Renace en una época diferente.. ahora es rica y hermosa por lo que su único objetivo es disfrutar la vida..
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Michael 2
El crujido final de la madera encajada y el sonido firme del martillo anunciaron que el carruaje de la casa Stevens estaba listo para continuar. Los cocheros, con las manos manchadas de grasa y polvo del camino, hicieron una última revisión a las ruedas mientras los caballos resoplaban, impacientes por retomar la marcha.
A unos metros, bajo la sombra alta de los robles, el hombre que no era un simple soldado seguía observando con atención. El rey de Bernicia, Michael Mirren, sostenía aún su copa de vino, aunque hacía rato que no bebía. Su mirada estaba fija en el carruaje adornado con el discreto escudo de la casa Stevens.
—Majestad.. Los hombres están listos para partir hacia el norte. Si nos retrasamos más, no llegaremos al campamento antes del anochecer.
Michael no respondió de inmediato. Desde el interior del carruaje aún se escuchaba aquella voz femenina, alegre y firme, entonando versos que hablaban de penas que se van y de la vida como un carnaval. No era una canción propia de los salones aristocráticos de Bernicia. Era demasiado vibrante, demasiado viva… y, sin embargo, sonaba natural en ella.
El rey dejó finalmente la copa sobre una roca cercana.
—Escoltaremos a la comitiva Stevens hasta su próximo destino —ordenó con serenidad.
El consejero parpadeó, sorprendido.
—¿Majestad? Eso nos tomará varias horas adicionales. El consejo espera su regreso, y los informes de la frontera…
—No he pedido tu evaluación del tiempo.. dado una orden.
El consejero guardó silencio, comprendiendo que insistir sería inútil.
Mientras los soldados formaban filas y ajustaban sus monturas, el rey hizo una seña discreta a uno de sus hombres de confianza.
—Averigua cuál es la ruta de la casa Stevens.. Y si planean detenerse antes de llegar a su destino final.
El soldado regresó minutos después.
—Majestad, se detendrán en una posada a medio camino. El viaje es largo y uno de los miembros de la comitiva parece necesitar descanso.
Michael asintió lentamente.
Una posada.
No era un palacio. No era una reunión diplomática. No había estrategia militar ni interés político evidente en aquella decisión. Y, sin embargo, algo en su interior se había inclinado hacia esa dirección sin consultarle.
Volvió la vista hacia el carruaje.
A través de la cortina apenas entreabierta, alcanzó a distinguir la silueta de Abigail. Ya no caminaba por el bosque.. ahora parecía acomodarse en el interior, pero aún tarareaba la melodía con una ligereza que contrastaba con la solemnidad del mundo al que él pertenecía.
Había escuchado que el carruaje que se detuvo a ayudar pertenecía a la casa Stevens. Conocía el nombre, claro. Una familia menor, correcta, sin grandes escándalos ni alianzas peligrosas. Pero jamás había oído hablar de una joven que cantara en medio del bosque después de auxiliar a soldados desconocidos, sin temor ni afectación.
No había timidez fingida.
No había cálculo.
No había reverencias exageradas.
Solo autenticidad.
El rey montó su caballo con un movimiento elegante y natural. Sus hombres formaron alrededor de toda la comitiva y del carruaje Stevens, que pronto comenzó a avanzar por el sendero iluminado por los últimos tonos dorados del atardecer.
El consejero volvió a acercarse, más cauteloso esta vez.
—¿Debo informar al consejo que se trata de una escolta oficial como gesto de gratitud?
Michael observó el camino delante de él y luego, apenas un instante, el carruaje.
Una sonrisa.. apareció en su rostro sin que pudiera evitarlo.
—Informa lo que consideres prudente.. Pero asegúrate de que quede claro que el rey recompensa la bondad cuando la ve.
El consejero inclinó la cabeza.
Mientras avanzaban, Michael no supo explicar por qué aquella decisión le resultaba tan natural. No era deber. No era estrategia. No era siquiera curiosidad política.
Era algo más simple.
Quería volver a escucharla cantar.
Y cuando pensó en la posada donde se detendrían, en la posibilidad de verla fuera del carruaje, quizá bajo la luz de las lámparas, riendo o hablando sin saber que el hombre que la observaba era el soberano de Bernicia… la sonrisa volvió a aparecer.
Por primera vez en mucho tiempo, el viaje no le parecía una carga.
Le parecía una promesa.
El carruaje se detuvo con un pequeño salto frente a la posada justo cuando el cielo terminaba de teñirse de azul oscuro. Abigail, que había dormido profundamente durante buena parte del trayecto.. ajena a escoltas reales, miradas curiosas y decisiones caprichosas de monarcas.. despertó apenas por el cambio brusco del movimiento.
—¿Ya llegamos? —murmuró, despeinada y con la voz todavía espesa por el sueño.
Sin esperar respuesta, apartó la cortina y, con mucha menos elegancia de la que dictaban los manuales de conducta, descendió del carruaje. No bajó.. prácticamente saltó, sujetándose el vestido rojo para no tropezar… aunque tropezó igual, recuperándose con una risa que resonó en el patio de la posada.
—¡Perfecto! Nada como casi besar el suelo para recordar que una sigue viva.
Mila, que descendió detrás de ella con la compostura de quien lleva años intentando sostener la dignidad de otra persona, suspiró con discreción.
—Señorita, iré a preparar su habitación. Le subiré la cena para que descanse como corresponde.
Abigail la miró como si acabara de proponerle un castigo medieval.
—¿Cenar sola arriba? ¿Mientras abajo huele a carne asada y cerveza? Mila, ¿qué pecado cometí para merecer eso?
—No es apropiado que… —intentó ella.
—Lo apropiado es aburrido.. Comeré en el comedor. Con todos.
Y así fue.
La posada no era grande. Tenía tres mesones robustos de madera, marcados por años de jarras golpeadas y cuchillos apoyados sin cuidado. Uno fue ocupado por la comitiva Stevens.. cocheros, guardias y sirvientes que, aunque intentaban mantener cierta formalidad, ya estaban relajados tras el viaje. Los otros dos fueron ocupados por los soldados que escoltaban el camino… y por un hombre que no parecía un simple soldado, aunque vestía como uno.
El rey de Bernicia, se sentó con naturalidad entre sus hombres, sin insignias que delataran su rango. Pero sus ojos no se apartaban del mesón donde Abigail tomaba asiento.
Ella destacaba como una llama en medio de madera envejecida.
Su vestido rojo, profundo como el vino oscuro, contrastaba con los tonos apagados de la posada. El cabello ligeramente revuelto por el viaje, los labios curvados en una sonrisa permanente, las manos moviéndose con energía mientras hablaba… todo en ella parecía demasiado vivo para ese lugar.
—¡Traigan vino! —pidió con entusiasmo cuando la posadera apareció.
Le sirvieron una copa generosa. Abigail la tomó, la olfateó exageradamente y luego dio un trago largo y confiado.
Un segundo después, lo escupió de vuelta dentro de la copa.
El sonido fue claro. Inequívoco.
Varias cabezas giraron.
—¡Por todos los santos! ¿Esto es vino o el sobrante de lavar barriles?
El silencio duró medio segundo.
Luego, algunas risas nerviosas.
Desde su mesa, Michael no pudo evitarlo. Se le escapó una carcajada breve, auténtica, que hizo que uno de sus capitanes lo mirara sorprendido. El rey carraspeó, intentando recuperar compostura… pero sus ojos brillaban.
Abigail levantó la copa con gesto crítico.
—No se ofendan.. pero si voy a intoxicarme quiero que sea con algo digno. Saquen el vino de la casa Stevens. Y tráiganlo para todos en esta mesa.
Se volvió hacia sus cocheros.
—Y si sobra, compartimos. Pero no pienso beber esta… ofensa líquida.
Hablaba con sus sirvientes como si fueran amigos de infancia. Les daba palmadas en el hombro, les llenaba las copas, se burlaba de uno que había perdido una carrera contra un caballo esa mañana. Reía fuerte, sin cubrirse la boca. Bebía con gusto. Y cuando uno de los hombres intentó llamarla “mi señora” con excesiva formalidad, ella respondió..
—Si me dices “mi señora” otra vez, te hago cantar conmigo arriba de la mesa.
El mesón estalló en risas.
Solo Mila no reía.
Sentada junto a ella, erguida como una estatua, sostenía su copa con delicadeza y observaba alrededor con creciente incomodidad. Notaba las miradas. Notaba los susurros. Notaba, sobre todo, que en una de las otras mesas un hombre observaba con demasiada atención.
Michael, desde su lugar, seguía cada gesto.
La manera en que Abigail inclinaba la cabeza hacia atrás al reír.
Cómo fruncía el ceño antes de decir algo atrevido.
Cómo su vulgaridad no era malicia, sino simple honestidad sin filtro.
No había cálculo en ella. Ni pretensión. Ni miedo.
Cuando probó el nuevo vino.. el de su propia casa.. y asintió satisfecha, levantó la copa.
—Ahora sí. Esto es vino, no un insulto.
Michael volvió a sonreír.
Había asistido a banquetes con nobles de todas las regiones. Había escuchado discursos medidos, risas estudiadas, halagos interesados. Pero aquella joven, que saltaba de los carruajes sin elegancia y escupía vino sin pudor, tenía algo que ninguno de esos salones le había ofrecido jamás..
Verdad.
Y mientras Mila se tensaba cada vez más y la posada se llenaba de ruido y calor, el rey de Bernicia comprendió que aquella parada en una simple posada estaba resultando mucho más interesante que cualquier sesión del consejo real.
Y no apartó la mirada de Abigail ni un solo instante.