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Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7: El Precio del Refugio

La casa olía a madera húmeda y a sopa de verduras. Era un olor doméstico, cálido, tan fuera de lugar en medio de la persecución que Kaeil sintió un nudo en la garganta. La mujer joven —Elena, se llamaba Elena, como la madre de Mateo— les había ofrecido asiento en una mesa de cocina desvencijada mientras el niño, un pequeño de unos tres años, los miraba con ojos grandes desde el regazo de su madre.

Mateo no se sentó. Se quedó de pie junto a la puerta, el hacha aún en la mano, la mirada recorriéndolos como si pudiera detectar mentiras en cada gesto.

—Enseñádmelo —dijo—. Los archivos.

Kaeil sacó el portátil de la mochila, lo encendió y navegó hasta la carpeta. Giró la pantalla para que Mateo pudiera ver. Este se acercó lentamente, sin soltar el hacha, y comenzó a ojear los documentos.

Kaeil observó su rostro mientras leía. Primero las órdenes, con la firma de Crawford. Luego las fotografías de vigilancia de su familia. Luego las imágenes del después. Cuando llegó a la foto de su madre, cubierta con una manta, Mateo cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, estaban enrojecidos, pero no cayó ninguna lágrima.

—Llevo nueve años esperando esto —dijo, y su voz era un hilo de odio contenido—. Nueve años soñando con tener algo así. Algo que demostrara que no éramos terroristas. Que mi padre no era un espía. Que éramos solo una familia.

—Lo sé —dijo Kaeil—. Lo siento mucho.

—No lo sientas. No fue culpa tuya. —Mateo levantó la vista del portátil y miró a Jessica, que seguía junto a la ventana, vigilando—. Tú eres militar, ¿verdad?

—Lo fui —respondió ella sin volverse.

—Estuviste allí. En Siria. En alguna de esas operaciones.

—Sí.

—¿Mataste a gente como mi familia?

Jessica se volvió entonces. Su rostro era una máscara, pero sus ojos delataban algo que Kaeil no había visto antes: culpa.

—No lo sé —respondió con sinceridad—. Puede que sí. Puede que no. En mi trabajo no siempre sabes quién está al otro lado de la bala. Solo sabes que tienes que disparar.

Mateo la miró fijamente. Luego asintió, como si hubiera encontrado lo que buscaba.

—Al menos eres honesta. Eso es más de lo que esperaba.

La mujer, Elena, habló por primera vez. Su voz era suave, con un marcado acento centroamericano.

—Mateo, si estos han venido hasta aquí, es porque confían en que podemos ayudar. Y si tienen esos papeles...

—Lo sé —la cortó Mateo, pero su tono se suavizó al mirarla—. Lo sé, mi amor. Pero no puedo permitirme confiar. No después de todo.

—No te pedimos que confíes —terció Kaeil—. Solo que nos escuches. Tenemos un plan. Un periodista amigo puede publicar la historia. Tu testimonio, junto con los archivos, sería suficiente para hundir a Crawford. Para siempre.

—¿Y después? —preguntó Mateo—. Después de publicar, ¿qué? ¿Dónde voy a vivir? ¿Dónde voy a criar a mi hijo? ¿Escondido para siempre?

—Podríamos conseguir protección. Cambio de identidad. Un país que no extradite.

—¿Como qué país? ¿Venezuela? ¿Rusia? No quiero vivir así. No quiero que mi hijo viva así.

El niño, ajeno a la conversación, jugaba con una cuchara de madera sobre la mesa. Hacía ruiditos, contento, ignorante del infierno que se cernía sobre ellos.

Jessica se tensó de repente.

—Silencio —ordenó en un susurro.

Todos se quedaron quietos. Kaeil contuvo la respiración. Y entonces lo oyó: el ruido de motores. Varios. Acercándose.

—¿Tienes coche? —preguntó Jessica a Mateo.

—Una camioneta. Detrás de la casa.

—¿Llaves?

—En la entrada.

Jessica se movió como un rayo. Agarró la mochila, se la colgó al hombro, y señaló a Elena.

—Tú, con el niño. Tú —a Mateo—, las llaves. Ahora. Rápido.

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo, aunque ya lo sabía.

—Han venido a por nosotros. Y si nos encuentran aquí, a por vosotros también. ¿Quieres que tu hijo vea cómo matan a sus padres?

Esa fue suficiente motivación. Mateo agarró las llaves de un clavo en la pared, Elena cogió al niño en brazos, y todos salieron por la puerta trasera en el momento en que los primeros disparos resonaban en la fachada.

—¡Corred! —gritó Jessica, cubriéndolos con su cuerpo mientras disparaba hacia la esquina de la casa.

Kaeil vio cómo los impactos levantaban astillas de madera a su alrededor. Vio a Mateo correr hacia una camioneta destartalada, a Elena meter al niño en el asiento trasero, a Jessica retroceder paso a paso sin dejar de disparar.

—¡Kaeil, al coche! —le gritó ella.

Corrió. Sus piernas parecían de plomo, pero corrió. Alcanzó la camioneta justo cuando Mateo arrancaba. Saltó a la parte trasera, abrió la puerta y tendió la mano.

—¡Jessica!

Ella llegó en tres zancadas, disparando por encima del hombro. Agarró la mano de Kaeil y se lanzó al interior mientras Mateo pisaba el acelerador. La camioneta dio un bandazo, levantando tierra, y salió disparada camino abajo.

Los disparos seguían. Kaeil oyó el impacto de balas en la chapa, el cristal trasero haciéndose añicos. Se agachó, cubriendo su cabeza con los brazos, mientras Jessica, ya dentro, se incorporaba y respondía al fuego por la ventana rota.

—¡Más rápido! —gritó—. ¡Van a alcanzarnos!

Mateo no necesitó que se lo dijeran. La camioneta volaba por el camino de tierra, saltando en los baches, mientras detrás, dos todoterrenos negros ganaban terreno.

—¡No vamos a conseguirlo! —gritó Elena desde el asiento delantero, apretando al niño contra su pecho.

—Sí vamos —dijo Jessica, y sacó algo de su bolsillo. Una granada.

—¿Qué haces? —preguntó Kaeil, horrorizado.

—Lo que haya que hacer.

Asomó medio cuerpo por la ventana, calculó la distancia, y lanzó. La granada describió un arco perfecto y cayó justo delante del primer todoterreno.

La explosión sacudió el aire. El vehículo volcó, envuelto en llamas, y el segundo tuvo que desviarse bruscamente para esquivarlo, perdiendo preciosos segundos.

—¡Ahora! —gritó Jessica—. ¡Métete en el bosque!

Mateo giró el volante y la camioneta se internó entre los árboles, las ramas azotando la carrocería, los troncos crujiendo al paso. Kaeil se aferró a lo que pudo, sintiendo que iban a estrellarse en cualquier momento.

Pero Mateo sabía conducir. Había aprendido a huir, como tantas otras cosas, a base de necesidad. La camioneta zigzagueó entre los pinos hasta salir a una carretera secundaria, y entonces pisó a fondo.

—¿Crees que nos siguen? —preguntó Kaeil, jadeando.

—No —respondió Jessica, observando por la ventana trasera—. Han perdido demasiado tiempo. Pero volverán. Y la próxima vez vendrán con más.

Se miraron. Kaeil estaba pálido, tembloroso. Jessica tenía un corte en la mejilla, sangre mezclada con sudor. En el asiento delantero, Elena sollozaba en silencio, acunando al niño, que por fin había empezado a llorar.

Mateo condujo durante horas. Sin hablar, sin mirar atrás. Solo conducía, alejándose del lago, de la casa, de la vida que había construido con tanto esfuerzo.

Cuando por fin se detuvo, era de noche. Habían llegado a un pueblo pequeño, perdido en algún lugar de Virginia Occidental. Una gasolinera cerrada, unas cuantas casas oscuras, y al fondo, un motel de carretera con las mismas luces de neón parpadeantes que tantos otros.

—No podemos seguir así —dijo Mateo, apagando el motor—. Necesitamos un plan. Un plan de verdad.

Entraron en la habitación del motel —dos camas, un baño minúsculo, olor a humedad— y se sentaron en silencio. El niño, agotado, se había dormido en brazos de su madre. Elena lo acostó en una de las camas y se sentó junto a él, acariciándole el pelo.

—No voy a rendirme —dijo Mateo de repente—. No después de todo esto. Si Crawford quiere matarme, que venga. Pero antes voy a hacer que el mundo entero sepa lo que hizo.

—Así me gusta —dijo Jessica, y por primera vez en horas, esbozó una sonrisa—. Ahora, hablemos de cómo vamos a hacerlo.

Kaeil abrió el portátil. La batería estaba casi agotada, pero aún quedaba suficiente.

—El periodista —dijo—. Se llama David Kane. Trabaja para The Intercept. Es de fiar. Podemos contactarlo desde un servidor seguro.

—¿Y cómo llegamos hasta él? —preguntó Mateo.

—Tendremos que ir a Nueva York. Allí tiene su oficina.

—¿Nueva York? —Jessica negó con la cabeza—. Demasiado peligroso. Demasiada gente, demasiados controles. Nos detectarán antes de entrar.

—¿Entonces?

—Tendrá que venir él.

Kaeil dudó.

—¿Y si no quiere?

—Le ofreceremos algo que no podrá rechazar. La primicia del siglo.

Mateo asintió lentamente.

—Hagámoslo —dijo—. Contacta a tu periodista. Dile que nos reunamos en un lugar neutral. Y que traiga a alguien de confianza. Vamos a necesitar toda la ayuda posible.

Kaeil se puso a teclear. Jessica se levantó y fue a la ventana, a vigilar. Mateo se sentó junto a Elena y le tomó la mano.

—Lo siento —le susurró—. Siento haberte metido en esto.

—No lo sientas —respondió ella, con una sonrisa triste—. Sabía quién eras cuando te conocí. Sabía lo que podía pasar. Y aun así te elegí. Y volvería a hacerlo.

Mateo la besó en la frente. Luego miró a Kaeil, a Jessica, a la noche que se extendía más allá de la ventana.

—Vamos a ganar —dijo en voz baja—. Vamos a ganar por ellos. Por mi madre, por mi padre, por mi hermana. Y por todos los que no tuvieron voz.

En la otra cama, el niño se movió en sueños, murmurando algo ininteligible.

Kaeil siguió tecleando. El mensaje cifrado viajó a través de servidores en tres continentes hasta llegar a su destino. En algún lugar de Brooklyn, un periodista recibió una notificación en su móvil, leyó el mensaje, y sonrió.

La partida final estaba a punto de comenzar.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
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