"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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Animal herido
El sonido de los neumáticos derrapando sobre el cemento de la entrada principal me puso los pelos de punta. Eran las ocho de la noche. Rosa ya se había retirado a su habitación y la mansión Rossi se sentía como una catedral vacía y fría.
Supe que era él antes de que la puerta se abriera. Julián no entró; irrumpió. El estruendo de la madera golpeando la pared resonó en todo el vestíbulo.
—¡VALERIA! —su grito estaba cargado de una rabia animal, una frecuencia que nunca le había escuchado en mi vida pasada.
Me quedé de pie en lo alto de la escalera, observándolo. Julián estaba en el centro del vestíbulo, con la camisa desabrochada, el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre. Parecía un hombre que acababa de perderlo todo, y así era. Detrás de él, Mónica entró más cautelosa, pero con una mirada de triunfo: ella le había inyectado el veneno de la sospecha durante todo el trayecto.
Bajé los escalones lentamente, manteniendo una calma que por dentro era puro hielo.
—¿Julián? ¿Qué son estos gritos? Pareces un loco —dije, mi voz suave, casi condescendiente.
—¡No me vengas con esa basura! —Él subió los primeros escalones de dos en dos y me tomó del brazo con una fuerza brutal. Sus dedos se hundieron exactamente sobre la marca que Mónica me había dejado esa mañana—. Mi abogado revisó la carpeta. Los documentos que me diste... ¡son falsos, Valeria! Son pruebas prefabricadas para hundirme. ¡Alguien cambió los originales y me entregó una soga para ahorcarme!
—¿Y crees que fui yo? —pregunté, forzando una lágrima de indignación en mis ojos—. ¿Yo, que me jugué la vida entrando en tu armario mientras la policía podía llegar en cualquier momento?
—¡Mónica dice que estuviste extraña! ¡Dice que viste a Blackwood en la gala! —Julián me sacudió, su rostro a centímetros del mío. Podía oler el alcohol y el fracaso—. Dime la verdad... ¿le diste los papeles a él? ¿Me has estado engañando con mi peor enemigo?
—¡Julián, me estás lastimando! —grité, esta vez con dolor real.
En ese momento, vi un destello de movimiento por el rabillo del ojo. En el balcón del segundo piso, oculto tras las pesadas cortinas de terciopelo, vi una sombra. Era Damián. Mis sentidos se agudizaron. Sabía que él estaba allí, vigilando, con un arma probablemente lista. Pero si él intervenía ahora, mi juego doble se acababa. Tenía que detener a Julián yo misma.
—¡Mírame, Julián! —le espeté, dejando que la rabia superara al miedo—. Si quisiera destruirte, ¿por qué te daría una carpeta para que escaparas? Si fuera la aliada de Blackwood, no estaría aquí, esperándote. Estaría en su cama, riéndome de cómo pierdes tu empresa.
Le di un empujón con todas mis fuerzas, sorprendiéndolo.
—¿Mónica te dice que desconfíes de mí? —señalé a mi prima, que observaba desde abajo—. ¿La misma Mónica que maneja tus cuentas legales? ¿La que se encarga de que los documentos estén en orden? Si los papeles son falsos, Julián, pregúntale a ella quién los redactó. Quizás ella está buscando un trato con la fiscalía para salvar su propio cuello ahora que el barco se hunde.
Mónica palideció.
—¡Eso es mentira! ¡Julián, no la escuches!
—¡Ella tiene las llaves de tu oficina, Julián! ¡Ella conoce tus códigos! —continué, bajando la voz a un susurro mientras me acercaba a él—. Yo solo soy tu esposa. Yo solo sé lo que tú me dejas ver. Si alguien ha cambiado esos papeles, ha sido alguien que entiende de leyes... no alguien que solo quería salvar a su marido.
Julián vaciló. Su paranoia era un arma de doble filo y yo acababa de girar la punta hacia Mónica. Miró a su amante, luego me miró a mí. La duda empezó a devorarlo.
—Si descubro que me mientes, Valeria... —empezó a decir, pero su amenaza fue interrumpida por un sonido metálico arriba.
Julián levantó la vista hacia las cortinas del balcón.
—¿Qué ha sido eso? ¿Hay alguien arriba?
Mi corazón se detuvo. Damián se había movido. Julián sacó una pequeña pistola del bolsillo de su chaqueta. Mi vida pasada desfiló ante mis ojos: la última vez que tuvo un arma frente a mí, terminé muerta.
—No hay nadie, Julián. Son los nervios —dije, poniéndome frente a él para bloquearle la escalera—. Estás perdiendo los papeles. Si subes con un arma, llamarás la atención de los guardias que Blackwood tiene apostados en la calle. ¿Quieres que te arresten por intento de homicidio también?
—¡Quítate! —me empujó violentamente.
Caí contra la barandilla de mármol, pero antes de que él pudiera subir el primer escalón, una voz profunda y calmada rompió el aire desde la entrada principal, distrayéndolo. Era uno de los escoltas de Julián, entrando apresurado.
—¡Señor! ¡Patrullas de la policía están girando en la esquina! ¡Tenemos que salir de aquí ahora!
Julián maldijo. Miró hacia arriba, luego a mí, y finalmente a Mónica.
—Esto no ha terminado. Valeria, vendrás con nosotros al piso franco. No voy a dejarte aquí para que hables con nadie.
—No —dije, levantándome con dificultad—. Me quedaré. Si me llevas, confirmarás que soy cómplice. Si me quedo y actúo como la víctima, podré desviar la atención de la policía. Es tu única oportunidad de ganar tiempo.
Julián dudó por tres segundos que parecieron siglos. Al final, el instinto de supervivencia ganó.
—Vámonos, Mónica. Ahora.
Salieron disparados de la mansión. En cuanto escuché el motor rugir y alejarse, me derrumbé en el primer escalón, temblando incontrolablemente.
Unos pasos pesados bajaron la escalera. Damián apareció desde las sombras, guardando una pistola en la parte trasera de su pantalón. Se acercó a mí y, sin decir una palabra, me tomó de la barbilla para examinar un rasguño en mi mejilla.
—Estuviste a punto de morir, Valeria —dijo, su voz era un trueno bajo. Estaba furioso—. Si hubiera dado un paso más, le habría volado la cabeza frente a ti.
—No podías —susurré, agarrando su muñeca—. Si lo matas tú, él gana. Tiene que sufrir, Damián. Tiene que ver cómo su mundo se vuelve cenizas.
Damián me levantó del suelo con una facilidad asombrosa y me pegó a su pecho. Podía sentir los latidos de su corazón, rápidos y potentes.
—Eres la mujer más testaruda y peligrosa que he conocido —murmuró, su rostro a milímetros del mío—. Has logrado que sospeche de su amante en medio de un ataque de nervios. Pero no vuelvas a ponerte frente a una pistola por un plan. La próxima vez, no esperaré a que él se vaya.
Se inclinó y, por primera vez, sus labios rozaron mi frente en un gesto que no era de dominio, sino de una protección feroz.
—Mis hombres lo seguirán al piso franco. Julián está acabado, pero Mónica... ella ha visto algo en tus ojos, Valeria. Ella no se cree tu actuación. Ten cuidado esta noche. Dormiré en la habitación de al lado.
—¿Te quedarás? —pregunté, sorprendida.
—Si alguien va a matarte en esta casa, tendrá que pasar por encima de mi cadáver —sentenció él.
Esa noche, mientras Damián vigilaba tras la pared, yo saqué el informe de mi padre de la caja fuerte. Julián ya no sospechaba de mí tanto como de Mónica. La semilla estaba plantada. Pronto, ellos mismos se destruirían mutuamente.