"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El Teatro de la Alegría.
NARRADOR
Los años empezaron a correr con una suavidad engañosa, como el agua de un río que parece calma en la superficie, pero esconde corrientes profundas. En la pequeña casa que la pareja había convertido en su hogar, la dinámica se había transformado en un baile de roles donde Julián, en su afán por proteger a Aitana y verla descansar, se había adueñado de muchas de las tareas del hogar.
— Suelta ese trapo, Aitana —le decía Julián una tarde, quitándole suavemente la esponja mientras ella intentaba limpiar la estufa—. Ya te dije que yo me encargo de la cocina. Tú ya dejaste la casa reluciente, ahora descansa.
— Pero Julián, no me cuesta nada —respondía ella, aunque sentía el alivio en sus hombros—. Siento que no hago lo suficiente si tú llegas de trabajar y te pones a cocinar.
— Lo suficiente es que estés aquí cuando yo llegue —sentenciaba él con una sonrisa—. Además, ya sabes que a mí me gusta la comida seca y tú siempre quieres echarle caldo a todo. Déjame a mí.
Aitana lo miraba y sentía un cariño inmenso. Julián era su refugio y su protector, pero en el silencio de su pecho, la verdad seguía siendo una presencia constante: lo quería con todas sus fuerzas, pero no lograba amarlo con la misma intensidad con la que él se entregaba.
Su hogar se convirtió pronto en el centro gravitacional de la familia de Julián. Un evento marcó este papel de anfitriones: la fiesta de graduación del hermano más chico de Julián, quien terminaba la escuela técnica. La celebración se llevó a cabo en la casa de ellos, y desde temprano, el ambiente se llenó de actividad.
— ¿Crees que la barbacoa alcance para todos, mamá? —preguntó Julián mientras ayudaba a su madre a acomodar las ollas enormes.
— Claro que sí, hijo. Traje de más por si llegan los amigos de tu hermano —respondió la suegra, mirando a Aitana—. Hija, ¿tienes suficientes platos o mando a traer de los míos?
— No se preocupe, suegra, ya pedí unos prestados y compré desechables para los jóvenes —contestó Aitana con esa chispa alegre que siempre la caracterizaba—. ¡Hoy nadie se queda con hambre en esta casa!
Para todos los invitados, Aitana era la imagen de la alegría: una mujer risueña y llena de vida. Durante la fiesta, ella permaneció presente hasta el último momento. Se movía entre las mesas, bromeaba con los tíos y se aseguraba de que la música no parara. Sus padres y hermanas también llegaron, y por un momento, Aitana sintió el orgullo de ver a su familia de origen conviviendo con su nueva familia en un espacio que ella misma administraba.
— Te ves muy bien aquí, hija —le comentó su padre, Roberto, mientras observaba el bullicio—. Parece que Julián realmente te cuida.
— Lo hace, papá. Aquí estoy en paz —respondió ella, aunque por dentro sabía que esa paz tenía un precio de silencio emocional.
Su relación con los abuelos de Julián era el corazón de su integración familiar. Siempre que iba a visitarlos con Julián y su suegra, el recibimiento era una ceremonia de afecto.
— ¡Ya llegó mi nieta favorita! —exclamaba el abuelo al verla entrar—. Pásale, Aitana. Siéntate aquí conmigo. ¿Ya desayunaste? Mira que tu abuela hizo un pan de dulce que está apenas para el café.
— Ay, abuelo, apenas vengo llegando y ya me quieren dar de comer —reía ella—. Pero bueno, un cafecito no se le desprecia a nadie.
— Es que te vemos muy flaquita, hija —intervenía la abuela desde la cocina—. Tienes que comer bien para aguantar a este nieto mío, que a veces es bien testarudo.
Fue en una de esas tardes de café cuando los abuelos le pidieron que dejara las formalidades.
— Nada de "señores", Aitana —le dijo la abuela tomándola de las manos—. Tú eres de nuestra sangre ahora. Para nosotros eres una nieta más. Dinos abuelo y abuela, que así te sentimos.
Aitana aceptó conmovida, convirtiéndose en la nieta que organizaba las fotos familiares. En los cumpleaños, ella era la que llevaba el pastel y animaba el ambiente.
— ¡A ver, abuelos! —gritaba Aitana acomodándolos frente a la cámara—. Pónganse juntos, abrácense. ¡Un beso para la foto! ¡Ándele, abuelo, no sea penoso!
La familia celebraba sus ocurrencias, llamándola la "nuera loca" que siempre traía la chispa. Sin embargo, existía un límite invisible. Julián disfrutaba de beber en casa con su padre y amigos. En esos momentos cotidianos, cuando las botellas se abrían en la sala, Aitana iniciaba su retiro.
— ¿No te vas a quedar a platicar con nosotros, Aitana? —le preguntaba Julián cuando veía que ella se dirigía al cuarto.
— No, Julián. Ya saben que a mí el olor a cerveza no me va. Se quedan en su casa, yo voy a ver mi programa.
Cerraba la puerta y encendía la televisión, buscando en la pantalla un refugio del ruido exterior. En esa soledad elegida, el personaje de la "chica alegre" descansaba. Detrás de la puerta, aparecía la verdadera Aitana: una mujer que sentía que habitaba un molde perfectamente diseñado para protegerse. Había perfeccionado tanto su actuación que nadie sospechaba que por dentro seguía sintiéndose rota.
A pesar de los años, Aitana continuaba sin poder sentir ese amor romántico por Julián. El cariño era inmenso, la lealtad inquebrantable, pero el fuego no estaba. Julián, a veces, parecía intuirlo en los silencios, pero ella rápidamente lo cubría con una broma o un gesto amable.
— ¿Estás feliz conmigo, Aitana? —le preguntó él una noche, ya acostados.
— Claro que sí, Julián. Eres el mejor hombre que pude encontrar. Me cuidas, me respetas... te quiero muchísimo.
Él la abrazaba, conforme con ese "querer", mientras ella se quedaba mirando las sombras en la pared, sabiendo que en el teatro de la alegría ella seguía siendo la mejor actriz, guardando el secreto de un corazón que, aunque agradecido, aún no terminaba de sanar sus heridas más profundas.
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