Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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La promesa
Desperté entre los brazos de Arturo, sintiendo su calor, su respiración tranquila y los recuerdos de una noche mágica. Por un momento, el techo de la enorme habitación no parecía el de una celda de lujo, sino el de un refugio. Me quedé inmóvil, temiendo que cualquier movimiento rompiera el hechizo y me devolviera al hombre de acero y protocolos médicos que me había atormentado el día anterior. Sin embargo, cuando Arturo se removió y sus brazos me apretaron con suavidad contra su pecho, supe que el cambio era real.
—Buenos días —susurró él, con la voz todavía ronca por el sueño. No había rastro de urgencia en su tono.
—Buenos días —respondí, atreviéndome a mirarlo. Sus ojos oscuros no tenían esa barrera analítica; había una paz en ellos que me desarmó.
Ese día, Arturo decidió que el mundo podía esperar. Canceló sus citas en la clínica y apagó su teléfono personal, dejando solo encendida la línea de emergencias. Fue un día distinto, uno en el que no hubo menciones al contrato, ni a la herencia, ni a las sombras de Alan y Erika que siempre parecían acechar en las esquinas de nuestras conversaciones.
Desayunamos en el balcón, frente al jardín que despertaba a pesar de nuestra guerra privada. Arturo se encargó de todo, moviéndose con una soltura que me estremeció, parecía que el peso del apellido Villegas ya no era tan pesado. Hablamos de cosas triviales: de sus años de estudio en el extranjero, de mis sueños de pintar que habían quedado enterrados bajo las facturas médicas de mi madre, y de cómo, irónicamente, ambos nos sentíamos extraños en nuestras propias familias.
—A veces olvido que hay una vida fuera de las juntas directivas y los hospitales —comentó Arturo, observando el horizonte—. Contigo, Daniela, el silencio no se siente vacío. Se siente... necesario.
Por un instante, me permití creer que esto era real. Que no era una estrategia para que mi cuerpo estuviera "relajado" para la concepción, sino un hombre intentando conectar con su esposa. Salimos a caminar por un parque cercano, protegidos por su seguridad pero manteniendo una distancia que nos permitía sentirnos como cualquier otra pareja. Arturo sostenía mi mano con una delicadeza que me hacía olvidar el hematoma que ya casi había desaparecido de mi brazo.
Sin embargo, el destino tiene una forma cruel de recordarnos nuestras deudas.
Al regresar a la casa, el ambiente cambió. La señora Felicia, el ama de llaves nos recibió con una expresión de preocupación que hizo que la sangre se me helara. Sobre la mesa de la entrada, había un sobre de seda color crema, con el sello de la familia Stevens.
—Lo trajo un mensajero hace una hora, señor —dijo ella, evitando mi mirada—. Dice que es para la señora Daniela.
Arturo tomó el sobre. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo el oasis que habíamos construido durante el día empezaba a evaporarse. Lo abrió con un movimiento seco. Dentro, no había una carta de amor fraternal, sino una invitación formal a una "Cena de Celebración Familiar" en la mansión Stevens para esa misma noche. En el margen, una nota escrita con la letra elegante y afilada de Erika decía: “No podemos esperar para celebrar al nuevo heredero. Papá tiene una sorpresa para ti”.
—Es una trampa —sentenció Arturo, su voz recuperando ese tono gélido que me hacía temblar—. Saben que mentimos frente al abuelo. Quieren exponerte en su terreno, Daniela.
—No tengo que ir, Arturo. Puedo decir que me siento mal —dije, sintiendo que el pánico volvía a instalarse en mi garganta.
Arturo me miró, y por un segundo vi una lucha interna en sus ojos. Quería protegerme, quería decirme que nos quedáramos en nuestra burbuja, pero el hombre de negocios dentro de él ganó la batalla.
—Si no vamos, confirmaremos sus sospechas. Si el heredero es real, no tendrías por qué esconderte. Iremos. Pero no irás sola.
El resto de la tarde fue un torbellino de preparativos que borró cualquier rastro de la paz de la mañana. Arturo volvió a ser el mismo hombre frío preparando a su tropa. Llamó a su sastre personal para que trajeran un vestido que fuera "impecable y blindado", algo que gritara estatus y seguridad. Me observaba mientras me arreglaban, pero ya no con la ternura de la cama, sino con la vigilancia de quien cuida una inversión de alto riesgo.
—Escúchame bien, Daniela —me dijo mientras me ayudaba a colocarme un collar de diamantes que pesaba como una cadena—. Erika intentará provocarte. Alan intentará buscar grietas en nuestra historia. No bebas nada que no te sirva yo mismo. No te separes de mí ni un segundo. Esta noche, ese bebé inexistente tiene que ser la verdad más absoluta de esa casa.
Me miré al espejo. El vestido era hermoso, de un verde esmeralda que resaltaba mis ojos, pero mi rostro estaba pálido. La magia de la noche anterior se sentía ahora como un sueño lejano. Arturo se colocó detrás de mí, sus manos descansando en mis hombros.
—Sé que tienes miedo —susurró contra mi cabello, y por un breve segundo, el hombre de la mañana volvió a asomarse—. Pero recuerda que ya no estás en esa casa. Ellos no podrán lastimarte para conseguir más poder. Eres una Villegas. Y yo no voy a dejar que te toquen.
Esa promesa fue lo único que me mantuvo en pie mientras subíamos al auto. El día distinto había terminado, y la guerra familiar reclamaba su lugar. Arturo conducía hacia la mansión Stevens con una determinación feroz, y yo, apretando mis manos sobre mi vientre aún vacío, me preguntaba si seríamos capaces de sostener la mentira frente a los ojos llenos de odio de mi propia hermana.
El oasis se había secado, y lo que nos esperaba al final del camino era un nido de serpientes hambrientas de nuestra caída.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades