Anna Marín muere a los 32 años con seis puñaladas en el pecho, asesinada por su hermanastra Mariana mientras su esposo Javier observa sin intervenir. Sus últimos pensamientos son de arrepentimiento: por amar demasiado, por callarse demasiado, por convertirse en invisible.
Pero cuando abre los ojos, está de vuelta dos años antes de su muerte.
Con todos los recuerdos intactos.
Anna sabe exactamente lo que viene: cómo Mariana manipulará a sus hijas gemelas para que la odien, cómo Javier la torturará durante meses para robarle la herencia de la abuela, cómo morirá sola en el mismo piso de mármol donde alguna vez creyó que construiría un hogar.
Esta vez no será la esposa sumisa que se arrastra por amor.
Esta vez será la Loba Blanca que todos temían en los tribunales.
Esta vez cada traidor pagará por adelantado.
Pero cambiar el futuro tiene un precio. Y Anna descubrirá que la venganza, aunque dulce, puede costarle lo único que aún le importa: el alma de la mujer que alguna vez fue.
Una histo
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CAPÍTULO 17
Javier odia estas galas.
Siempre las ha odiado. Hombres con trajes demasiado caros fingiendo interés en donaciones que solo sirven para evadir impuestos. Mujeres con vestidos que cuestan más que un auto nuevo compitiendo por quién brilla más. Conversaciones vacías. Champán tibio. Sonrisas falsas.
Pero Mariana insiste en venir. Y Javier aprendió hace años que es más fácil ceder que discutir.
—Esa es la esposa de Chen —dice Mariana señalando con la copa—. Dicen que está a punto de divorciarse. Deberíamos acercarnos.
—Más tarde —dice Javier sin ganas.
—Ahora, Javier. Después se va.
Javier no responde. Mira el salón con aburrimiento.
Y entonces las conversaciones se detienen.
No todas. Pero suficientes para que Javier note. Gente volteando hacia la entrada. Susurros.
Javier voltea.
Y la ve.
Anna.
El cerebro tarda tres segundos en procesarlo. Porque la mujer que está parada en la entrada con un vestido blanco que cae como agua sobre su cuerpo no es Anna. No puede ser.
Anna no usa vestidos así. Anna no usa tacones altos. Anna no suelta el cabello.
Anna se viste con ropa sencilla. Colores apagados. Zapatos planos. Cabello recogido.
Pero esta mujer tiene el cabello suelto. Negro. Brillante. Cayendo sobre hombros desnudos porque el vestido tiene un escote en la espalda.
Esta mujer camina con seguridad. Con gracia.
Leonardo Lin está a su lado. Le dice algo. Ella se ríe.
Javier siente algo caliente subir por su garganta.
—Por Dios —dice Mariana al lado de él con voz que suena demasiado aguda—. Mi hermana la invisible resultó ser una zorra.
Javier voltea a verla.
—¿Qué?
Mariana toma un sorbo de champán sin dejar de mirar a Anna.
—Mírala. Vestida como si fuera a una alfombra roja. Con Leonardo Lin pegado como perro en celo. Ahora entiendo su afán por divorciarse tan rápido.
—¿De qué hablas?
—¿No es obvio? —Mariana se ríe, pero no hay humor en el sonido—. Anna no quería divorciarse porque estaba cansada del matrimonio. Quería divorciarse porque ya tenía remplazo. Leonardo Lin. El CEO soltero más codiciado de la ciudad. Mucho más joven que tú. Mucho más guapo. Mucho más... disponible.
Javier siente algo apretarse en su pecho.
—Eso no...
—Claro que sí. Mira cómo lo mira. Mira cómo se ríe con lo que dice. Apuesto lo que quieras a que llevan meses acostándose a tus espaldas.
—No digas estupideces.
—¿Estupideces? —Mariana voltea hacia él con ojos brillantes—. ¿En serio crees que una mujer cambia así de la nada? Hace dos semanas Anna era la esposa callada que ni siquiera levantaba la voz. Ahora es... esto. La gente no cambia así, Javier. A menos que tengan una razón muy fuerte. O alguien muy fuerte.
Javier no responde. Porque está mirando a Anna saludar a un grupo de ejecutivos. Viéndola sonreír. Viéndola brillar.
¿Desde cuándo Anna habla así? ¿Desde cuándo sonríe así?
—Siempre fue una mentirosa —continúa Mariana con veneno en cada palabra—. Diez años fingiendo ser la esposa perfecta. Diez años haciéndose la víctima. Y todo ese tiempo probablemente estaba buscando cómo saltar a alguien mejor. Qué conveniente que justo cuando firma el divorcio aparece trabajando para Leonardo Lin.
—Mariana...
—No me digas que no lo ves. Leonardo la mira como si fuera un premio. Y ella se deja. Mira cómo se arregló para él. Mira ese vestido. Mira ese escote. Nunca se vistió así para ti, ¿verdad?
No. Nunca.
En la mansión Anna usaba ropa que Javier ni siquiera recordaba. Nada memorable. Nada que llamara la atención.
Y ahora está aquí brillando como si fuera otra persona completamente.
—Es una hipócrita —dice Mariana—. Durante años actuó como si fuera tan pura. Tan inocente. Tan maltratada. Y míra ahora. Mostrándose como cualquier mujer desesperada por atención.
Javier aprieta la mandíbula.
Porque Mariana tiene razón. Anna nunca se arregló así en la mansión. Nunca usó vestidos. Nunca soltó el cabello. Siempre andaba con esa ropa horrible que parecía sacada de un mercado. Y Javier nunca le dijo nada porque no le importaba. Porque Anna era invisible. Porque no valía la pena. Pero ahora sí se arregla. Ahora sí brilla. Para Leonardo. No para él.
—¿Por qué nunca hizo esto por mí? —dice Javier sin pensar.
Mariana lo mira de reojo.
—Porque no le importabas. Nunca le importaste. Solo estaba esperando la oportunidad de escapar. Y Leonardo se la dio.
Javier siente rabia subir como marea. No sabe si es rabia contra Anna por irse. Rabia contra Leonardo por tenerla. O rabia contra sí mismo por nunca mirarla antes.
Probablemente las tres.
—Deberíamos irnos —dice Mariana, pero esta vez no suena como advertencia. Suena como estrategia.
—No.
—Javier, la gente está mirando.
—Que miren.
—Van a empezar a hablar. Van a decir que tu esposa te dejó por Leonardo Lin. Van a decir que no pudiste mantenerla. Que no fuiste suficiente.
Eso duele más que cualquier otra cosa que Mariana haya dicho.
—Me importa un carajo lo que digan.
—Claro que te importa. Eres Javier Rojas. El CEO de Grupo Rojas. Tu imagen lo es todo.
Javier no responde. Porque en ese momento Leonardo se acerca a Anna y le dice algo al oído. Anna se ríe. Leonardo extiende la mano.
Anna la toma.
Y Leonardo la lleva a la pista de baile.
Javier siente algo romperse en su pecho.
—Mírala —dice Mariana con desprecio—. Actuando como adolescente enamorada. Patética.
Pero Javier no piensa que Anna se vea patética.
Piensa que se ve hermosa.
Piensa que se ve feliz.
Y eso es lo que más duele.
Leonardo pone la mano en la cintura de Anna. Anna pone la mano en el hombro de Leonardo. Se mueven al ritmo de la música como si lo hubieran hecho mil veces.
Como si se conocieran de toda la vida.
Como si hubiera algo entre ellos.
—Probablemente ya se acostaron —dice Mariana tomando otro sorbo de champán—. Apuesto lo que quieras. Mira cómo se tocan. Eso no es de gente que apenas se conoce.
Javier aprieta la copa con tanta fuerza que casi se rompe.
—Cállate.
—¿Por qué? ¿Te duele? —Mariana se ríe—. Qué irónico. Pasaste diez años sin mirarla y ahora que se fue con otro te duele.
—No me duele.
—Claro que sí. Lo veo en tu cara. La estás mirando como si quisieras matarlo a él. O recuperarla a ella. No sé cuál de las dos.
—No sé de qué hablas.
—Yo creo que sí.
Mariana deja la copa en la bandeja de un mesero. Luego se acerca a Javier y baja la voz.
—Pero déjame decirte algo, Javier. Si crees que vas a recuperarla estás más idiota de lo que pensé. Anna ya se fue. Ya encontró algo mejor. Y no va a volver contigo solo porque ahora decidiste notarla.
—No quiero recuperarla.
—Entonces deja de mirarla como si quisieras arrancarle la cabeza a Leonardo.
Javier no dice nada. Porque Mariana tiene razón. Quiere arrancarle la cabeza a Leonardo. Quiere quitarle las manos de Anna. Quiere que Anna deje de reírse con él.
Quiere cosas que no tiene derecho a querer.
La canción termina. Leonardo acompaña a Anna de vuelta. Otro hombre se acerca. Un ejecutivo que Javier reconoce vagamente. Le pide a Anna que baile. Anna acepta.
Y Javier se queda ahí mirando a su esposa bailar con un tercer hombre en una noche.
—¿Ves? —dice Mariana—. No le importas. Para ella ya no existes.
Javier camina hacia el bar. Pide un whisky. Doble. Se lo toma de un trago.
Mariana se queda a su lado en silencio. Pero Javier puede sentir la satisfacción radiando de ella. Mariana está disfrutando esto. Está disfrutando ver a Javier sufrir.
Y lo peor es que Javier no puede hacer nada al respecto.
Porque tiene razón.
Anna ya no lo mira. Anna ya no existe en su mundo. Anna se fue y encontró otro lugar donde brillar.
Y Javier se quedó atrás mirando todo lo que perdió sin saber que lo tenía.
Mariana observa a Javier tomar otro whisky y sonríe ligeramente.
Esto está yendo mejor de lo esperado.
Javier está celoso. Javier está furioso. Javier está mirando a Anna como si quisiera destrozar a cualquier hombre que se le acerque.
Perfecto.
Porque un Javier celoso es un Javier controlable. Un Javier furioso hace estupideces. Y Mariana necesita que Javier haga exactamente eso: estupideces que arruinen a Anna.
Mariana mira a Anna bailar con otro ejecutivo y siente rabia subir por su garganta.
Cómo se atreve. Cómo se atreve a venir aquí brillando como si fuera una estrella. Cómo se atreve a usar ese vestido. Cómo se atreve a sonreír así cuando debería estar destruida en algún rincón llorando por el matrimonio que perdió.
Anna debería estar rota.
Anna debería estar invisible.
Pero en vez de eso está aquí robando la atención de medio salón mientras Mariana se queda de pie al lado de Javier como decoración.
Y eso no va a quedar así.
Mariana ya perdió el intento de matar a la abuela. Carlos desapareció. Los planes se complicaron.
Pero esto es diferente.
Esto es una guerra de imagen. De percepción. De quién brilla más.
Y Mariana sabe exactamente cómo ganar ese tipo de guerra.
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