire se volvía denso, casi sólido. Alexander no se movió de detrás de ella; sus manos seguían sobre sus hombros, y el calor que emanaba de sus palmas atravesaba la seda de su blazer como si no existiera.
—Alexander, esto es un entorno profesional —soltó ella, tratando de que su voz no sonara tan rota como se sentía por dentro—. No puedes comprar acciones solo para perseguirme.
Él soltó una risa ronca, una vibración que ella sintió directamente en la nuca. Alexander rodeó la silla y se sentó en el borde del escritorio, justo frente a ella, obligándola a abrir las piernas para hacerle espacio. La miraba con esa superioridad que solo un hombre que sabe que tiene el control puede permitirse.
—No te persigo, Elena. Te reclamo. Hay una diferencia —él se inclinó, apoyando los codos en sus rodillas, acortando la distancia—. Te fuiste sin decir adiós. Pensaste que podías volver a tu oficina, ponerte tu traje de jefa y fingir que lo de anoche fue un error de cálculo. Pero yo no soy un error, Elena. Soy tu dueño desde que tenías veintiocho años y me miraste con ese desprecio que solo escondía ganas.
Él alargó la mano y, con un movimiento lento, le desabrochó el primer botón del blazer. Elena intentó apartarle la mano, pero él la sujetó de la muñeca con una firmeza que la hizo estremecerse.
—¿Qué haces? —susurró ella, aunque su cuerpo se inclinaba hacia él de forma involuntaria.
—Darte tu primera lección como socio mayoritario —Alexander se levantó y, sin previo aviso, la agarró por la cintura y la sentó de golpe sobre el escritorio, tirando al suelo los papeles y la tablet que Hugo había dejado—. Aquí mando yo. En el ático, en esta oficina y en cada rincón de ese cuerpo que intentas esconder bajo ropa cara.
Elena sintió el frío del mármol del escritorio en sus muslos, contrastando con el calor abrasador de las manos de Alexander, que ahora subían por sus piernas, apartando la tela de su falda.
—¡Alexander, cualquiera puede entrar! Hugo está afuera...
—Hugo está encantado de tener a alguien que por fin te ponga en tu sitio —él la calló con un beso que no tuvo nada de tierno. Fue un choque de dientes y lenguas, un beso que sabía a castigo y a una urgencia que no se había saciado ni un poco con las horas de la madrugada.
Él la devoraba. Sus manos grandes se hundían en sus caderas anchas, apretando la carne con una fuerza que le recordaba que para él, ella era perfecta tal cual era. Alexander se separó un segundo para mirarla, sus ojos miel estaban oscuros, casi negros por el deseo.
—Dime que me extrañaste desde que saliste de mi cama —le exigió él, su respiración golpeando el rostro de Elena—. Dime que pasaste toda la mañana sintiendo mi rastro entre tus piernas.
Elena apretó los dientes, tratando de mantener un gramo de orgullo, pero Alexander bajó la cabeza y empezó a lamerle el cuello, justo en ese punto donde sabía que ella perdía el juicio. Sus dedos buscaron el encaje de su ropa interior, reclamándola con una destreza que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido que rebotó en las paredes de cristal.
—Sí... —admitió ella finalmente, con los ojos cerrados y las manos clavadas en los hombros de Alexander—. Te extrañé, maldito niño.
—Ya no me llames así —gruñó él, alzándola un poco para pegarla más a su cuerpo, haciéndola sentir la dureza de su miembro que pedía a gritos ser liberado—. Llámame Alexander. Llámame como me vas a gritar el resto de la tarde, porque de esta oficina no sales hasta que aprendas que cuando yo digo "quédate", te quedas.
Alexander la puso de espaldas contra el gran ventanal que daba a toda la ciudad. Elena sintió el vértigo de la altura y el calor de Alexander detrás de ella, una combinación que la hacía sentir más viva que nunca. Él le subió la falda hasta la cintura, exponiéndola por completo al sol que entraba por el vidrio.
—Mira hacia afuera, Elena —le ordenó él, agarrándola del cabello con suavidad para obligarla a mirar la ciudad—. Que todos vean cómo su reina se rinde ante el único hombre que es capaz de domarla.
Elena se aferró al borde del escritorio mientras Alexander la poseía ahí mismo, con la ciudad de testigo detrás del cristal. No hubo 50 sombras que se compararan a la realidad de sentirlo a él, reclamando su imperio y su cuerpo al mismo tiempo. Fue un ritmo frenético, posesivo, una guerra de voluntades donde ella se entregó por completo, pidiéndole más con cada embestida.
Cuando terminaron, Elena estaba colapsada sobre el escritorio, jadeando, con el cabello desordenado y el maquillaje corrido. Alexander se acomodó el traje con una calma insultante, como si no hubiera acabado de profanar la oficina más importante de la ciudad. Se acercó a ella, le dio un beso suave en la frente y le susurró:
—Prepárate. La cena es a las ocho. Y esta vez, no te vas a ir hasta que yo lo diga.
Alexander salió de la oficina, dejando a Elena temblando y con la certeza de que su vida profesional y personal ya no le pertenecían. Eran de él. Y lo peor de todo es que ella no quería que fuera de otra manera.