"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 6: El Mensaje
Los días siguientes fueron extraños.
Elara se instaló en una habitación de invitados en el ala este de la mansión, lejos de las zonas que Damián solía frecuentar. Yo le enseñé los lugares básicos: el comedor, la biblioteca, el jardín. Pero evité cuidadosamente llevarla cerca del despacho o del ala privada de Damián.
—¿Y el dueño? —preguntó Elara mientras desayunábamos en mi habitación—. ¿No aparece nunca?
—Aparece. Pero yo intento no cruzarme con él.
—¿Y el vínculo? ¿No te obliga a buscarlo?
—Me obliga a sentirlo —respondí, llevándome la mano al pecho—. Ahí está siempre. Como un latido constante. Pero puedo ignorarlo si me concentro.
Elara asintió, pero su mirada era escéptica.
—No sé cómo aguantas. Yo creo que si estuviera vinculada a alguien, me volvería loca.
—Tal vez lo estoy —sonreí con tristeza—. Solo que aún no lo sé.
Esa tarde, Damián estaba en su despacho cuando Marcus entró con un sobre en la mano.
—Esto acaba de llegar —dijo, colocándolo sobre el escritorio—. Sin remitente. Solo tu nombre.
Damián lo tomó con desconfianza. Rompió el sobre y de su interior cayó una fotografía.
Su sangre se heló.
Era Lola.
En la cafetería. Con su uniforme de trabajo. Sonriendo mientras servía un café. La imagen estaba tomada desde fuera, a través del cristal, como si alguien la hubiera estado observando.
—¿Quién envía esto? —preguntó con voz baja y peligrosa.
—No lo sabemos. El sobre apareció en recepción. Nadie vio quién lo dejó.
Damián le dio la vuelta a la foto. Al dorso, unas palabras escritas a mano:
"Sigo buscando a mi vieja amiga. Cuídala bien."
Firmado: Kael.
El rugido de Damián retumbó en toda la mansión.
Yo estaba en mi habitación cuando lo sentí.
A través del vínculo, una oleada de furia tan intensa que me doblé sobre mí misma, agarrándome el pecho.
—¿Lola? ¿Qué pasa? —preguntó Elara, alarmada.
—Damián —jadeé—. Algo le pasa. Está... furioso. Como nunca.
—¿Y tú puedes sentirlo?
—Demasiado.
Me enderecé con esfuerzo. La furia seguía ahí, latiendo en mi pecho como un animal enjaulado. Pero debajo de ella, algo más: miedo. Un miedo helado, protector, que no entendía.
—Tengo que bajar —dije.
—¿Estás loca? Si está furioso, precisamente no deberías...
Pero yo ya estaba saliendo de la habitación.
Llegué al despacho justo cuando Damián lanzaba un jarrón contra la pared.
Los cristales estallaron a mi alrededor. Me quedé paralizada en la puerta, con el corazón desbocado.
—¡Fuera de aquí! —rugió, sin mirarme.
—Damián...
—¡He dicho que fuera!
Pero no me moví. Porque a través del vínculo, sentía algo más que furia. Sentía... miedo. Miedo por mí.
—¿Qué pasa? —pregunté, con voz firme a pesar del temblor—. Dímelo.
Él se volvió por fin. Sus ojos dorados ardían con una intensidad que me heló la sangre. En su mano, una fotografía arrugada.
—Esto —dijo, lanzándomela—. Esto es lo que pasa.
Atrapé la foto al vuelo. Y cuando la vi, el aire se escapó de mis pulmones.
Era yo. En la cafetería. Hacía meses.
—¿Quién...?
—Kael —respondió Damián, con voz de hielo—. Tu "viejo amigo".
Le di la vuelta a la foto. Leí las palabras escritas a mano. Y un escalofrío me recorrió la espalda.
Sigo buscando a mi vieja amiga.
—No lo entiendo —susurré—. Yo no lo conozco. Nunca lo he visto.
—Da igual. Él te ha visto a ti. Y eso es suficiente.
Damián se acercó a mí. Su furia aún ardía, pero ahora estaba más controlada, más fría. Más peligrosa.
—Desde ahora —dijo—, no te separas de mí. No sales de esta habitación sin mi permiso. No hablas con nadie sin que yo esté presente.
—¿Qué? ¡No!
—¡No es negociable, Lola! —Su voz se rompió—. Kael te ha estado observando. Durante meses. Y ahora sabe que estás aquí. Que estás conmigo. Y no va a parar.
—¿Pero por qué? ¿Qué quiere de mí?
Damián me sostuvo la mirada. Y en sus ojos, por un instante, vi algo que no supo nombrar.
—Eso —dijo en voz baja— es lo que vamos a descubrir.
En ese momento, la puerta se abrió.
—Lola, ¿estás bien? Oí un escándalo y...
Elara se detuvo en seco al ver a Damián.
—Oh. Tú debes ser... el dueño.
Damián la miró con desconfianza.
—¿Y tú?
—Ella es Elara —dije rápidamente, interponiéndome—. Mi amiga. La que te pedí traer.
—Ah. La beta.
—Sí. La beta. Y no te atrevas a hablar de ella con ese tono.
Damián me miró. Por un momento, pensé que iba a discutir. Pero solo asintió.
—Quédate con ella —dijo, dirigiéndose a Elara—. No la dejes sola. Y si ves algo raro, avisa a Marcus.
Salió del despacho sin mirar atrás.
Elara se volvió hacia mí con los ojos como platos.
—¿Qué demonios acaba de pasar?
Le mostré la foto.
—Kael —dije—. Sabe dónde estoy. Y lleva meses observándome.
Elara palideció.
—¿Meses? ¿Desde antes de que todo esto pasara?
—Parece que sí.
—Lola... eso es... eso es de psicópata.
—Lo sé.
Me senté en el borde del escritorio, con la foto temblando en mis manos. Elara se sentó a mi lado.
—¿Y ahora qué?
Miré hacia la puerta por la que Damián había desaparecido. A través del vínculo, aún sentía su furia, su miedo, su necesidad de protegerme.
—Ahora —dije—, descubrimos por qué.
Esa noche, no pude dormir.
La imagen de la foto no se borraba de mi mente. Alguien me había estado observando. Durante meses. Y yo nunca lo supe.
¿Quién era Kael? ¿Qué quería de mí?
Y lo más inquietante: ¿por qué Damián se había puesto tan furioso al ver esa foto?
No era solo por la amenaza. Era algo más. Algo personal.
Pero por más que intenté sentir a través del vínculo, no pude alcanzarlo.
Mi loba seguía dormida.
Y yo seguía a ciegas.