Nací entre lujos, rodeada de poder, creyendo que el amor sería el único territorio donde nadie podría obligarme.
Me equivoqué.
Mi padre decidió mi destino con una firma.
Mi esposo selló mi condena con su desprecio.
Y yo… yo aprendí demasiado tarde que no todos los cuentos de hadas comienzan con una boda.
y que incluso en jaulas doradas se puede morir lentamente.
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capitulo 7 inseguridades
Desperté sola, no fue una sorpresa, fue una confirmación.
La luz gris de la mañana se deslizó por la habitación silenciosa, iluminando el vestido de novia cuidadosamente doblado sobre el sillón. Me había cambiado en algún momento de la madrugada, moviéndome como un cuerpo vacío.
La esposa perfecta.
Incluso en la derrota.
Me incorporé despacio, respirando hondo. No había espacio para lágrimas. No después de todo lo que ya sabía.
Mi matrimonio con Antonio Valderrama era un acuerdo un simple y estúpido acuerdo, una alianza una estrategia familiar, dónde mi padre y ella hora mi esposo eran los únicos ganadores.
pero aun así…
una parte de mí se negaba a aceptar que todo estuviera perdido desde el primer día.
No necesitaba el amor de Antonio, pero lo quería.
así que haría lo posible por hacer que el me quisiera.
Antonio ya estaba en el comedor cuando bajé.
Impecable como siempre. Café en mano. Mirada distante.
Nada en él sugería que la noche anterior hubiera sido nuestra primera como marido y mujer.
—Buenos días —dije con serenidad estudiada.
Antonio levantó la vista apenas un segundo.
—Renata.- me contestó
Frío, Correcto, Lejano.
Tomé asiento frente a él. El silencio no me incomodó. Ya comenzaba a acostumbrarme.
—Espero que hayas descansado.
—Lo suficiente.- respondio vagamente.
Observé su rostro, intentando descifrar algo. Cansancio, culpao una pisca de molestia.
pero no había nada.
—Hoy almorzaré con mi padre —comenté.
Antonio dobló el periódico.
—Bien.
Ni interés nii pregunta demás. Solo indiferencia elegante, fue entonces cuando lo noté.
Un aroma sutil, femenino Pero este no era mío.
No dije nada de inmediato. Me limité a sostener la taza entre mis manos.
—¿Saliste anoche? —pregunté finalmente.
Antonio no levantó la mirada.
—Sí.
—¿Algo urgente?
—¿Necesitas un informe?
Sus ojos se alzaron hacia mí con una advertencia silenciosa.
—Solo conversación.
—No empieces, Renata.
Su tono fue seco.
—No estoy empezando nada.
Sostuve su mirada con calma, y con un deje de inocencia.
—Solo intento que esto no se convierta en un campo de hielo permanente.
Antonio me observó durante un largo segundo.
—No dramatices.
Una sonrisa leve curvó mis labios.
—Créeme, Antonio…
Me incliné un poco hacia él.
—Si quisiera dramatizar, lo notarías.
Algo cruzó su expresión.
Molestia o tal vez sorpresa.
Antonio se levantó.
-despues de todo tu mismo insististe en que hiciéramos nuestro matrimonio útil. Eso incluye nuestra convivencia.
Antonio me miró con el ceño fruncido, se levantó y me respondió secamente.
—Tengo reuniones.
—Que tengas un buen día.
No hubo despedida alguna de su parte.
Cuando desapareció, el silencio regresó al comedor.
Pero esta vez no sentí vacío, sentí inquietud, porque el aroma seguía allí, persistente.
Inconfundible.
No planeaba revisar sus cosas.
No soy ese tipo de mujer.
Pero tampoco soy ingenua.
Entré en su vestidor con pasos firmes, recorriendo el espacio impecablemente ordenado. Todo olía a Antonio… excepto una cosa.
La camisa de anoche, la tomé y allí estaba, ese perfume suave femenino ajeno.
Mis dedos se tensaron apenas, no era dolor lo que sentía, era algo más frío.
Más peligroso.
—Interesante… —murmuré.
No había pruebas, no había certezas pero había intuición y yo había aprendido a escucharla.
Dejé la camisa en su lugar, con precisión con calma.
Porque si algo tenía claro, era esto:
No pensaba convertirme en la esposa insegura que él esperaba.
Si Antonio Valderrama quería distancia…tendría que ganársela.
Y el iba a incluir a su amante.
—Entonces esto se pondrá realmente interesante.