Renace en el cuerpo de Sigrid, una hermosa mujer, que sufre por un mal amor.. Pero ella lo cambiará todo..
* Esta novela pertenece a un gran mundo mágico *
** Todas novelas independientes**
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Vino añejado
Para sorpresa de absolutamente nadie incluso de ella misma, a Sigrid le empezó a… gustar aquello.
Repartir pan.
Escuchar historias.
Reír con los niños.
Por varios minutos.. se olvidó de su elaborado plan maestro y simplemente disfrutó siendo Santa Sigrid de Bernicia.
Hasta que lo escuchó.
El sonido de cascos.
Fuertes. Seguros. Dramáticos.
Si hubiera habido viento, le habría movido el cabello.
Si hubiera habido música, habría sonado un violín épico.
Un caballo negro apareció entre el polvo del camino, y sobre él, como salido de una novela históricamente imprecisa, venía Wyatt Palmer.
Sigrid parpadeó.
Luego sonrió.
[Justo el vino añejado que necesitaba]
Wyatt tiró suavemente de las riendas y se quedó unos segundos observando la escena.
La hija del duque.
En el barrio más pobre.
Rodeada de niños que la miraban como si hubiera bajado con dones celestiales.
Sus cejas se arquearon apenas un milímetro. Para él, eso equivalía a gritar “¿QUÉ DEMONIOS PASA AQUÍ?”
Se desmontó del caballo con calma felina. Había algo en su forma de moverse… tranquila, controlada, pero peligrosa, como un depredador que no necesita correr para atraparte.
Se acercó a Sigrid con paso firme.
Los aldeanos se hicieron a un lado. No por miedo.. bueno, quizás un poquito.. sino porque su presencia imponía respeto. Vera tragó saliva. Un perro dejó de ladrar. Una gallina reconsideró su vida.
Wyatt se detuvo frente a Sigrid.
Ella alzó la mirada, con expresión perfectamente inocente. Ojos grandes. Sonrisa suave. Aura angelical activada al máximo.
—Señorita Richardson —saludó él, con voz grave y calmada.
[Depredador educado]
—Oh… —respondió Sigrid, como si acabara de notar que frente a ella había un monumento andante—. Lord Palmer.
Susurrado, dulce, impecable.
Wyatt observó a su alrededor.
—No esperaba verla aquí.
—Ni yo —respondió Sigrid con sinceridad teatral—. Pero… —extendió una manta a una anciana— pensé que sería agradable ayudar.
Wyatt la miró como si estuviera leyendo un libro muy interesante… pero dudara si creerlo.
—Es peligroso que venga sola —dijo, voz baja, protectora sin proponérselo.
Sigrid inclinó la cabeza.
—No estoy sola —respondió—. Estoy con ellos.
Los niños asintieron orgullosos, como una pequeña guardia personal desdentada.
Wyatt suspiró muy, muy levemente. Algo en su mirada cambió. Menos soldado. Más humano.
Sigrid lo notó… y por primera vez desde que inició el plan, sintió un pequeño salto en el pecho que no estaba ensayado.
Pero por fuera, siguió siendo la personificación de la inocencia.
En cambio, Wyatt, hombre curtido por mil batallas, no había sobrevivido a todas ellas por creer en caritas de ángel.
Observó a Sigrid trabajar como santa en prácticas, pero en su mente sonaba un tambor de advertencia..
Esa sonrisa es demasiado perfecta.
Ese tono de voz es demasiado dulce.
Algo trama.
Así que decidió hacer lo que mejor sabía.. vigilar en silencio.
Caminó a su lado, entregando sacos, levantando cajas, saludando con inclinaciones mínimas. Cada tanto la miraba de reojo, intentando descifrarla… como si Sigrid fuera un mapa antiguo lleno de dragones dibujados.
Y entonces ocurrió.
Sigrid, con impecable coordinación teatral, dio un pasito en falso sobre una piedra minúscula e inició la caída más lenta de la historia.
—Oh noooo —dijo, con voz angelical.
Y se aferró a Wyatt.
Con firmeza.
Con ambas manos.
Con, digamos… entusiasmo táctico.
Durante unos segundos eternos, su caída quedó “milagrosamente detenida” gracias al muy oportuno tórax del caballero. Sigrid parpadeó, mirándolo desde abajo, como si la gravedad fuera una gran tragedia personal.
—Lo siento —susurró, sin moverse ni un milímetro.
Wyatt la sostuvo con naturalidad… pero sus ojos se entrecerraron apenas.
Porque sí.
Era fuerte.
Era frío.
Era una leyenda de guerra.
Pero tampoco era de piedra.
Y esa joven acababa de tocar más de lo estrictamente necesario según el reglamento social.
Muy lentamente, él la ayudó a incorporarse.
—Debe tener cuidado —dijo, voz baja.
—Sí… —susurró Sigrid, todavía “aturdida”—. El suelo me odia.
Wyatt no respondió. Solo la miró.
Y fue en ese instante cuando lo comprendió.
No estaba frente a una inocente flor del campo.
No.
Estaba frente a Sigrid Richardson, estratega romántica nivel avanzado, que había decidido con una claridad aterradora que él era su nuevo objetivo.
Y también supo algo más.. Ella estaba jugando con fuego.
Wyatt, que no solo tenía cicatrices sino también instintos finamente calibrados, decidió que ya era hora de hacer una pequeña prueba para comprobar lo que él pensaba..
[Sigrid Richardson está peligrosamente interesada en mí. necesito un acercamiento estratégico sorpresa.]
Mientras ella repartía unas manzanas con sonrisa celestial, él dio un paso calculado hacia adelante. No brusco. No invasivo. Solo… lo suficiente para entrar en su espacio personal.
Resultado inmediato.. Sigrid se quedó quieta.
Como un gato que acaba de ver un pepino.
Su mano, que iba a entregar una manzana, se quedó suspendida en el aire. Sus pestañas temblaron. Sus ojos se levantaron para mirarlo, y por un microsegundo.. uno diminuto, se le fue el papel de santa y apareció la chica nerviosa que juega con fuego.
Wyatt lo notó.
Oh, sí.
Lo notó todo.
Se inclinó un poco hacia ella, lo suficiente para que su voz sonara baja y cercana.
—¿Se encuentra bien, señorita Richardson?
Sigrid tragó saliva.
—S-sí… claro… —respondió, intentando recomponer su halo—. Solo… eh… los ángeles también se cansan.
Él sostuvo su mirada.
Y ahí estuvo.. la confirmación.
Un destello en los ojos de ella.
Esa chispa entre “yo controlo el juego” y “ay, caray, el juego me está mirando de vuelta”.
Porque Sigrid, que tan orgullosamente había planeado todo, no contaba con una cosa..
Wyatt Palmer tenía experiencia.
En guerras.
En estrategias.
En leer intenciones.
Y ahora, también, en hacerle perder el equilibrio a una heredera pelirroja.
Ella intentó recuperar terreno, alzando el mentón con dignidad.
—Lord Palmer, está muy cerca.
—Lo estoy —admitió él, sin moverse un ápice.
Sigrid sonrió, creyendo que había retomado el control.
Pero entonces él se apartó… lentamente… dejando tras de sí un silencio cargado de electricidad y una Sigrid cuyo corazón estaba haciendo piruetas.
Y fue ahí cuando ella lo entendió.. Creía tener a Wyatt enredado en su actuación… pero el hombre experimentado ya la había metido en su propio juego.
Y lo peor o lo mejor es que a Sigrid… le estaba gustando peligrosamente.