⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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Miró por última vez el mar turquesa
La isla era todo lo que Tayler había imaginado en sus pesadillas de hielo. El aire era denso, cargado de salitre y del aroma dulce de las frutas en descomposición y las flores exóticas. Aquí, el sol no pedía permiso, caía sobre la piel con una violencia dorada que, poco a poco, comenzó a pelar la palidez cadavérica que que el omega había arrastrado durante ocho años.
Con los pocos billetes que le quedaban, rentó una pequeña habitación encima de una tienda de artículos de pesca. Era un lugar humilde, con paredes descascaradas y un ventilador de techo que chirriaba, pero era suyo. Por primera vez, la llave de la puerta estaba del lado de adentro.
La suerte, o lo que él creía que era suerte, le sonrió en el mercado local. Lizi, una Beta de piel curtida por el sol y manos llenas de anillos de plata, lo vio mirando con hambre un puesto de mangos. Ella, con esa intuición de abuela que traspasa las barreras de las castas, vio en Tayler no a un omega de alta sociedad, sino a un pájaro herido que intentaba recordar cómo volar.
-Tienes manos delicadas, pero ojos de alguien que sabe aguantar el dolor- le dijo ella, ofreciéndole un trozo de fruta. -Mi nieto es el chef del Ciel Bleu. Necesitan a alguien para la repostería que sea meticuloso. Que no hable mucho.-
Tayler consiguió el empleo. El restaurante tenía tres estrellas y una vista infinita al mar turquesa. Allí, entre el calor de los hornos y el aroma a vainilla y canela, Tayler empezó a reconstruirse. Sus dedos, que antes solo servían para sostener joyas pesadas, ahora moldeaban chocolate y cremas. El aroma a violetas empezó a emerger de nuevo, ya no marchito, sino fresco, mezclado con la brisa tropical.
Lo que Tayler no sabía era que, en la villa de lujo que coronaba la colina más alta de la isla, el invierno lo observaba.
Christopher estaba sentado en una terraza sombreada, mirando a través de unos binoculares. Podía ver a Tayler caminando hacia el trabajo cada mañana. Veía cómo el sol le teñía las mejillas de rosa. Veía cómo, por primera vez en ocho años, Tayler sonreía débilmente al probar una mezcla de azúcar.
El alfa sentía una mezcla tóxica de placer y furia. Quería que Tayler tuviera éxito. Quería que construyera este pequeño castillo de naipes, que hiciera amigos, que creyera que la nieve nunca lo alcanzaría. Cuanto más alto subiera, más devastadora sería la caída cuando Christopher decidiera jalar la correa.
-Mírate, mi pequeña violeta.- Susurró, apretando el cristal de su copa de whisky -Crees que has escapado. Crees que este sol te pertenece.-
Pero el odio de Christopher encontró un nuevo objetivo: Verónica.
Verónica era una alfa joven, una de las cocineras de línea del restaurante. Era radiante, con una risa estrepitosa y una actitud protectora hacia Tayler. No pasaron muchos días antes de que Verónica empezara a buscar la compañía de Tayler. Le enseñaba trucos con los cuchillos, le regalaba flores de hibisco y, lo más imperdonable para Christopher, a veces ponía una mano en el hombro de Tayler para felicitarlo.
Christopher sentía que sus feromonas de pino se volvían venenosas. La posesividad, esa enfermedad que había cultivado durante casi una década, le quemaba las entrañas. Tayler era su propiedad. Tayler era el cascarón que él había roto. Nadie más tenía derecho a tocar sus restos.
Una noche, después del cierre, Tayler y Verónica salieron juntos del restaurante. La luna llena iluminaba la arena blanca.
-Estás mejorando mucho.- Dijo Verónica, sonriendo. Su aroma a sándalo era cálido y honesto -Mañana el crítico del Le Monde viene a probar tu postre de violetas. Si sale bien, podrías ser jefe de partida en un año.
Tayler sintió un calor real en el pecho.
-Gracias, Verónica. No sé qué habría hecho sin tu ayuda.-
Verónica se detuvo y lo miró fijamente.
-Tayler, eres un omega increíble. No sé de dónde vienes, pero quienquiera que te dejó ir es el mayor idiota del mundo.-
Verónica extendió la mano para apartar un mechón de pelo de la frente de Tayler. En ese instante, el aire de la isla, que solía ser cálido, se volvió gélido de repente. El omega sintió un escalofrío que conocía demasiado bien. El aroma a nieve y pino golpeó sus sentidos como una bofetada.
-¿Tayler? ¿Estás bien? Te has puesto pálido.- Preguntó Verónica, preocupada.
De la oscuridad de un callejón lateral, emergió una figura. No era un fantasma, aunque para Tayler lo parecía. Christopher caminaba con la elegancia de un depredador que ya ha acorralado a su presa. Vestía un traje de lino oscuro que parecía absorber toda la luz de la luna.
-El postre de violetas.- Dijo, su voz vibrando con una amenaza que hizo que Verónica se pusiera en guardia instintivamente -Suena delicioso. Pero me temo que Tayler no podrá asistir a la cita con el crítico.-
-¿Quién eres tú?- Verónica dio un paso al frente, liberando sus feromonas de alfa para proteger a Tayler.
El omega estaba paralizado. El mundo tropical desapareció. El mar, la arena, el éxito… todo se volvió ceniza.
-Christopher…- El nombre salió de sus labios como un sollozo.
Christopher ignoró a Tayler y clavó su mirada en Verónica. Sus ojos eran dos abismos de odio obsesivo.
-Soy el dueño de lo que estás tocando.- Siseó Christopher -Y no me gusta que otros pongan sus manos en mis cosas.-
-Él no es una cosa.- Replicó la chica, alcanzando el cuchillo de cocina que llevaba en el cinturón -Vete ahora o llamaré a la policía.-
Christopher soltó una risa corta y seca. Con una velocidad que Verónica no pudo prever, el alfa se lanzó hacia adelante. No usó un arma de fuego, quería que fuera personal. En un movimiento fluido, desarmó a la joven alfa y la estampó contra la pared de piedra de un almacén cercano.
-¡Christopher, no! ¡Detente!- Gritó Tayler, intentando intervenir, pero sus piernas le fallaron y cayó de rodillas sobre la arena.
Verónica sacó una navaja delgada de su bolsillo. Sus ojos brillaban con una locura que Tayler no había visto ni siquiera en la noche de la muerte de su padre.
-¿Ves esto?- Preguntó el alfa, mientras presionaba la punta de la navaja contra la garganta de Verónica, quien luchaba inútilmente contra la fuerza bruta del alfa dominante -Esto es lo que pasa cuando intentas construir una vida sobre mis ruinas. Cada persona que te sonría, cada mano que te toque, terminará en un charco de sangre.-
-¡Por favor! ¡Haré lo que quieras!- Suplicó, arrastrándose hacia ellos -Volveré contigo. Iré a la torre. Me quedaré en la nieve para siempre. ¡Pero no le hagas daño!-
Christopher miró a Tayler. El omega estaba de nuevo en el suelo, suplicando, roto, exactamente donde Christopher lo quería. El alfa sintió una oleada de satisfacción enferma. Lentamente, alejó la navaja de la garganta de Verónica, pero no la soltó. En su lugar, le propinó un golpe brutal con la empuñadura en la sien, dejándola inconsciente en la arena.
-No la mataré hoy.- Susurró Christopher, caminando hacia Tayler y tomándolo por el cabello para obligarlo a mirarlo -Pero mañana, este restaurante arderá. Tu abuelita del mercado perderá su licencia. Y cada rastro de tu "felicidad" será borrado de esta isla.-
Christopher hundió la nariz en el cuello de Tayler, inhalando el aroma a violetas frescas con una posesividad violenta.
-Hueles a sol, Tayler. Lo odio. Vamos a casa. Tengo un invierno muy largo preparado para ti.-
Tayler no luchó cuando Christopher levantó en vilo. Miró por última vez el mar turquesa, sabiendo que esa era la última vez que vería un color que no fuera el gris de su jaula. Christopher lo llevaba de vuelta, y esta vez, el alfa no se contentaría con besos y caricias aterradoras. La "libertad" de Tayler había sido solo el cebo para una trampa mucho más profunda.
Ocho años fueron un suspiro. Ahora empezaba la verdadera condena.