Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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Baile
—No se mueva, señorita… el agua aún está tibia.
El vapor del baño de rosas envolvía la habitación como una nube perfumada. Yo cerré los ojos y dejé que las doncellas vertieran lentamente el agua sobre mis hombros.
—Hoy debe lucir perfecta —susurró Marta, peinando mi cabello rojo con cuidado—. Esta noche todos los nobles del reino estarán aquí.
—Como si yo fuera un trofeo —murmuré.
Marta sonrió con dulzura.
—Usted es más que eso, señorita.
Abrí los ojos y miré el techo tallado en madera blanca. Mi habitación era amplia, con cortinas de lino fino que dejaban entrar la luz de la mañana. Desde allí podía verse el jardín principal de la mansión: setos perfectamente recortados, fuentes de piedra y caminos de grava blanca que brillaban bajo el sol.
Hoy cumplía diecisiete años.
Hoy dejaba de ser solo la hija del conde.
Hoy me convertía en una dama disponible para matrimonio.
Y eso me hacía sentir… extraña.
—¿Mi padre ya despertó? —pregunté.
—Desde el alba, señorita. Ha estado supervisando todo.
Sonreí. Mi padre siempre era así. Estricto. Imponente. Pero conmigo… diferente.
Después del baño, comenzaron con el ritual interminable: cremas en la piel, aceites perfumados, el cuidado de mis manos, el cepillado paciente de mi cabello hasta que cayó como una cascada rojiza por mi espalda.
Luego trajeron el vestido.
Pesado. Blanco. Bordado en hilos de plata. El corsé tan ajustado que apenas me dejaba respirar.
—¿Es necesario que apriete tanto? —protesté.
—Debe tener una cintura digna de una dama noble —respondió otra doncella con seriedad.
—Preferiría poder respirar.
Todas rieron en voz baja.
Cuando terminaron, me miré al espejo.
Ojos celestes. Piel blanca. Cabello rojo cayendo como fuego sobre la tela clara.
No me reconocí.
—Parezco otra persona…
—Parece una condesa —corrigió Marta.
La tarde pasó entre nervios y visitas de sirvientes que corrían por los pasillos. La mansión brillaba. Candelabros encendidos. Plata pulida. Flores blancas en cada esquina.
Escuché música antes de bajar.
Mi hermano apareció en la puerta.
—Vaya… —dijo, apoyado en el marco—. Si no supiera que eres tú, pensaría que eres una princesa extranjera.
Sonreí.
—¿Estás nervioso por mí?
—Estoy nervioso por cualquier hombre que intente acercarse demasiado.
Reí.
—Eres insoportable.
—Y tú demasiado confiada.
Me ofreció el brazo.
—Vamos. Padre te espera.
El salón principal estaba lleno.
Vestidos elegantes. Uniformes militares. Joyas brillando bajo las luces. Murmullos educados. Miradas curiosas.
Mi padre estaba de pie al centro, imponente como siempre.
—Hija.
Tomé su brazo.
Sentí todas las miradas caer sobre mí.
—Respira —susurró.
—No puedo con este corsé.
Eso casi lo hizo reír.
La música se detuvo.
—Damas y caballeros —anunció mi padre—. Esta noche presento ante ustedes a mi hija, quien ha alcanzado la mayoría de edad.
Un silencio solemne.
—Lady…
—Lady Raeliana Rosenthal.
Aplausos suaves.
Reverencias.
Y entonces comenzó el baile.
Varios nobles se acercaron. Sonrisas amables. Conversaciones corteses. Elogios que no sentía sinceros.
Hasta que él apareció.
Un hombre mayor.
Elegante. Serio. Mirada oscura y observadora.
—¿Me concede esta pieza, Lady Raeliana?
Dudé.
Pero asentí.
Su mano era firme. Su postura perfecta.
—Es usted muy joven —dijo mientras bailábamos.
—Eso dicen todos esta noche.
—Pero pocos lo dicen con preocupación.
Lo miré.
—¿Y usted por qué lo dice?
—Porque sé cómo funciona este mundo.
Guardé silencio.
—Su padre la aprecia mucho —añadió.
—Lo sé.
—Eso complica las cosas.
—¿Para quién?
Él no respondió.
Solo me observó como si intentara descifrarme.
Y no me gustó la sensación.
Cuando terminó la música, hizo una reverencia impecable.
—Ha sido un honor, Lady Raeliana.
—Igualmente, mi lord.
Pero por dentro pensé:
No quiero volver a bailar con usted.
La noche terminó entre risas, música y agotamiento.
Ya en mi habitación, las doncellas luchaban por quitarme el vestido.
—Jamás había usado algo tan pesado…
—Es el precio de la elegancia, señorita.
Cuando por fin me colocaron el camisón, caí en la cama.
—¿Cree que alguien pedirá mi mano? —pregunté a Marta.
Ella sonrió.
—Después de esta noche… sería imposible que no lo hagan.
Cerré los ojos.
Y no supe por qué…
pero pensé en el hombre mayor.
Y en su mirada demasiado consciente.