Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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PRÓLOGO: Lo último que vi fue a un pelirrojo sonriendo.
🔥✨ BIENVENIDAS A MI NUEVA NOVELA ✨🔥
Mis lectoras hermosas 😘
Hoy comienza una historia oscura, intensa y adictiva… una de esas que te atrapan desde el primer capítulo y no te sueltan 😈📖
Les presento: “Reencarné en una gordita en venta” 💥
Morir traicionado fue solo el inicio…
Vincent Moretti, un depredador de las calles de Nueva York, despierta en un mundo que no entiende… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada y vendida por su propia familia como si fuera mercancía.
Pero cometieron un error fatal.
Bajo ese cuerpo que todos subestiman, late el alma de un criminal que no sabe rendirse ni ser víctima.
Ahora deberá sobrevivir en un mundo moderno lleno de enemigos, traiciones y deseo… mientras cobra cada deuda que dejaron pendiente.
Prepárense para:
🔥 Mafias y conspiraciones
💔 Traiciones que duelen
😈 Venganza sin piedad
❤️ Un romance peligroso y explosivo
Las invito a empezar esta nueva aventura conmigo y a contarme en los comentarios qué les parece esta protagonista tan diferente 💬✨
Gracias por estar siempre apoyando mis historias 💕
— CINVAN 💋
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Vincent Moretti no le tenía miedo a la muerte.
Le tenía miedo a morir como un pendejo.
Y eso —precisamente eso— fue lo que pasó.
Pero vamos por partes. Porque una buena muerte necesita contexto, y la suya fue tan estúpida que merece al menos una explicación.
Vincent nació en el Lower East Side de Nueva York en 1894. Hijo de italianos, huérfano a los doce, criminal a los trece. No fue una tragedia romántica ni una historia de redención. Fue matemática: si no comes, robas. Si robas, alguien te va a intentar parar. Si alguien te intenta parar, le rompes la cara. Simple.
A los diecisiete mató por primera vez. Un tipo que le debía dinero a Don Alessio Ferrante y que creyó que esconderse en un sótano de Brooklyn era buena idea. Vincent lo encontró jugando cartas, le puso el revólver en la nuca y apretó. No sintió nada. Ni remordimiento, ni placer, ni esas ganas de vomitar que dicen que te dan. Fue como cerrar una puerta que alguien dejó abierta.
Para 1920, cuando la Ley Seca convirtió al alcohol en el mejor negocio del mundo, Vincent ya era teniente de los Ferrante. Controlaba rutas de contrabando, almacenes clandestinos y una red de speakeasies que servía a media Manhattan. Tenía veintiséis años, una cicatriz en la ceja izquierda y una reputación que hacía que los hombres cruzaran la calle cuando lo veían venir.
Su regla era una sola y la decía en voz alta:
"Yo nunca miento sobre lo que voy a hacerte."
Si te decía que te iba a matar, te mataba. Si te decía que estábamos bien, estábamos bien. La gente lo respetaba por eso. O le temía. En su mundo, era lo mismo.
Y luego estaba Tommy.
Tommy Gallagher. Irlandés. Pelirrojo. Con una sonrisa que podía venderle arena al desierto y una capacidad para caer bien que rozaba lo sobrenatural. Era todo lo que Vincent no era: ruidoso, simpático, el alma de cada fiesta. Vincent planificaba los golpes; Tommy convencía a la gente de participar. Vincent era el martillo; Tommy, el aceite.
Tres años trabajaron juntos. Tres años de whisky compartido, balaceras, huidas y ese tipo de lealtad que solo se forja cuando alguien te salva la vida y tú le salvas la suya.
Vincent cometió el único error que un criminal no puede cometer.
Confió.
No en Tommy como persona —no era tan imbécil—, sino en el patrón. Tres años limpio. Las cuentas siempre cuadraban. Las promesas siempre se cumplían. Si Tommy iba a traicionarlo, ya lo habría hecho.
Error.
La noche del 15 de octubre de 1928, Tommy le habló de un cargamento rival. Whisky irlandés cruzando el puente de Brooklyn. El dato era real. La trampa también.
Llegaron al punto de encuentro: un almacén abandonado bajo el puente. Aire frío, olor a río podrido, oscuridad. Todo parecía normal. Dos de sus hombres esperaban adentro. El camión llegó. Abrieron la parte trasera.
Las cajas estaban vacías.
El estómago de Vincent se congeló. No por miedo. Por comprensión. En una fracción de segundo, todo lo que su instinto le había gritado durante semanas y que su confianza en Tommy había callado —las llamadas en privado, las reuniones sin explicar, esa sonrisa nueva que no era de alegría sino de nervios— le explotó en la cara como una bofetada.
Se giró.
Tommy estaba en la puerta. A diez metros. Con una cara que Vincent no le conocía: no era triunfo, no era odio. Era alivio. El alivio de un hombre que sabe que la parte difícil ya pasó.
—Lo siento, Vince —dijo.
Y por primera vez en su vida, Vincent le creyó.
Los disparos vinieron de arriba. Desde las vigas, donde los tiradores llevaban horas esperando como arañas pacientes. La primera bala le reventó el hombro derecho. La segunda le perforó el costado. Escuchó a Paulie caer a su lado con un ruido húmedo. Marco alcanzó a disparar dos veces antes de que le atravesaran la garganta.
Vincent levantó el revólver con la mano izquierda. Disparó tres veces. Falló las tres. La izquierda nunca fue buena.
La tercera bala le dio en el pecho. La cuarta en el abdomen. La quinta en algún lugar que ya no importaba porque el dolor había dejado de ser dolor y se había convertido en algo frío y lejano, como si el cuerpo ya no fuera suyo.
Cayó de espaldas. La sangre se extendió debajo de él como una sombra que crecía en la dirección equivocada. Miró hacia arriba. El techo roto del almacén. La noche. Una estrella que probablemente no era una estrella sino un avión.
Tommy ya no estaba.
Por supuesto que no estaba. Tommy siempre supo cuándo irse.
Maldito hijo de puta pelirrojo.
Fue lo último que pensó.
Después, nada.
Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.
El viejo Reencarno!