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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Territorios

El nombre estaba ahí, en la tercera página del informe, y Dorian lo leyó tres veces antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Monserrat Bellini. Directora de la Galería Bellini. Contacto principal para el proyecto de colaboración cultural.

Tres veces. Como si la primera no hubiera sido suficiente, como si la segunda necesitara confirmación, como si la tercera fuera para algo que no podía nombrar.

Dejó el informe sobre la mesa y miró por la ventana de su despacho. Milán abajo, gris y ordenada, tan diferente a Florencia. Tan lejos de aquella noche en el balcón, de esa conversación de cuatro frases que llevaba días ocupando más espacio del debido en su cabeza.

—¿Señor D’Angello? La reunión con los Bellini es el jueves. ¿Enviamos a alguien de desarrollo?

La voz de su asistente llegó desde la puerta.

Dorian tardó un segundo en responder.

—Voy yo.

—¿Seguro? Normalmente…

—Voy yo.

Ella asintió y se retiró. La puerta se cerró con un clic suave.

Dorian volvió al informe. El nombre seguía ahí. Las letras no habían cambiado.

No supo explicar por qué había dicho que iría. No era necesario. No era estratégico. No era nada de lo que él solía hacer.

Pero ya estaba dicho. Y, en algún lugar muy al fondo, sabía que lo habría dicho igual aunque hubiese tenido una semana para pensarlo.

El jueves, a las diez de la mañana, el taxi lo dejó frente a la Galería Bellini.

El edificio era exactamente lo que esperaba: fachada del quattrocento, piedra envejecida con dignidad, una puerta de madera maciza que pesaba más de lo que parecía. Florencia en estado puro. Florencia como la querían los turistas y los Bellini.

Entró.

El interior era luz y espacio blanco, el contraste perfecto con la piedra del exterior. Un recepcionista lo saludó, confirmó la cita y le indicó que esperara. Todo muy profesional. Todo muy correcto.

Dorian no se sentó.

Observó las obras de la entrada. Piezas menores, nada que no hubiera visto antes. Su mente las procesaba mientras otra parte de él —la que no controlaba— esperaba.

Luego oyó pasos.

Y ella apareció.

No venía de la sala de reuniones; venía del interior de la galería, de algún lugar donde había estado trabajando. Llevaba el pelo recogido, un jersey negro, pantalones que no eran de vestir sino de estar. No era la mujer del balcón, la del vestido de seda y las perlas. Era otra. Más real. Más cerca.

—Señor D’Angello.

—Señorita Bellini.

Ella extendió la mano. Él la tomó. El saludo duró lo que debía durar. Ni un segundo más.

Pero cuando ella retiró la mano, él notó que el aire de la galería se había vuelto más denso. O más fino. No supo cuál de las dos cosas.

—Por aquí —dijo ella, señalando el pasillo.

La siguió.

Y mientras caminaba detrás de ella, viendo cómo se movía con esa precisión tranquila de quien conoce cada centímetro de su territorio, supo dos cosas con absoluta certeza:

Que aquello era exactamente lo que había temido desde la noche del balcón.

Y que no había venido por el proyecto.

La sala de reuniones era un espacio acristalado al fondo de la galería, con vistas a un pequeño patio interior lleno de limoneros en macetas. Luz natural, mesa de madera clara, sillas que parecían más cómodas de lo que realmente eran.

Monserrat indicó a Dorian dónde sentarse y ocupó su lugar a su lado, no enfrente. El lado de las reuniones donde se colabora, no donde se compite.

Él lo notó. Ella lo vio notarlo. No dijeron nada.

—Bien —dijo ella, abriendo la carpeta—. La propuesta de la fundación D’Angello. Había pensado que empezaríamos por los objetivos generales y luego…

—Dígame qué es lo que no le gusta.

Monserrat levantó la vista.

—Disculpe.

—De la propuesta. Lo que no le gusta. Quiero saberlo primero.

Ella lo miró un momento. Él sostenía la mirada con esa facilidad de quien está acostumbrado a hacer preguntas incómodas.

—No he dicho que haya nada que no me guste.

—No hace falta decirlo.

—¿Entonces?

—Entonces dígamelo.

Monserrat dejó la carpeta sobre la mesa. El gesto era neutro, pero sus dedos se demoraron un segundo en el borde del papel.

—El presupuesto para la instalación audiovisual es bajo —dijo—. Para lo que ustedes proponen, necesitaríamos el doble. O no hacerlo.

—Hecho.

—¿Hecho?

—El doble. Siga.

Ella lo miró otra vez. Esta vez el silencio duró un poco más.

—También hay un problema con los plazos. Proponen un montaje en tres semanas y eso es imposible si queremos hacerlo bien.

—¿Cuánto necesita?

—Cinco.

—Cuatro. Negociamos en cuatro y media.

Monserrat casi sonrió. Casi. Pero lo contuvo a tiempo.

—Cuatro y media —repitió.

—¿Algo más?

Ella miró la carpeta. Luego a él. Luego la carpeta otra vez.

—La selección de artistas. Hay uno que no encaja.

—¿Cuál?

—El alemán. El de las esculturas en resina. No es malo, pero no es para este espacio.

—De acuerdo.

—¿Así, sin más?

Él se recostó en la silla. El gesto era relajado, pero los ojos seguían fijos en ella.

—Usted conoce su galería mejor que yo. Si dice que no encaja, no encaja.

Monserrat pasó un dedo por el borde de la carpeta. El papel, liso y frío.

—Normalmente estas negociaciones duran semanas —dijo.

—Normalmente no trabajo con personas que saben lo que hacen.

Ella sostuvo la mirada. Él también.

—Bien —dijo ella—. Entonces tenemos un acuerdo.

—Parece que sí.

Ella asintió. Cerró la carpeta. El movimiento era eficiente, profesional, el de alguien que da por terminada una reunión.

Pero no se levantó.

Y él tampoco.

La pausa duró tres segundos. Quizá cuatro.

—La instalación de la sala norte —dijo ella, señalando detrás de él—. La están rehaciendo. La próxima semana estará lista para visitas.

—Me gustaría verla cuando esté terminada.

—Claro. Puedo avisarle.

—Gracias.

Otra pausa. Más corta.

—Esa pintura —dijo él, señalando una obra en la pared del fondo—. El paisaje. ¿Es de Morelli?

Monserrat giró la cabeza hacia donde señalaba. Un pequeño óleo, casi escondido entre obras más grandes. Un paisaje de colinas al atardecer, con esa luz que solo los pintores del novecento sabían capturar.

—Sí —dijo—. ¿La conoce?

—La he visto antes.

—¿Dónde?

Él no respondió de inmediato. Miró la pintura un momento, como si decidiera cuánto decir.

—En otro contexto —dijo al final.

—¿Qué contexto?

—Uno que ya no existe.

Monserrat se quedó quieta. La frase quedó suspendida entre ellos, pequeña y enorme al mismo tiempo.

—Esa pintura lleva treinta años en esta galería —dijo ella.

—Lo sé.

—¿Cómo puede haberla visto en otro contexto?

Él la miró entonces. Directamente. Con esa intensidad que ella recordaba del balcón, de la noche de la gala, de los sueños que no podía nombrar.

—Hay lugares que uno conoce antes de haberlos pisado —dijo—. Hay cuadros también.

Ella no respondió.

No porque no tuviera nada que decir, sino porque las palabras que tenía no eran las que se dicen en una reunión de trabajo.

El apretón de manos al final fue lo más normal del mundo.

Él se levantó, ella se levantó, él extendió la mano, ella la tomó. Un saludo. El final de una reunión. Nada más.

Pero cuando la mano de él envolvió la suya, Monserrat notó la temperatura. Más cálida de lo que esperaba. La presión justa, ni demasiado fuerte ni demasiado suave. La textura de la piel, ligeramente áspera en las yemas, como la de alguien que toca cosas, no solo papeles.

Dos segundos. Tal vez tres.

Luego él soltó, asintió, dio media vuelta y salió.

Monserrat se quedó donde estaba, con la mano todavía en el aire, como si esperara que volviera algo que ya no estaba.

La puerta se cerró.

Ella bajó la mano.

Y se dio cuenta, con una claridad incómoda, de que había estado conteniendo la respiración.

La galería estaba en silencio cuando salió de la sala de reuniones.

Los pasos de él ya no se oían. El recepcionista, en su puesto, leía algo en la pantalla. Las obras colgaban en las paredes como si nada hubiera pasado.

Monserrat caminó hacia el fondo, hacia la sala norte, hacia donde estaba la pintura de Morelli.

Se detuvo frente a ella.

Colinas al atardecer. La luz, ese dorado que los pintores del novecento habían perseguido durante años. El cielo, apenas unas nubes; un azul que se volvía violeta en el horizonte.

Treinta años en esta galería. Toda su vida viéndola, pasando frente a ella cientos de veces, sin detenerse realmente.

Uno que ya no existe.

¿Qué significaba eso?

Apoyó la punta de los dedos en el marco. La madera, fría, lisa. El mismo marco de siempre.

Pero ahora, frente a esa pintura, algo era diferente.

No sabía qué. No quería saberlo.

Aun así se quedó ahí, con los dedos en el marco, mirando las colinas, sintiendo en la palma el recuerdo de un calor que ya no estaba.

Esa noche, Alessandro la recogió en la galería.

Llegó puntual, como siempre, con una chaqueta que no necesitaba y una sonrisa que sí. La besó en la mejilla, le preguntó por el día, dijo que había reservado mesa en ese restaurante del Oltrarno que a ella le gustaba.

—¿Cansada? —preguntó él en el coche.

—Un poco. Reuniones.

—¿Todo bien?

—Sí. Todo bien.

Él asintió y siguió conduciendo. Las luces de Florencia pasaban por la ventanilla: los mismos puentes, las mismas plazas, las mismas calles de siempre.

Cenaron. Comieron pasta, bebieron vino, hablaron de cosas sin importancia. Él le contó una anécdota de la oficina, algo sobre un becario que había intentado impresionar al jefe y había terminado metiendo la pata. Ella rió en los momentos correctos, hizo comentarios en los silencios correctos, fue exactamente quien debía ser.

Después del café, él pidió la cuenta. Mientras esperaban, tomó las manos de ella sobre la mesa.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó—. Hoy te noto… no sé.

—Estoy bien —dijo ella—. De verdad.

Él apretó sus manos un momento. Las suyas, calientes, familiares, conocidas.

—Me alegra.

Monserrat lo miró. La luz del restaurante caía sobre su rostro, sobre su sonrisa, sobre sus manos entrelazadas con las de ella.

Y pensó en otras manos.

El pensamiento apareció antes de que pudiera detenerlo. Manos más grandes. Más cálidas. Una presión distinta. Unos segundos que no habían terminado de irse.

—¿Monse?

—Sí. Perdón. Me distraje.

Él sonrió. Pagó la cuenta. La ayudó con la chaqueta. Salieron del restaurante cogidos de la mano.

En el coche, de vuelta a la villa, Monserrat miró las luces de Florencia a través de la ventanilla. Las mismas luces de siempre. La misma ciudad. La misma vida.

Pero cuando llegó a su habitación, cuando se quitó los zapatos y se sentó en la cama sin encender la luz, levantó la mano y la miró.

La palma, vacía.

Y se quedó así, observándola, mucho más tiempo del necesario.

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Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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