Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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EL DESCUBRIMIENTO
Alexander Montenegro llegó a la oficina como cada mañana.
Exactamente a las ocho.
El edificio funcionaba con la precisión de un reloj suizo. Todo estaba en orden: los pasillos impecables, el silencio profesional del piso ejecutivo y el aroma familiar del café recién hecho llenando el aire.
Nada fuera de lugar, nada debe estar imperfecto.. todo dentro de esas paredes deber estar perfecto se tiene que dar esa imagen.
Nada diferente.
O al menos eso parecía.
Entró a su oficina sin detenerse, dejando el saco sobre el respaldo de la silla mientras revisaba mentalmente la agenda del día.
Papeles organizados.
Tableta encendida. Correspondencia clasificada. Todo exactamente como le gustaba.
Pero ella no estaba allí. Alexander frunció apenas el ceño. Era extraño.
Monserrat siempre estaba antes que él.
Se sentó, tomó el café que ella siempre le lleva y dio un pequeño sorbo cuando la puerta se abrió.
—Buenos días, señor Montenegro.
Su voz.
Alexander giró la cabeza.
Y la vio.
Una leve sonrisa apareció en su rostro antes de que pudiera evitarlo.
Monserrat estaba de pie frente a él, profesional como siempre, sosteniendo una carpeta contra el pecho.
Se levantó sin pensarlo. Se acercó. La tomó suavemente del rostro y la besó.
Un beso breve.
Natural.
Como si ya fuera parte de su rutina, como si cada día lo hubiera hecho, como si su rutina...
—Buenos días.
murmuró contra sus labios.
Regresó a su silla acomodándose con tranquilidad.
Ella comenzó inmediatamente.
—Su itinerario del día, señor.
En veinte minutos tiene reunión con los accionistas principales…
Alexander intentaba escuchar.
Pero su atención volvió a desviarse. Sus ojos recorrieron su figura.
La forma en que el uniforme marcaba discretamente su silueta.
La manera en que se movía mientras hablaba.
Su mente dejó de procesar números, contratos o inversiones.
Solo ella.
—Monserrat...
—Si señor.
—¿Te siente cómoda con el nuevo uniforme?
—Si señor.
—Acércate.
dijo de pronto.
Monserrat dudó apenas un segundo, pero obedeció.
Alexander se levantó nuevamente.
La atrajo hacia él y volvió a besarla.
Esta vez el beso fue más intenso. Más firme. Posesivo.
Sus manos rodearon su cintura mientras profundizaba el contacto, como si necesitara recordarse que estaba allí.
Que era real.
Pasaron segundos… quizá minutos.
Hasta que ella se separó ligeramente.
—Tiene una reunión, señor.
Alexander apenas respiraba.
—Eso puede esperar, estoy ocupado en estos momentos.
y siguió besándola suave.
Ella negó suavemente y le puso la mano en el pecho para que pare.
—En el trabajo no podemos…
La frase no terminó.
El cambio en su expresión fue inmediato.
Alexander se tensó.
La soltó.
El recuerdo de sus propias reglas golpeó su orgullo.
—Ve a preparar la sala.
dijo con frialdad.
Monserrat asintió y salió.
La reunión duró cuatros horas.
cuatro horas en las que Alexander habló, negoció y tomó decisiones millonarias sin cometer un solo error.
Pero su mente regresaba constantemente a la misma imagen.
Ella alejándose. La distancia en su voz. Algo no encajaba.
Cuando volvió a su oficina, se detuvo antes de entrar.
Monserrat estaba en su escritorio, completamente concentrada en unos documentos.
No lo había notado. El cabello cobrizo caía sobre su rostro mientras escribía.
Parecía absorta en su trabajo.
Distante.
Demasiado distante para el.
Alexander sintió una incomodidad difícil de nombrar.
se acerco sin hacer ruido.
—Es hora de almorzar.
Ella levantó la mirada.
—Estoy ocupada, señor.
Él sostuvo su mirada.
—Vas a almorzar conmigo.
Su tono fue autoritario.
Silencioso.
—¿Fue lo que dije?
Monserrat bajó ligeramente la cabeza.
—Sí, señor Montenegro.
Minutos después salían del edificio.
Alexander abrió la puerta de su Lamborghini blanco antes de que ella pudiera hacerlo.
El motor rugió suavemente mientras avanzaban por la ciudad.
El restaurante era elegante, exclusivo.
Todo transcurrió en silencio al principio. Hasta que él habló.
—¿Cómo siguen tus tíos?
Monserrat levantó la vista.
—Los doctores dicen que hay buenas noticias.
Alexander asintió.
—¿Y la universidad?
—Va bien… gracias.
El almuerzo continuó tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Ella respondía. Pero no iniciaba conversación. Y Alexander lo notaba y sentia una incomodida en el pecho.
De regreso a la oficina, la llamó nuevamente. Cuando entró, la tomó suavemente y la besó otra vez.
Esta vez lento.
Distinto.
Casi cuidadoso.
Monserrat se separó primero.
—Debo volver a mis labores.
Lo miró directamente.
—Usted mismo dijo que en la oficina no debían ocurrir estas cosas.
Alexander soltó una media sonrisa.
La dejó ir. Pero algo dentro de él no se sentía satisfecho. La sentía lejos.
Como si estuviera allí solo por obligación. Las horas pasaron. El edificio comenzó a vaciarse.
Alexander revisaba documentos distraídamente cuando vio el sobre médico sobre su escritorio.
El informe de la ginecóloga.
Lo había ignorado días antes.
Lo abrió finalmente.
Leyó.
Y siguió leyendo.
Su cuerpo se quedó inmóvil.
Las palabras parecían repetirse.
Paciente sin historial de actividad sexual.
Alexander se puso de pie de golpe.
—No…
Su mente regresó instantáneamente a la noche anterior.
A cada recuerdo.
A cada reacción de ella.
A su rigidez.
A sus lágrimas.
Y entonces entendió.
El clic fue brutal.
Recordó que su cuerpo nunca se relajó completamente.
Que no hubo respuesta real.
No la sintió libre bajo el placer,
Que ella jamás tembló bajo de él como otras mujeres.
—¿Cómo no me di cuenta…?
El aire se volvió pesado.
La imagen de él mismo atravesó su mente.
Ella.
El dolor en su rostro.
Su silencio.
Alexander lanzó los papeles contra el suelo.
—¡No!
Golpeó el escritorio, tirando todo lo que estaba encima.
Carpetas.
Vasos.
Documentos.
Respiraba con dificultad.
Salió de la oficina inmediatamente.
Necesitaba verla.
Necesitaba hablar con ella.
Pero al llegar al escritorio…
Estaba vacío.
Se había ido, sin despedirse.
Alexander cerró los ojos con fuerza.
—Maldición…
Caminó de un lado a otro.
Quería salir corriendo a buscarla.
Subir al auto.
ir a su apartamento.
Pero se detuvo.
No.
No quería asfixiarla, no debia hacerlo.
No después de lo que había hecho.
Se pasó las manos por el rostro.
Por primera vez en mucho tiempo… Alexander Montenegro no sabía qué hacer.
Y esa sensación lo golpeó más fuerte que cualquier pérdida empresarial.
Se dejó caer en la silla.
El silencio de la oficina fue absoluto.
Solo una idea repetía en su mente.
¿Qué hice?
¿Como no me di cuenta?
¿Por que ella no le dojo?
¿Por que no le dijo que estaba incomoda?