En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 16
Thera exhaló un suspiro de alivio que rápidamente se transformó en algo más cuando Atraeus colocó una mano en su cuello, su pulgar acariciando la línea de su mandíbula.
—Has trabajado bien esta noche, Thera —dijo él, su voz cargada de una vibración oscura—. Pero todavía huelo la desconfianza en ti. Seguías pensando en el papel que quemaste.
—No se puede borrar el fuego con más fuego, Atraeus —respondió ella, aunque su cuerpo se traicionaba, inclinándose hacia el calor de él—. Me espías porque tienes miedo de lo que sientes cuando no estás calculando movimientos en un tablero.
Atraeus soltó una risa seca y amarga.
—Lo que siento es una debilidad que no puedo permitirme. Pero aquí, en este laberinto... nadie mira.
La besó con una ferocidad que buscaba silenciar sus propios demonios. No era un beso de amor, sino un reclamo de posesión. Thera respondió con igual fuerza, sus manos buscando la piel bajo el jubón de seda de Atraeus. Lo arrastró hacia una alcoba oculta por estatuas de mármol de amantes olvidados.
Allí, entre las sombras y el sonido distante de la música del banquete, la política y la traición se desvanecieron ante la urgencia de la carne. Atraeus la levantó, sentándola sobre un pedestal de piedra. Sus manos recorrieron los muslos de Thera, subiendo por la seda esmeralda hasta encontrar la piel cálida y vibrante. Ella gimió contra sus labios, un sonido que mezclaba el placer con el dolor de la desconfianza que aún los separaba.
—Dime que eres mía —gruñó Atraeus, su respiración agitada mientras se deshacía de las limitaciones de su ropa—. No del Cuervo, no de la corte. Mía.
—Soy de quien tiene el valor de sostenerme —respondió ella, arqueándose cuando los dedos de él la encontraron, expertos y despiadados—. Y tú... tú solo sabes sostener secretos.
El acto fue una batalla silenciosa en la oscuridad. Atraeus se hundió en ella con una intensidad que buscaba borrar cualquier rastro de otros hombres, cualquier rastro de su pasado como espía. En el clímax, rodeados por el frío mármol y la calidez del otro, ambos sintieron por un instante la fragilidad de su conexión. Eran dos almas rotas tratando de encajar sus pedazos en un mundo que exigía perfección.
Minutos después, mientras se recomponían en el silencio sepulcral del jardín, un grito lejano rompió la calma. Venía del salón principal.
—Parece que Lord Varyn ha tomado su decisión —dijo Atraeus, ajustándose el jubón, su rostro volviendo a ser la máscara imperturbable del estratega.
Regresaron al salón justo a tiempo para ver el caos. Lord Varyn estaba de pie, con el rostro encendido, mientras Valerius Kaelen sostenía un papel que había sido rasgado por la mitad. Lord Voran gritaba insultos sobre el honor y las deudas, mientras los invitados retrocedían, temiendo que el acero hiciera su aparición.
—¡No habrá matrimonio! —rugió Varyn—. ¡Mi hija no se unirá a una casa de buitres y deudores!
El Gran Justicia Kaelen, sintiéndose humillado públicamente, golpeó la mesa con su mazo ceremonial de viaje.
—Esto es una violación de los pactos sagrados de Vesperia, Varyn. ¡Habrá consecuencias legales! ¡Habrá sangre en las cortes!
Atraeus observaba la escena desde la periferia, con Thera a su lado. El laberinto de los pactos se había derrumbado, tal como él lo había diseñado. La alianza central estaba muerta, y en su lugar, el odio entre las casas Voran, Varyn y Kaelen alimentaría sus propios planes durante los próximos meses.
Sin embargo, mientras veía a Voran salir furioso del salón, Atraeus sintió una punzada de algo que no era triunfo. Miró a Thera y vio que ella lo observaba con una tristeza profunda que no intentaba ocultar.
Habían ganado la batalla política, pero el precio seguía aumentando. En ese mundo de pactos y mentiras, cada victoria los alejaba un poco más de cualquier verdad que pudieran haber compartido.
—Vámonos —dijo Atraeus, dándole la espalda al caos—. Mañana el mercado despertará con noticias de guerra entre los grandes. Y nosotros estaremos allí para recoger los pedazos.
Caminaron hacia la salida, dos figuras oscuras dejando atrás un rastro de ruina. Atraeus sabía que el siguiente movimiento en su juego lo llevaría a enfrentarse con los fantasmas de su propio pasado, pero por ahora, se conformaba con saber que, en el laberinto que él mismo había creado, él seguía siendo el único que conocía la salida. O eso quería creer.