Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Rechazo
La claridad de la mañana se filtraba suavemente entre las cortinas, tiñendo la habitación de tonos dorados. Abrí los ojos despacio, todavía con la pesadez del sueño aferrada a mi cuerpo. Giré la cabeza y lo vi allí, a mi lado, tan cercano y al mismo tiempo tan lejano: Mathews. Dormía de costado, el cabello revuelto sobre la frente, el gesto tranquilo, la respiración pausada.
Me quedé mirándolo, y algo dentro de mí se rompió. Era mi esposo. El hombre al que había prometido amar hasta el último día de mi vida. Y, sin embargo, lo sentía como un extraño. Una distancia invisible nos separaba, una muralla hecha de silencios, de noches frías, de palabras no dichas.
Pero esa mañana, mi cuerpo no aceptaba resignaciones. Un anhelo feroz ardía en mí. Lo necesitaba, lo deseaba. Más allá del vacío y del dolor, quería recordarme lo que alguna vez tuvimos.
Me deslicé hacia él con cuidado, con la esperanza de no despertarlo bruscamente. Acerqué mis labios a su mejilla y lo besé con suavidad. Luego descendí hacia su cuello, aspirando su aroma masculino, tan familiar y tan ajeno a la vez. Su piel estaba tibia, su respiración se alteró apenas. Me atreví a más: mi mano bajó lentamente por su torso desnudo, acariciando la firmeza de su abdomen hasta rozar, sin rodeos, la erección matutina que confirmaba que al menos su cuerpo aún respondía.
—Por favor... —susurré contra su oído, con una súplica cargada de necesidad.
Él se agitó, abriendo los ojos de golpe, sorprendido por mi atrevimiento. Lo miré con desesperación, buscando en sus pupilas un rastro de aquel hombre apasionado que conocí. Me incliné sobre sus labios, los besé con fuerza, intentando que entendiera lo que yo pedía sin palabras.
Pero su reacción fue un balde de agua helada.
Mathews me tomó de los hombros y me apartó con firmeza. Su gesto no fue de enojo, sino de incomodidad.
—Victoria... —dijo con la voz áspera del sueño interrumpido.
—Te necesito —rogué, mis ojos húmedos, mi voz quebrada—. Por favor...
Él no respondió. Se incorporó, corrió las sábanas con un movimiento brusco y, sin mirarme, caminó hasta el baño. El sonido de la puerta cerrándose fue un golpe seco en mi pecho. Poco después, el agua de la ducha comenzó a correr, como un muro líquido que me separaba aún más de él.
Me quedé inmóvil unos segundos, el corazón hecho trizas. Sentí un ardor en el rostro, mezcla de humillación y tristeza. Apreté los labios para contener las lágrimas, pero la sensación de rechazo era demasiado fuerte.
Me levanté despacio y busqué mi bata de seda. La tela resbaló sobre mi piel, ligera, pero no logró cubrir la desnudez de mi alma. Caminé hacia la puerta, con la cabeza erguida, aunque por dentro me desmoronaba. Crucé el pasillo con pasos firmes, fingiendo que nada había ocurrido, como tantas veces lo hacía.
El resto de la mañana fue una rutina mecánica. Vestirme, maquillarme, prepararme para salir. Mathews no dijo nada cuando bajamos juntos. Ni una mirada, ni una caricia, ni una disculpa. Solo silencio.
El chófer ya nos esperaba afuera. Nos subimos al auto. Yo había planeado pasar el día con mi madre, pero el orgullo herido me impulsó a buscar una excusa para no dejarlo solo. No quería quedarme a merced de mis pensamientos ni tampoco quería darle más espacio para alejarse.
—Iré contigo a la empresa —dije de pronto, rompiendo el silencio dentro del auto.
Él giró apenas la cabeza, sorprendido por mi insistencia.
—No es necesario, Victoria. Quédate con tu madre —respondió en tono seco, sin levantar mucho la voz.
Lo miré fijamente, buscando que entendiera que no era una sugerencia, sino una decisión.
—Quiero acompañarte. —Mi voz fue firme, sin espacio para discusión.
Mathews me sostuvo la mirada apenas unos segundos, como si evaluara mi obstinación. Finalmente, volvió a mirar hacia la ventana, cediendo en silencio. No dijo nada más.
El resto del trayecto transcurrió en una calma densa. El ruido del tráfico parecía llenarlo todo, como una excusa para no tener que hablar. Yo lo miraba de reojo, intentando descifrarlo, preguntándome en qué momento lo había perdido.
Al llegar a la empresa, él se limitó a ajustar el reloj en su muñeca y aclarar su voz.
—Hoy tengo varias reuniones importantes con mis socios. Te aviso cuando termine.
Asentí en silencio, tragando mi orgullo. Me limité a sonreír como la esposa perfecta que todos esperaban ver. Por dentro, la herida seguía sangrando.
Porque esa mañana, con un simple gesto, Mathews me había recordado algo cruel: que podía dormir a mi lado, compartir mi vida, pero ya no me pertenecía.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰