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Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.

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Capítulo 20

En medio del caos, surge una nueva esperanza.

El estallido de luz que devolvió a Emara y Kellan al mundo físico no fue el final, sino un nuevo y violento comienzo. La aldea de los Alarcón ya no era el refugio de cazadores y guerreros que solía ser; era un cementerio de cenizas y lamentos. Sin embargo, en el epicentro de aquel desastre, donde el suelo aún humeaba con el calor de lo imposible, algo estaba cambiando.

Emara permanecía de rodillas, con las manos enterradas en la tierra. Sentía cada brizna de hierba que intentaba abrirse paso entre la negrura, pero también sentía el peso de las miradas sobre ella. Kellan, a su lado, respiraba con una dificultad puramente humana. No era el guerrero invulnerable que ella conoció; era un hombre que sangraba, que tiritaba ante la brisa nocturna y cuyos ojos ya no reflejaban el abismo, sino un miedo muy real a perderla de nuevo.

—¿Estás bien? —le susurró ella, su voz apenas un hilo de seda en medio del estruendo de los clanes que discutían a pocos metros.

—Siento... el peso de mis huesos, Emara —respondió Kellan, con una sonrisa trémula—. Siento el latido de mi corazón como un tambor que no deja de sonar. Es extraño. Es... maravilloso.

Pero la maravilla de su humanidad fue interrumpida por un rugido. Bartolomé Alcalá, el gigante del norte, se acercó con su hacha en mano, seguido por un grupo de guerreros de los clanes Ampuero y Borja. La muerte de Boris no había aplacado su sed de sangre; por el contrario, la traición de Tibor los había dejado con una necesidad desesperada de encontrar un chivo expiatorio.

—¡Míralos! —gritó Bartolomé, señalando a la pareja—. ¡Él es la razón por la que nuestras tierras están malditas! ¡Ella es la bruja que abrió el portal! No importa si el Rey de las Sombras se ha ido; mientras ellos respiren, Eloria nunca estará a salvo.

—¡Basta, Bartolomé! —intervino Arturo, el anciano de los Alarcón, interponiéndose entre los líderes y los jóvenes—. Has visto el sacrificio de Tibor. Has visto a Emara salvar a tu propia gente en el salón. ¿Es que el odio te ha dejado más ciego que las sombras?

—Vimos a un traidor morir por sus pecados —escupió Erika Amador, aunque sus ojos mostraban una duda que no quería admitir—. Y ahora vemos a una loba que se abraza a un demonio. ¿Qué seguridad tenemos de que no son ellos el nuevo nexo?

Emara se levantó lentamente. El poder que aún vibraba en ella no era el fuego destructivo del Aethelgard, sino una luz suave, casi maternal. Miró a su alrededor. Vio a Amanda, la madre de Sergio, abrazando el hacha de su hijo; vio a Claudio, herido y cansado; vio a los niños que asomaban sus rostros aterrorizados desde las cabañas que aún quedaban en pie.

—Tenéis razón en tener miedo —dijo Emara, y su voz, aunque suave, cortó el aire como una campana de plata—. El miedo es lo que nos ha traído hasta aquí. El miedo hizo que mi padre vendiera a la Vidente. El miedo hizo que vuestros clanes se mataran entre sí por un trozo de tierra mientras el verdadero enemigo crecía bajo nuestros pies.

Dio un paso hacia adelante, ignorando el acero de las espadas que se alzaban hacia ella.

—Pero mirad la luna —señaló el cielo—. No es la luna de sangre del Abismo. Es nuestra luna. La luz que nos guía en la caza, la que nos dice quiénes somos. Kellan ya no es un demonio. Ha dado su eternidad por este mundo. ¿Y vosotros? ¿Qué estáis dispuestos a dar, además de más odio?

En ese momento de tensión insoportable, una figura emergió de las sombras del bosque. No era una bestia, sino un grupo de personas. Eran los mestizos, los supervivientes del Clan de la Niebla que Kellan había protegido en secreto durante años. Liderados por Arilsa, se acercaron con cautela.

Los hombres lobo se tensaron, pero Arilsa levantó sus manos, que ya no brillaban con oscuridad, sino con una pálida luz de esperanza.

—Eloria no pertenece solo a los lobos, ni solo a los hombres —dijo Arilsa—. Pertenece a la vida. Mis hijos, los que llamáis engendros, han luchado en las sombras para que vuestros hijos pudieran dormir. Si hoy estamos aquí, es porque la sangre de todas las razas se ha mezclado en este suelo.

La unión de las razas puede ser la clave para la victoria.

Un silencio pesado cayó sobre el claro. Bartolomé miró a uno de los mestizos, un joven con rasgos humanos pero ojos que brillaban con una intensidad feérica. El joven se acercó a un guerrero Alcalá que sangraba profusamente de una pierna y, sin decir palabra, puso sus manos sobre la herida. Una energía verde y vibrante comenzó a cerrar la carne desgarrada.

El guerrero Alcalá, sorprendido, bajó su espada. Bartolomé gruñó, pero no atacó.

—La batalla no ha terminado —continuó Emara, acercándose a los líderes—. Los fragmentos del Rey de las Sombras siguen ahí fuera, en el bosque, en las montañas. Son como un veneno que infectará la tierra si no lo purgamos. Ningún clan puede hacerlo solo. Ni siquiera los Alarcón.

—¿Y qué propones, Vidente? —preguntó Erika Amador, usando el título por primera vez sin rastro de burla.

—Un pacto —respondió Emara—. No un pacto de sangre y sombras como el de mi padre. Un pacto de luz y tierra. Formaremos un consejo. Cada clan tendrá voz. Los mestizos tendrán voz. Kellan y yo seremos los guardianes de ese equilibrio, pero la fuerza vendrá de nuestra unión.

Kellan se puso en pie, apoyándose en el hombro de Emara. Aunque estaba débil, su presencia seguía siendo imponente.

—Mis hermanos del Abismo, aquellos que no se rindieron al Rey, están listos para ayudar a reconstruir. Conocen los secretos de la tierra que vosotros habéis olvidado. Podemos sanar los ríos. Podemos hacer que los bosques vuelvan a ser sagrados.

Bartolomé Alcalá guardó su hacha con un movimiento brusco.

—Si intentas traicionarnos, demonio... humano... lo que seas, yo mismo te arrancaré el corazón. Pero mis tierras se mueren. Mis cachorros tienen hambre. Si vuestra "luz" puede cambiar eso, me quedaré.

Uno a uno, los líderes de los clanes bajaron sus armas. Fue un acto de rendición mutua, una capitulación ante la realidad de que el viejo mundo se había ido para siempre.

Esa noche, por primera vez en siglos, se encendió una gran hoguera en el centro de la aldea Alarcón. Pero no era una hoguera de guerra, sino de comunión. Los lobos compartieron comida con los mestizos; Arilsa enseñó a los ancianos canciones de curación que habían estado perdidas durante generaciones.

Emara y Kellan se sentaron apartados, observando la escena. Ella apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo el calor real de su piel.

—Lo hemos logrado —susurró ella.

—Hemos empezado —corrigió él, entrelazando sus dedos con los de ella—. Construir la paz es mucho más difícil que ganar una guerra, Emara. Pero contigo... creo que incluso la mortalidad parece un regalo que vale la pena proteger.

En medio del caos y la pérdida, una luz nueva había nacido. No era una luz cegadora que borraba las sombras, sino una que aprendía a vivir con ellas, recordándoles a todos que incluso en la noche más profunda, el amanecer es inevitable.

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