Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 12
La puerta no estaba cerrada. Un error del anfitrión o una invitación al matadero. No me detuve a pensarlo. Bajé por una escalera de caracol de hierro fundido que chirriaba con cada uno de mis pasos, amplificando el latido de mi corazón hasta que me zumbaban los oídos. Al llegar abajo, el olor cambió drásticamente. Ya no era perfume de lujo ni aire acondicionado; olía a ozono y a metal caliente.
Era un pasillo técnico, lleno de cables de fibra óptica que corrían por el techo como venas transparentes. Seguí el rastro de la luz azulada de los servidores hasta una sala acristalada. Me asomé con cautela.
Dentro, decenas de monitores mostraban cada rincón de la isla. Vi a Marcus, ovillado en el suelo de su cocina; vi a Lucía, sentada en la cama de su suite con un cuchillo de cocina en la mano; y me vi a mí misma, en la grabación de hace unos minutos, hablando con Marcus en el salón. Pero no solo había cámaras. Había datos. Gráficos de pulso cardiaco, niveles de cortisol, mapas de calor de nuestras pupilas.
Nos estaban monitorizando como a ratas en un laberinto.
Me acerqué a la consola principal, con las manos sudorosas. En una de las pantallas centrales, había una carpeta con mi nombre: "SUJETO 01 - ELENA". Respiré hondo y pulsé el teclado.
La pantalla se llenó de documentos médicos, fotos de mi infancia y, al final, un archivo titulado "EL ACCIDENTE - VERDADERA CAUSA". Antes de que pudiera hacer clic, una mano fría y enguantada se posó sobre mi hombro. El grito se me quedó atascado en la garganta mientras me giraba violentamente, esperando encontrar la cara desfigurada del verdugo.
—No deberías estar aquí, Elena —dijo una voz suave, demasiado humana para ser la del holograma—. La curiosidad es el primer paso hacia la eliminación.
Era uno de los empleados del servicio, un hombre de rostro inexpresivo que siempre nos servía el vino con una reverencia perfecta. Pero ahora, bajo la luz de los servidores, sus ojos brillaban con una inteligencia técnica que me heló la sangre.
—¿Quiénes sois? —logré articular, retrocediendo hasta chocar con la consola—. ¿Qué es este lugar? Esto no es una isla privada, es una...
—Es un juicio —me interrumpió él, sin elevar la voz—. Y tú eres la pieza clave, Elena. El anfitrión te tiene un respeto especial. Eres la única que no ha intentado sobornarnos, la única que mantiene la cabeza fría mientras los demás se desmoronan. Pero incluso el acero más duro se quiebra bajo la presión adecuada.
Sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, algo parecido a un mando a distancia, y lo apuntó hacia los monitores. Todas las pantallas de la sala cambiaron al mismo tiempo. Ya no estábamos nosotros. Era una imagen de una ciudad, a plena luz del día. Una calle concurrida, gente caminando con prisa, coches pasando.
—Mira bien —susurró el empleado—. ¿Ves a esa mujer de la chaqueta verde?
Me acerqué a la pantalla. La mujer se detuvo en un semáforo. Tenía el pelo castaño, igual que el mío, y una forma de caminar que me resultó familiar de un modo aterrador. Se giró para mirar un escaparate y mi corazón se detuvo.
Era yo. O alguien que era mi viva imagen. Pero yo estaba aquí, atrapada en una isla perdida en el océano.
—¿Cómo es posible? —pregunté, sintiendo que la realidad se deshacía bajo mis pies—. ¿Es una grabación vieja?
—Es directo, Elena. Hace exactamente diez segundos —el hombre sonrió por primera vez, una mueca que no llegó a sus ojos—. Nadie te está buscando porque Elena sigue viviendo su vida en la ciudad. Sigue yendo a la oficina, sigue pagando sus facturas. Lo que hay en esta isla... lo que sois vosotros... es algo que el mundo exterior ya ha decidido ignorar. Oficialmente, para vuestros seres queridos, para la ley y para el tiempo, estáis muertos desde hace mucho.
Me tambaleé, agarrándome a la mesa para no caer. La sensación de irrealidad era tan fuerte que empecé a hiperventilar. Si yo estaba allí fuera, ¿qué era yo aquí? ¿Un desecho? ¿Un experimento de memoria?
—Vuelve arriba —dijo el hombre, abriendo la puerta del sótano—. El capítulo de hoy aún no ha terminado. Y recuerda: el anfitrión no quiere tu muerte, quiere tu reconocimiento. Quiere que admitas que la Elena de la ciudad es la mentira, y que la Elena de esta isla es la única que merece el castigo.
Subí las escaleras de caracol como si mis piernas pesaran toneladas. El mundo que conocía se había evaporado. Ya no importaba el dinero, ni la carrera, ni siquiera el accidente de hace diez años. Lo que importaba era la grieta que acababa de abrirse en mi propia identidad.
Llegué a mi habitación y me encerré. El reloj de arena negro estaba casi vacío. Quedaban apenas unos granos de arena cayendo hacia el fondo de cristal. Me senté frente a él, observando cómo el tiempo se agotaba, sintiendo que cada segundo me alejaba más de la persona que creía ser.
Me miré las manos. ¿Eran reales? ¿O eran solo proyecciones de una culpa tan grande que había necesitado crear una prisión física para contenerla?
Un golpe seco en la puerta me sacó de mi trance. No era el servicio. Era un golpe rítmico, pesado, como si alguien estuviera usando algo contundente.
—¡Elena! ¡Abre la maldita puerta! —era la voz de Marcus, pero sonaba distinta, distorsionada por el pánico—. ¡Ha pasado algo en el sótano! ¡Lucía... Lucía ha encontrado algo y no para de gritar!
Me levanté y caminé hacia la puerta, pero antes de poner la mano en el pomo, la pantalla de televisión de mi habitación se encendió sola. No había imágenes, solo una frase escrita en blanco sobre un fondo negro profundo.
Sentí un escalofrío que me dejó petrificada. Afuera, los gritos de Lucía empezaron a filtrarse por las paredes, mezclándose con la melodía de Chopin que seguía sonando, ahora más fuerte, inundando la mansión como una marea imparable. El aislamiento había terminado. Las grietas eran ya demasiado grandes para ser reparadas.
Abrí la puerta y el aire del pasillo me golpeó con la fuerza de un huracán. No era viento, era el sonido de la realidad rompiéndose a nuestro alrededor. Miré a Marcus, que tenía la camisa manchada de algo oscuro que no quería identificar, y supe que a partir de este momento, ya no habría cenas de gala ni champán frío. Solo quedaba el juicio. Y el verdugo estaba a punto de entrar en la sala.