Giselle O'Connor huyó de un pasado que casi la destruye y encontró refugio bailando cada noche en el club Eclipse, donde solo en el escenario logra sentirse libre. Su mundo cambia cuando la mirada fría y poderosa de Dexter Müller, el líder de la mafia más temida de la ciudad, se fija en ella. Lo que empieza como una obsesión silenciosa se convierte en un vínculo prohibido lleno de deseo, peligro y salvación.
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NO HAY NADA SOBRE ELLA
Era casi medianoche cuando finalmente llegué al apartamento. No tenía intención de dormir todavía. No mientras esa mujer siguiera rondando mi cabeza como una melodía imposible de quitar.
Me dejé caer en el sillón, encendí la lámpara y tomé el portátil.
Si no obtuve información por parte de Ross, entonces la buscaría por mi cuenta.
Abrí varias bases de datos: registros públicos, permisos laborales, denuncias, redes. Nada invasivo… aún. Solo recopilación básica.
Tecleé:
Milene — Alemania — Club Eclipse.
Cero resultados relevantes.
Probé con combinaciones.
Milene dancer. Milene Eclipse. Milene Berlin blonde.
Nada.
Fruncí el ceño. Era raro… demasiado raro.
Busqué imágenes, caras similares. Algoritmos de reconocimiento. Comparé con la foto mental que tenía de ella, aunque sabía que esa no era su cara real: peluca, lentes… había algo detrás de todo eso. Algo que quería descubrir.
Volví a intentar:
Mylene.
Milen.
El sistema seguía devolviendo un enorme y frustrante vacío.
—¿Qué escondes, rubia? —murmuré.
Cerré el ordenador unos segundos, pasándome la mano por el cabello. Me estaba volviendo idiota por alguien cuyo apellido ni siquiera conocía.
Antes de poder seguir, mi puerta se abrió sin tocar —como siempre— y Sergei entró con cara de que llevaba horas buscándome.
—Hermano, ¿dónde diablos estabas? —soltó, dejándose caer en la silla de enfrente—. Te llamé tres veces.
—Estoy ocupado —dije, volviendo a abrir el portátil.
Sergei arqueó una ceja.
—¿Investigando a la bailarina?
No respondí. Mi silencio fue suficiente.
Él se rio mientras dejaba unos documentos en la mesa.
—Bien, deja eso por un segundo. Hay cosas que debemos organizar. La Mesa Negra será en dos meses. Ya nos confirmaron asistencia los italianos, los rusos y los franceses.
Me froté la mandíbula, centrando mi mente.
La Mesa Negra era la reunión anual donde las principales mafias del continente pactaban acuerdos, límites y… a veces… amenazas disfrazadas de diplomacia. Un circo elegante lleno de serpientes.
—¿Quién la dirigirá este año? —pregunté.
—Tú —respondió Sergei con obviedad—. Como siempre.
Asentí. No era nuevo. Pero cada vez cargaba más peso.
—Necesitamos reforzar seguridad —añadió él—. Y hablar con Aleska para que prepare los documentos.
Alcé la mirada.
—¿Mi hermana está bien?
Sergei sonrió, ese tipo de sonrisa que solo le salía cuando hablaba de ella.
—Mejor que nunca. Está trabajando con los informes. Y, por cierto… dijo que si vuelves a desaparecer del mapa, te va a romper la cara.
Solté una risa baja.
—Dile que lo intente.
Sergei negó con la cabeza, divertido.
—En serio, Dex. Ella se preocupa. Y más ahora que Daxton está por volver.
Mi pecho se tensó un segundo al escuchar el nombre de mi gemelo.
—¿Qué dijo el médico? —pregunté con seriedad—. ¿Está bien para viajar?
—Sí. Ya está recuperado. Solo necesitaba tiempo…
Tiempo después de lo que hicieron esos hijos de puta, pero esa es otra historia.
Asentí, más tranquilo.
—Cuando llegue, él se quedará con todo el manejo legal —continuó Sergei—. Así podrás concentrarte en lo que realmente te corresponde.
—La parte sucia —respondí con un medio sonrisa.
—Exacto.
Se levantó finalmente, tomándose el último sorbo de su bebida.
—Te dejo. Mañana hablamos de la delegación alemana. Necesitan revisiones de contrato.
—Perfecto.
Sergei caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.
—Dex…
—¿Qué?
—No te metas en un lío con esa mujer —advirtió—. Se te ve en los ojos que vas directo.
Lo miré en silencio.
—Nos vemos mañana —respondió simplemente.
Cuando cerró la puerta, volví a quedarme solo.
Abrí de nuevo el portátil, incapaz de evitarlo.
Su imagen en el escenario me volvió de golpe:
Sus caderas moviéndose al ritmo de la música, su piel brillando bajo las luces, la fuerza de sus brazos, la precisión de cada gesto… no era una bailarina común. Era poderosa. Elegante. Hipnótica.
Pero lo que más me había atrapado no era su baile.
Era su mirada cuando habló conmigo.
Ese desafío contenido. Esa fuerza triste que intentaba ocultar. Ese muro.
Quise derribarlo. Quise ver quién era sin la peluca, sin los lentes, sin esa máscara que llevaba puesta.
Volví a buscar. Cualquier rastro. Una foto. Un registro. Cualquier cosa.
No apareció nada.
Cómo si no existiera.
O como si estuviera escondiéndose.
Apoyé los codos sobre mis rodillas, entrelazando las manos.
—¿Quién diablos eres… Milene? —susurré al vacío de la habitación.
Cerré el portátil.
Pero la pregunta siguió consumiéndome incluso con las luces apagadas, incluso cuando intenté dormir.
Porque lo sabía.
Algo en mí lo sabía desde el instante en que la vi.
Esa mujer tenía una historia. Una sombra detrás.
Y yo… iba a encontrarla.
Fuera como fuera.