Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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Veneno en la Sangre
Rose no pudo dormir tras la visita de John en su despacho. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el frío de sus dedos enguantados en su mentón. Se sentía sucia por la reacción de su propio cuerpo, una traición biológica a su ética profesional. Al día siguiente, llegó al tribunal para una audiencia preliminar contra otra de las empresas subsidiarias de Blake. Estaba lista para destrozar a sus abogados.
Pero cuando entró en la sala, el ambiente cambió. No estaban los abogados de siempre. En la mesa de la defensa, sentado con una elegancia que insultaba al sistema judicial, estaba John Blake.
—¿Qué hace usted aquí? —siseó Rose, acercándose a la mesa. Su traje sastre color crema era su armadura, pero frente a los 1.90 metros de John, se sentía expuesta.
—He decidido representar mis propios intereses, abogada Smith —respondió él, sin levantarse. Sus ojos azules la recorrieron con una lentitud pecaminosa—. Me han dicho que es usted letal en un estrado. Quería verlo de cerca.
Durante la audiencia, Rose intentó humillarlo con leyes y tecnicismos, pero John la observaba con una sonrisa gélida. En un momento de descanso, mientras ella bebía agua en el pasillo, él se materializó a su lado.
—Tu retórica es fascinante, Rose. Pero te tiemblan las manos cuando paso cerca de ti —susurró John, inclinándose sobre ella.
—Es asco, Blake. Pura y simple repulsión.
—¿Ah, sí? —Él tomó la botella de agua de la mano de ella y bebió del mismo borde donde Rose había puesto sus labios. El gesto fue de una intimidad violenta—. He ordenado que Marcel sea readmitida. Con un bono de seis cifras por los "inconvenientes".
Rose lo miró con desconfianza. —¿A cambio de qué?
—De nada. Es un regalo. O quizás un cebo —John se acercó tanto que Rose pudo oler el sándalo y la lluvia en su piel—. Esta noche hay una gala benéfica en mi fundación. Si no vas, Marcel perderá el bono. Si vas... te daré las pruebas que necesitas para hundir a mi socio, el verdadero responsable del despido.
—¿Me estás vendiendo a uno de los tuyos? —Rose soltó una carcajada amarga—. Eres un traidor, Blake.
—Soy un hombre que obtiene lo que quiere. Y ahora mismo, quiero verte con un vestido que me facilite la tarea de imaginar qué llevas debajo —John le rozó la mano, y Rose sintió de nuevo esa extraña inmunidad: él intentó "sugerirle" mentalmente que aceptara, una presión invisible en su mente, pero Rose solo sintió un leve cosquilleo.
Ella le retiró la mano de un golpe. John parpadeó, confundido por un segundo. Su control mental no había funcionado. Su mirada pasó del desconcierto a una fascinación peligrosa.
—¿Qué eres tú, Rose Smith? —preguntó, con una voz que vibraba con un hambre nueva.
—Soy la mujer que te va a quitar todo —respondió ella, dándose la vuelta.
Lo que Rose no sabía es que John ya había empezado a jugar con su mente de otra forma. Esa misma tarde, Rose empezó a sentirse mareada. Un sabor metálico inundaba su boca y, por primera vez en su vida, sintió una sed que el agua no podía saciar. John no solo la quería en su cama; estaba empezando a cambiar su química, preparándola para un destino que ella aún no podía imaginar.