Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 21: El eco de la sangre
La luz de la mañana en la mansión Smirnov tenía un brillo distinto. Las palabras de Elena seguían martilleando en mi cabeza como un eco constante: "No dejes que tu orgullo lo prive de ese amor". Pasé la noche mirando a Eithan dormir, analizando cada facción de su rostro y dándome cuenta de que, efectivamente, el dolor era mío. La traición era mía. El abandono era mío. Pero Eithan... él era una hoja en blanco que merecía ser escrita con algo más que mis miedos y mis rencores.
Bajamos al salón principal donde Damián ya tenía todo preparado. Había una pantalla inmensa configurada para la videollamada. Él estaba de pie a un costado, vestido con una camisa negra impecable, pero con unas ojeras que delataban que no había pegado el ojo en toda la noche. Me miró con una cautela casi dolorosa, esperando mi permiso para respirar.
—Todo está listo, Alessandra —dijo con la voz ronca—. Mi hermano Mijaíl y Katia están esperando. Sus hijos también.
Asentí en silencio y senté a Eithan en el enorme sofá de cuero. El niño miraba la pantalla con curiosidad, abrazando al oso Mishka que Damián le había dado la noche anterior.
—Acordate lo que hablamos, Damián —le advertí en un susurro—. Vos en el rincón. No asustes al nene.
Él asintió, tragando saliva, y presionó un botón. De repente, la pantalla se llenó de vida. El fondo mostraba un viñedo bañado por el sol italiano, un paisaje que me trajo recuerdos agridulces de mi propia vida allá. En la imagen aparecieron un hombre robusto con la misma mandíbula cuadrada de Damián y una mujer rubia de sonrisa vibrante. A su lado, dos niños pequeños saltaban de emoción.
—¡Ciao! ¡Eithan! —gritaron los niños desde Italia.
Eithan dio un salto en el sofá, pero no de miedo, sino de sorpresa. Sus ojos se abrieron como platos al ver a otros niños que se parecían un poco a él.
—¿Quiénes son, mami? —preguntó, volviéndose hacia mí con una chispa de interés que nunca le había visto frente a un extraño.
—Son tus primos, mi amor. Leo y Sasha. Y ellos son tus tíos —le expliqué, sintiendo cómo se me anudaba la garganta.
La siguiente hora fue una revelación que me partió el alma en mil pedazos. Vi a mi hijo reír como nunca lo había hecho. Mijaíl le mostraba un pony desde el establo, prometiéndole que lo montaría muy pronto. Katia le hablaba con una dulzura que traspasaba la pantalla, llamándolo "pequeño príncipe". Los niños hacían muecas y le mostraban sus juguetes, y Eithan, mi pequeño Eithan que siempre había sido tan reservado en Nueva York, empezó a hablarles, a mostrarles su camión de bomberos y a reír a carcajadas.
Nunca lo había visto así. Ni una sola vez en dos años. En Nueva York siempre estábamos alerta, siempre éramos solo nosotros dos contra el mundo. Allí, en ese momento, Eithan no era el hijo de una mujer que escapaba; era un niño que descubría que pertenecía a algo más grande.
Recapacité. Elena tenía razón. Por más que yo trabajara tres turnos, por más que le diera todo mi amor, yo no podía darle esto. No podía darle esa sensación de clan, de raíces, de saber que hay otros seres en el mundo con su misma risa y su misma sangre. Mi dolor contra Damián era real, era una herida abierta, pero no podía ser el muro que impidiera que mi hijo fuera feliz.
"Cuando sea grande le contaré la verdad", pensé mientras lo veía interactuar. "Él decidirá si lo perdona o no. Pero ahora, no tengo derecho a quitarle esto".
Me giré para ver a Damián. Estaba apoyado contra la pared, en la penumbra del rincón que le asigné. Su rostro era una máscara de agonía. Ver a su hijo feliz con sus hermanos, pero verlo retroceder cada vez que él intentaba decir una palabra, lo estaba matando. Era un castigo mucho más efectivo que cualquier bala. Estaba sufriendo como yo sufrí, viendo desde afuera una felicidad de la que él mismo se había excluido.
Cuando la llamada terminó y la pantalla se apagó, Eithan se quedó mirando el negro del monitor por un segundo, con una sonrisa que todavía le iluminaba la cara.
—¿Son mi familia, mami? ¿De verdad? —me preguntó, emocionado.
—Sí, amor. Son tu familia —le respondí, acariciándole el cabello.
Damián dio un paso al frente, tratando de aprovechar el buen humor del niño.
—Eithan... ¿te gustaría ir a ver ese pony algún día? Yo puedo llevarte...
Eithan lo miró. La sonrisa desapareció de inmediato, reemplazada por esa desconfianza innata. Se abrazó a mi pierna y miró a Damián con recelo.
—No. Con el señor malo no. Con mami y con la abuela —sentenció el nene.
Damián cerró los ojos, y juraría que lo vi tambalearse. Fue un golpe directo al corazón. Se le iba a hacer cuesta arriba. Se iba a tener que ganar cada centímetro de afecto, y le iba a costar sangre, porque el niño lo veía como el intruso, como el "hombre malo" que interrumpía nuestra paz.
—Damián, andate un momento. Necesito hablar con Elena —le dije, sin mirarlo.
Él no discutió. Salió del salón con los hombros caídos, arrastrando los pies como si llevara el peso de todo el mundo encima. Elena, que había estado observando todo desde la entrada, se acercó a mí cuando él se fue.
—Viste su cara, ¿no? —murmuró Elena, sentándose a mi lado—. Está destrozado.
—Lo sé. Y no me da lástima —respondí con firmeza, aunque por dentro me sentía exhausta—. Recapacité sobre lo que dijiste, Elena. Tenés razón con Eithan. No voy a prohibirle que conozca a su familia. Pero Damián... Damián tiene que entender que el perdón no viene con el paquete. Él va a tener que trabajar diez veces más que cualquier otro para que este nene deje de llamarlo "señor malo".
—Lo hará —aseguró Elena—. Está desesperado por una migaja de afecto de ese niño.
—Que se desespere. Yo pasé tres años desesperada por saber si iba a poder darle un futuro. Que él sienta ahora lo que es querer algo con toda el alma y no poder tenerlo por sus propios errores.
Esa tarde, la mansión se sentía distinta. Había una tregua armada. Dejé que Eithan jugara en el jardín bajo la supervisión de los guardias y de Elena. Yo me quedé en el porche, mirando el horizonte. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la urgencia de correr. El dolor seguía ahí, la rabia contra Damián seguía quemándome, pero al ver a Eithan correr por el césped con el oso Mishka, entendí que mi guerra personal no podía destruir la infancia de mi hijo.
Damián apareció a unos metros, sin acercarse demasiado. Llevaba una pelota en la mano, mirándola como si fuera un artefacto explosivo. Quería jugar, quería ser parte, pero el miedo al rechazo lo mantenía paralizado.
—Alessandra... —llamó suavemente.
—No me digas nada, Damián. Ya viste cómo son las cosas. Él no te quiere cerca. Y yo tampoco —le dije, manteniendo mi perfil de acero—. Pero voy a dejar que nos quedemos un tiempo. No por vos, sino por ellos —señalé hacia Italia, metafóricamente—. Porque mi hijo merece saber que no está solo en este mundo.
Damián bajó la cabeza, apretando la pelota entre sus manos.
—Es más de lo que merezco. Gracias.
—No me des las gracias —le respondí, levantándome—. Empezá a pensar cómo vas a explicarle la verdad cuando crezca. Porque yo no voy a mentir por vos. Cada lágrima que derramé va a ser contada. Así que más vale que el hombre en el que te conviertas ahora sea lo suficientemente bueno como para que él decida perdonarte después.
Entré a la casa dejando a Damián solo en el porche, bajo el sol que empezaba a caer. Sabía que él se quedaría allí, mirando a Eithan desde las sombras, sufriendo por cada risa que no era para él, pagando con creces el precio de su maldito orgullo.
La guerra con mi padre todavía estaba afuera, pero la batalla por el alma de mi hijo la estaba ganando yo, paso a paso, obligando al diablo a aprender lo que significa, verdaderamente, ser un hombre.