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La Piel Del Subconsciente

La Piel Del Subconsciente

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Fenty fuentes

Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.

NovelToon tiene autorización de Fenty fuentes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

el peso de las decisiones

Capítulo 20:

​El sol de la mañana en Manhattan entraba con fuerza por los ventanales del museo. Valeria caminaba por los pasillos en obras, esquivando algunos plásticos que cubrían el suelo. No era una construcción cualquiera; era la renovación de su sueño, el lugar donde sus proyectos de pintura finalmente tendrían el espacio que merecían. Se detuvo frente a una de las paredes principales, observando cómo la luz golpeaba el color de uno de sus lienzos. Por un momento, se sintió en paz, lejos de los gritos y la frialdad de la mansión. Estaba recuperando su identidad, dejando de ser la sombra de un hombre para ser, sencillamente, Valeria.

​Sin embargo, esa calma se rompió cuando sintió la vibración de su teléfono en el bolsillo de su chaqueta. Al sacarlo y ver el nombre de Adrián en la pantalla, sintió un vuelco en el estómago.

​—¿Hola? —susurró, alejándose un poco de los obreros que lijaban una columna cercana.

​Escuchar la voz de Adrián fue como recibir una descarga eléctrica. Fue una conversación corta, apenas unos minutos para confirmar que todo seguía en pie, pero fue suficiente para que su pulso se disparara. Al colgar, Valeria se quedó mirando el vacío, con el corazón latiendo a mil por hora contra sus costillas. Una mezcla de miedo y deseo la recorría entera. Miraba el reloj de su oficina cada cinco minutos; sentía que las manecillas no avanzaban, que el tiempo se había detenido solo para torturarla. La espera para que llegara la hora de irse a la cabaña se le estaba haciendo eterna, una agonía dulce que la mantenía con los nervios a flor de piel.

​Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el ambiente en la mansión era irrespirable. Julián no había pasado la noche en la cama matrimonial. Después de la espantosa discusión que tuvieron por la rosa —esa maldita rosa que lo había sacado de sus casillas—, se había refugiado en su despacho. Había pasado la madrugada sentado en su sillón de cuero, bebiendo y dándole vueltas a la humillación de sentirse desplazado por su propia esposa.

​Cuando el cuerpo no le dio para más, se metió a la ducha para intentar quitarse el olor a alcohol y el cansancio de la cara. Se vistió con la misma frialdad de siempre: camisa de marca, traje a medida y una dosis exagerada de perfume para ocultar su estado. Al bajar las escaleras, cada paso le retumbaba en las sienes.

​En la cocina se encontró con Disney, que ya estaba preparando todo para el día.

​—Disney, prepárame un café bien amargo, que me estalla la cabeza, y búscame unas pastillas —ordenó Julián con un tono de voz que no admitía réplicas—. Y hazme algo ligero, no tengo hambre. ¿Dónde está Valeria?

​Disney, sin mirarlo mucho a los ojos, le contestó mientras servía el agua.

​—La señora Valeria salió tempranito, joven Julián. Se fue para el museo por lo de la renovación. Dejó dicho que no vendría a almorzar porque tiene mucho que verificar con sus cuadros. —La mujer hizo una pausa y luego soltó lo que más le dolía a él—: También me pidió que le recordara que usted tiene que ir recogiendo sus cosas. Ella dice que ya le dio el tiempo para que se mude y deje la casa.

​Julián apretó el puño sobre la encimera. Que Valeria usara a la empleada para darle órdenes de desalojo era algo que su orgullo no podía soportar. En ese momento, su celular empezó a sonar. Era su padre.

​—¿Qué pasa ahora? —contestó Julián de mala gana.

—Hijo, es tu madre... se puso muy mal anoche. Necesitamos ayuda para los médicos, las medicinas son carísimas y no tenemos cómo...

—Ya, ya, no me cuentes más historias —lo cortó Julián, sin una gota de empatía—. Te voy a mandar el dinero ahora mismo para que dejes de molestarme, que tengo suficientes problemas aquí como para cargar con más. No me llames para estas cosas, solo dime cuánto es y ya.

​Colgó sin esperar el "gracias" y se tomó el café de un trago, aunque le quemara la garganta.

​Julián terminó de desayunar a la fuerza, se puso el saco y agarró las llaves de su auto deportivo. Antes de cruzar la puerta de salida, se dio la vuelta y miró a Disney con odio.

​—Escúchame bien: no vayas a recoger nada de lo mío. No toques mis cosas ni las metas en cajas. Yo voy a hablar con Valeria y aquí no se mueve nada hasta que yo lo decida. Que te quede claro.

​Salió de la casa dando un portazo y arrancó el motor haciendo un ruido infernal. Mientras manejaba por las calles de Nueva York, esquivando el tráfico con agresividad, marcó el número de Beatriz. Su voz sonaba cargada de veneno.

​—Beatriz, la situación se salió de control. Valeria ya dio la orden de que me saque de la casa —le dijo apenas ella contestó—. Se cree muy valiente ahora con su museo. Necesito que nos veamos en el hotel de siempre antes de que anochezca. Tenemos que armar el plan final, quiero hundirla antes de que ella me termine de quitar lo que es mío.

​Julián aceleró, ignorando los semáforos, con la mente fija en la venganza que iba a planear en esa habitación de hotel.

Mientras tanto, en el museo, Valeria cerraba los ojos por un segundo, imaginando el aire puro de la cabaña y el calor de Adrián, sin saber que Julián y Beatriz ya estaban moviendo las fichas para intentar destruir su libertad. Pero por ahora, ella solo sentía ese latido acelerado en su pecho, el latido de alguien que, por fin, está empezando a vivir de verdad.

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