Matrimonio por conveniencia
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CAPÍTULO 15: CHANTAJES Y DEUDAS
La suite nupcial de la mansión Valeriano era un mausoleo de lujo y silencio tras el caos de la fiesta.
Alessandra, con los nervios fritos y la imagen del beso de Dante tatuada en las retinas, solo quería una cosa: borrar el día.
Entró al baño principal, se dio una ducha de agua casi hirviendo para purificar las "bacterias" del contacto físico y se envolvió en una toalla de algodón egipcio, planeando ponerse su pijama de seda blindada y dormir hasta el próximo siglo.
—César —llamó ella, abriendo un poco la puerta del baño—, tráeme el conjunto de satén azul que dejé sobre el diván. Y prepara un té de valeriana. Mi paciencia ha caducado.
Silencio.
Alessandra frunció el ceño.
Salió del baño, goteando sobre la alfombra persa, y se encontró con el vacío absoluto.
No solo no estaba César, sino que el diván estaba desierto.
Caminó hacia el vestidor principal, esa catedral de zapatos de diseñador y trajes sastre, y se quedó petrificada.
Los estantes estaban vacíos. Los percheros, desnudos. Ni un camisón, ni una bata, ni siquiera un calcetín.
—¡¿Pero qué...?! ¡CÉSAR! —rugió ella, olvidando toda compostura.
En lugar del Chihuahua epiléptico, la puerta de la suite se abrió lentamente. Dante entró luciendo unos pantalones de pijama negros y nada más, con esa sonrisa de suficiencia que a Alessandra le causaba migraña y taquicardia a partes iguales.
—César no va a venir, jefa —dijo Dante, recostándose contra el marco de la puerta—. En este momento está cruzando el jardín con tres maletas llenas de tu ropa. Le di una opción: o me ayudaba a cobrar una deuda, o yo le explicaba a Recursos Humanos por qué su historial de navegación en la computadora de la oficina incluye "cómo pedir perdón a una mujer que te quiere disecar". El pobre hombre eligió la supervivencia social.
Alessandra se apretó la toalla contra el pecho, sus ojos echando chispas.
—¡¿A qué juegas, Larconne?! ¡Devuélveme mi ropa ahora mismo o te juro que la nota de suicidio de la que hablamos será un best-seller mañana!
Dante caminó hacia ella, acortando la distancia con esa confianza depredadora que siempre la desarmaba.
—Hablemos de negocios, Alessandra. Hoy te salvé el trasero. Literalmente. Mi camisa blanca de seda italiana fue sacrificada, mi esmoquin está arruinado y tuve que besar a una mujer que me mira como si fuera un virus de laboratorio para que tu ex-suegra, la "Marrana", no te destruyera frente a los inversores. Eso no estaba en el contrato.
—Fue una contingencia del evento —siseó ella, retrocediendo hasta que sus pantorrillas chocaron con el borde de la cama.
—No. Fue un extra —corrigió él, sacando algo del bolsillo de su pantalón.
Alessandra palideció.
En la mano de Dante había un frasco pequeño con tres _gomitas rojas_, exactamente iguales a las que ella había usado para sabotearlo a él en el laboratorio.
—¿Recuerdas estas? —Dante agitó el frasco—. Las encontré en tu maletín. Estaba pensando que, ya que me debes un pago por el "servicio de rescate", podríamos compartir un postre. O me pagas ahora mismo con algo que no sea dinero, o veré si el Chihuahua tiene hambre.
—¡No te atreverías! —exclamó ella, horrorizada ante la idea de que Dante usara sus propias armas contra ella o contra el pobre César—. ¡Es un chantaje asqueroso!
—Es "amor inteligente", ¿no es así como lo llamaste en el podio? —Dante dejó el frasco sobre la mesa de noche y la acorraló, poniendo una mano a cada lado de sus hombros sobre el colchón—. Quiero mi pago, jefa. Y no quiero cheques. Quiero que admitas que ese beso no fue "marketing". Y quiero dormir en esta cama, sin barreras, sin almohadas en el medio y sin amenazas de castración química por una sola noche.
Alessandra sentía el calor que emanaba del cuerpo de Dante.
Estaba atrapada en una toalla, sin ropa a un kilómetro a la redonda y con un hombre que acababa de demostrar que podía ser más despiadado que ella.
—Si acepto... ¿César devuelve la ropa? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Mañana a las siete. Hasta entonces... —Dante se inclinó, rozando su oreja con los labios—, eres mi prisionera de guerra. Y déjame decirte, jefa... esa toalla combina mucho mejor con mi habitación que tus trajes de oficina.
Alessandra cerró los ojos, sintiendo que su algoritmo colapsaba definitivamente.
—Marcador... —susurró ella, tratando de recuperar un gramo de dignidad.
—Oh, no, jefa —rio Dante, empujándola suavemente hacia las sábanas—. Esta noche el marcador está suspendido. Esta noche solo hay ejecución del contrato... y te aseguro que mi rendimiento no será "insuficiente".
Mientras tanto en otro sector...
César Iván Castro estaba hecho un ovillo en el suelo del cobertizo de herramientas, rodeado de cortacéspedes y latas de pintura.
Abrazaba con desesperación el vestido de Dior de Alessandra como si fuera un náufrago aferrado a un trozo de madera.
Frente a él, había improvisado un pequeño altar de la culpa. Tenía una estampa de la Madre Teresa de Calcuta —que parecía mirarlo con reproche—, flanqueada por una foto de sus padres el día de su graduación, quienes lo observaban con una decepción que traspasaba el papel.
—Perdónenme... —sollozaba César, secándose las lágrimas con un dobladillo de seda—. Pero Dante es un demonio... un demonio con acceso a mi historial de la fiesta de solteros de Rodrigo.
César se estremeció al recordar el chantaje de Dante. Si no robaba la ropa de la jefa, Dante filtraría la foto de aquella noche en la que César, con tres tequilas encima, estuvo a punto de proponerle matrimonio a un _transexual que era el vivo retrato de Megan Fox_. Sus padres jamás entenderían que "Megan" en realidad se llamaba Braulio y que tenía más bíceps que el propio César.
Para terminar de hundirse en su miseria, César sacó del bolsillo una foto vieja y arrugada: eran él y Alessandra de niños, antes de que ella se convirtiera en la Reina de Hielo y él en su "secretario mártir". En la foto, una pequeña Alessandra le estaba jalando el cabello mientras él sonreía con resignación.
«Amigo son los que te apoyan bajo el sol o bajo de la lluvia, sí. Sonrisa sin fin es como será, solos tú y yo hasta el fin, contigo estaré», tarareó César entre lágrimas, mirando la foto. «Bitácora de quilombos, quilombo 12: Judas de la moda biotecnológica. Lápiz y papel: "Braulio-Megan Fox" agregado al diccionario como sinónimo de "secreto que te manda al monasterio". P/D: si sobrevivo, me hago entrenador Pokémon.»
—Ya desde entonces me tenías dominado, jefa —susurró César, abrazando el Dior con más fuerza—. Pero prefiero que me diseques tú por dejarte desnuda, a que mi madre vea la foto de mi "Megan Fox" y me desherede de la colección de cucharas de plata. ¡Soy un traidor! ¡Un Judas de la moda biotecnológica!
César se santiguó frente a la Madre Teresa y se quedó dormido sobre el vestido, soñando que un bisturí láser lo perseguía por un campo de margaritas.