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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 11: La Fortaleza de Hierro
La Fortaleza de Hierro vivía a la altura de su nombre.
Era una construcción brutal y magnífica, tallada directamente en la roca viva de la cumbre más alta del norte de Aethelgard. Sus muros de piedra negra tenían el grosor de tres hombres lado a lado, y sus torres alcanzaban el cielo como dedos de gigante que desafiaban las nubes. No había gracia en su arquitectura, ningún adorno ni concesión a la belleza. Solo poder, solidez, permanencia. Era el último lugar del reino donde nadie buscaba a nadie, porque llegar a ella ya era morir en el intento para la mayoría.
Pero ellos lo habían logrado.
El grupo entró por el portón de hierro forjado al caer la tarde, con el sol tiñendo de rojo sangre las cumbres nevadas. Los rebeldes que ya habían llegado antes los recibieron con antorchas y pan caliente. Cédric y Genevieve se internaron en los pasillos de piedra entre murmullos y miradas cargadas de una intimidad que llevaba demasiado tiempo reprimida.
Isolde entró última, montada en su caballo alazán, con la capa de piel de oso de Alaric todavía sobre los hombros. Tenía la nariz roja de frío, el cabello dorado enredado por el viento y los ojos azules más brillantes que nunca, encendidos por la supervivencia y algo más profundo que no se atrevía a nombrar todavía.
Una sirvienta de la fortaleza, una mujer mayor de cara amable, la tomó del brazo en cuanto desmontó.
—Venga, mi señora, le hemos preparado los aposentos del ala este. Hay agua caliente y ropa limpia esperándola.
Isolde asintió agradecida, pero antes de seguirla, buscó a Alaric con los ojos.
Él estaba dando instrucciones a sus hombres en el patio, su figura masiva dominando el espacio como siempre. Pero justo en ese momento, como si lo sintiera, levantó la vista y sus ojos café se clavaron en los azules de ella a través del patio. La distancia entre ellos era de unos veinte metros, pero la intensidad de esa mirada era tan física como un toque.
Alaric no dijo nada. Pero con un movimiento imperceptible de su mandíbula, le señaló la entrada principal de la fortaleza.
Ella entendió.
El agua caliente del baño fue como volver a nacer. Isolde se sumergió hasta los hombros en la tina de cobre, dejando que el calor disolviera días de frío, miedo y adrenalina acumulada. La sirvienta le lavó el cabello con aceite de lavanda y le dejó lista una muda de ropa limpia: una camisa de lino blanco suave y un vestido de lana color burdeos con bordados simples en el cuello.
Cuando la sirvienta se fue, Isolde se quedó frente al espejo de plata de la habitación. Se vio como era: pequeña, delgada, joven. Con marcas de viaje en la piel y algo diferente en los ojos. Ya no era la niña del baile de Aethelgard que temblaba del brazo de su esposo.
Llamaron a la puerta con dos golpes firmes y pesados que ella reconocería entre mil.
—Entra —dijo.
Alaric llenó el marco de la puerta como siempre, su inmensidad recortada contra la luz del pasillo. Ya se había quitado la armadura de batalla; llevaba una camisa de lino oscuro con las mangas arremangadas que dejaban al descubierto sus antebrazos llenos de venas y músculo, y unos pantalones de cuero negro. Su cabello largo y oscuro estaba húmedo, recién lavado, cayendo suelto sobre sus hombros. La herida del costado había sido vendada.
Cerró la puerta detrás de él con el cerrojo. El sonido del metal encajando en la cerradura le recorrió la espalda a Isolde como una corriente eléctrica.
La habitación era austera, con una chimenea grande que ya ardía con fuerza y una cama de madera maciza cubierta de pieles gruesas. Las velas parpadeaban en sus soportes de hierro, dibujando sombras largas sobre las paredes de piedra.
Alaric caminó hacia ella. Lento. Con esa paciencia de depredador que hacía que cada paso suyo pareciera inevitable. Se detuvo frente a Isolde, mirándola desde su altura aplastante, y por unos segundos ninguno de los dos habló.
Isolde rompió el silencio.
—Ya no tengo diecisiete años —dijo, su voz era firme a pesar de que el corazón le golpeaba las costillas—. Cumplo dieciocho en tres días.
Alaric entornó los ojos.
—Sé perfectamente cuándo cumples años, Isolde.
—Entonces sabes que tu excusa se acaba en tres días.
Él soltó ese sonido que no era exactamente una risa, mitad gruñido, mitad resignación.
—Tres días es tres días —dijo él, cruzando los brazos sobre su pecho masivo.
—¿Y esta noche? —preguntó ella, dando un paso hacia él.
Alaric no retrocedió pero su mandíbula se tensó de forma visible.
Isolde puso sus manos sobre el pecho de él, sobre el lino oscuro de su camisa, sintiendo el calor brutal de su cuerpo y el latido furioso de su corazón. Se puso de puntillas, su cara apenas llegando a la altura de su cuello, y lo miró desde abajo con esos ojos azules que lo desarmaban mejor que cualquier espada.
—Casi moriste esta noche —susurró ella—. Casi muero yo. Y yo no quiero seguir esperando cosas que no sé si voy a tener mañana.
Alaric la miró durante un segundo eterno. Sus manos, que habían estado cruzadas sobre su pecho, bajaron lentamente y se posaron sobre las caderas de ella. Sus dedos grandes encontraron el contorno de su cuerpo delgado y lo apretaron con una suavidad que le costaba un esfuerzo visible.
—Isolde... —su voz era un hilo de tensión a punto de romperse.
—Tres días —concedió ella, pero sus manos subieron por su pecho hasta su cuello, atrayéndolo hacia abajo—. Pero esta noche, quédate conmigo. Solo quédate.
Alaric cedió. No con brutalidad esta vez. Con una rendición que le costó más que cualquier batalla que hubiera peleado.
La levantó en sus brazos como si no pesara nada, cruzó la habitación en tres zancadas y la depositó sobre las pieles gruesas de la cama con una delicadeza que contradecía todo lo que el mundo sabía de él. Se tumbó a su lado, su cuerpo enorme ocupando más de la mitad de la cama, y la atrajo hacia él, pegando la espalda pequeña de Isolde contra su pecho masivo.
Su brazo rodeó su cintura con firmeza posesiva. Su barba le rozó la sien.
—Duermen —dijo él, con una voz que era mitad orden y mitad súplica.
Isolde sonrió en la oscuridad. Entrelazó sus dedos pequeños con los grandes de Alaric sobre su vientre y cerró los ojos.
Afuera, el viento golpeaba las torres de la Fortaleza de Hierro con rabia, como si supiera lo que se avecinaba en tres días.
Pasó el primer día.
Pasó el segundo.
La tensión entre Alaric e Isolde era tan densa que los rebeldes evitaban estar en la misma habitación que ellos. Cada mirada era una promesa. Cada roce accidental era una tortura. Alaric se volvió todavía más huraño de lo habitual, entrenando durante horas en el patio con sus hombres hasta quedar agotado, como si el esfuerzo físico pudiera apagar el fuego que Isolde había encendido en él.
Llegó la noche del tercer día.
Isolde se trenzó el cabello dorado lentamente frente al espejo, observando la llama de la vela reflejada en su propio rostro. Sus ojos azules estaban serenos. Decididos. Llevaba el camisón de lino blanco más fino que encontró en el armario de la fortaleza, tan delgado que la luz de las velas lo atravesaba dibujando su figura menuda.
Los dos golpes en la puerta llegaron exactamente a medianoche.
—Entra —dijo.
Alaric entró. Y esta vez, no cerró el cerrojo con calma. Lo corrió con un movimiento brusco y definitivo que hizo eco en el pecho de Isolde.
La vio frente al espejo, pequeña y luminosa con ese camisón blanco que hacía que su cabello brillara como el sol en plena noche. Sus pies descalzos sobre la piedra fría, sus hombros de porcelana al descubierto.
Caminó hacia ella sin decir una sola palabra. Se detuvo detrás de ella, su reflejo masivo y oscuro enmarcando el de ella en el espejo, el contraste entre los dos tan brutal y perfecto como siempre.
Sus ojos café se encontraron con los azules de ella a través del espejo.
—Hoy cumples dieciocho años —dijo él, su voz era el sonido más ronco y cargado que ella le había escuchado.
—Hoy cumplo dieciocho años —confirmó Isolde.
Alaric hundió sus manos en el cabello dorado de ella, deshaciendo la trenza con una lentitud deliberada que le robó el aliento a Isolde. Los mechones cayeron como ríos de oro sobre sus hombros y su espalda. Sus manos grandes bajaron entonces por sus hombros, por sus brazos, aterrizando en su cintura y apretando con esa posesividad que era tan propia de él.
Se inclinó, su boca rozando la oreja de Isolde con el calor de su respiración.
—Te dije que me cobraría cada segundo que esperé —susurró él.
—Te recuerdo que yo también esperé —respondió ella, girándose entre sus brazos para mirarlo de frente, sus manos aferradas a su camisa.
Alaric la levantó en sus brazos con un movimiento fluido y la llevó hacia la cama, depositándola sobre las pieles con esa dualidad suya tan característica, firme pero sin lastimarla. Se inclinó sobre ella, su cuerpo masivo eclipsando la luz de las velas. Sus manos grandes enmarcaron el rostro pequeño de Isolde como si fuera la cosa más preciosa y frágil que hubiera tocado en su vida.
—Isolde —dijo, y en su nombre había todo lo que nunca había podido decirle con palabras.
—Lo sé —susurró ella, atrayéndolo hacia abajo.
Y cuando sus labios se encontraron esta vez, no fue como los besos anteriores, desesperados y torpes y llenos de contención. Fue el beso de un hombre que finalmente había dejado caer todas sus defensas. Profundo, lento, devastador. Sus manos grandes comenzaron a recorrer su figura pequeña y perfecta con una reverencia hambrienta, memorizando cada curva, cada centímetro de piel blanca que el camisón dejaba al descubierto.
Isolde soltó un suspiro que fue mitad temblor y mitad rendición cuando las manos de Alaric encontraron la lazada del camisón y la deshicieron con una lentitud que era una tortura exquisita. La tela de lino resbaló por sus hombros como agua, revelando la piel perfecta de porcelana que había estado esperando este momento tanto como él.
Alaric se incorporó un momento para mirarla, solo para mirarla, y en sus ojos café no había brutalidad ni crueldad. Solo un deseo tan profundo y tan honesto que a Isolde se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Eres perfecta —dijo él, con una voz que nunca antes había sido tan vulnerable—. Absolutamente perfecta.
Se quitó la camisa de un solo movimiento, revelando su torso esculpido en músculos y marcado por las cicatrices de mil batallas. Isolde extendió sus manos pequeñas y las posó sobre su pecho, sobre su corazón, que latía con una fuerza salvaje.
—Te tengo miedo —confesó ella en un susurro.
—Lo sé —dijo él, inclinándose de nuevo, su boca recorriendo su mandíbula, su cuello, la curva de su hombro—. Pero nunca te haré daño. Esta vez, nunca.
Lo que siguió fue una batalla de otro tipo. No de acero y sangre, sino de piel contra piel, de respiraciones entrecortadas y nombres susurrados en la oscuridad. Alaric la exploró con una minuciosidad que desmentía toda la rudeza del mundo, sus manos enormes capaces de una ternura devastadora que Isolde no esperaba. Cada vez que ella jadeaba o se tensaba, él se detenía, buscaba sus ojos, esperaba su señal.
Y ella se la daba, una y otra vez.
La noche avanzó entre el crepitar del fuego y los murmullos que solo ellos dos podían escuchar. Cuando Isolde finalmente gritó su nombre, fue con una entrega tan absoluta que Alaric enterró su cara en su cabello dorado y apretó los dientes para no romperse él también.
Después, mucho después, cuando las velas se habían consumido y solo quedaban las brasas, Alaric la sostenía pegada a su pecho enorme, su barbilla apoyada sobre la cabeza de ella. Sus manos recorrían su cabello con una calma que nunca le había conocido nadie.
—¿Te lastimé? —preguntó él, con esa voz ronca y baja que ahora Isolde sabía distinguir del resto. Era la voz del hombre real, no la máscara.
—No —susurró ella, sonriendo contra su pecho— . Mentiste. Dijiste que no podría caminar en una semana.
Alaric soltó una carcajada. Una carcajada real, profunda, que resonó en el pecho de Isolde como música antigua. Fue la primera vez que lo escuchaba reír de verdad.
—La noche todavía es larga —dijo él, y Isolde pudo sentir la sonrisa en su voz cuando la apretó más contra él.