Dos personas muy distintas colisionan en una empresa, debido a sus diferentes formas de ver la vida, y en el proceso se encuentran a ellos mismos; gracias a una lista.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Becky
Mientras escribo juro que aún puedo saborear esa deliciosa comida. No sé cómo el nuevo consiguió engañar a la señorita amargura. Comenzó a hablar con ella de cualquier cosa hasta que nos dejó ir sin más preguntas. Cuando por fin nos dejó libres, caminamos a mi lugar secreto en la empresa y comimos esas delicias.
Creo que es primera vez que veo al chico Smith tan relajado, incluso pude verlo reírse.
Ahogo un suspiro.
Es un hombre muy guapo, y lo mejor es que ni siquiera es consciente de ello. De hecho estoy segura que nuestra jefa no le dijo nada por lo mismo. No puede evitar comérselo con los ojos.
Me giro para mirar qué hace, pero lo descubro mirando en mi dirección, sonríe, y vuelve al trabajo.
Rio suavecito. Nuestra aventura por comida fue muy entretenida.
Me obligo a concentrarme y a terminar el último informe del día, debo completar mi cuota y superarla si quiero ese bono que irá directo a mi cuenta de ahorro.
–Faltan seis minutos, debes irte. –Me giro y veo al nuevo, mirándome.
–Hoy no, guapo. Hoy me quedo hasta el final. Es martes, no trabajo en el restaurante.
Mueve su silla hacia mi escritorio. Miro su computador y este ya se encuentra apagado. Creo que ya dio por terminada su jornada laboral.
Vuelvo mis ojos a la pantalla y comienzo a tipear el fin de la conclusión.
–¿Qué días trabajas en otros lados?
–Los lunes, miércoles y viernes en el restaurante. Y siempre que puedo tomo turnos extras. Los sábados trabajo en el casino –susurro, eso él ya lo sabe y no quiero volver a hablar de ello.
–Entiendo –susurra distraído.
Cierro el informe y lo subo al sistema.
–Ahora sí estoy lista.
–Esto es tuyo –dice dejando los 30 dólares sobre mi escritorio.
Miro el dinero y por primera vez en mi vida no se siente bien.
–No creo que sea necesario, nuevo, si no fuera por ti y tu labia, Elena nos habría despedido a los dos.
Niega con la cabeza, tercamente. –Apostamos.
–Lo sé, pero…
–La apuesta era sobre si podíamos comer gratis comida del casino vip, lo hicimos –me recuerda y yo sonrío.
–Lo sé, pero ayer me compraste el almuerzo… Dejémoslo así, ¿vale?
Su ceño se frunce y sé que está pensando en algo.
–¿Qué te parece si estos 30 dólares te los pago para que me enseñes a silbar? No quiero llegar a mis 30 años sin tener esa habilidad.
Sonrío. –Sí, diría que es algo triste que incluso hayas llegado a tu edad sin dominar el silbido. –Cojo el dinero y lo
guardo en mi mochila. Se irán directo a mis ahorros–. Acepto.
Ambos cogemos nuestras cosas, y como todos, salimos del edificio.
Amo los días que no tengo que correr.
Cuando veo que el nuevo no camina hacia el estacionamiento como la mayoría, me detengo.
–¿Eres del equipo sin auto como yo?
–Algo así –dice nervioso–. Está en el taller… hace semanas ya.
–Lo siento. ¿Dónde vives?
–Hacia el este –responde sin mirarme.
–Yo también. Los días que no trabajo no me gusta correr, y prefiero ir caminando.
–Me gusta caminar –dice y esta vez me mira.
–Genial, te enseñaré un atajo.
Cuando llevamos un par de cuadras comienza a oscurecer, hoy ha estado nublado y el invierno está cerca. Me abrazo al sentir un poco de frío.
Cuando llego a mi atajo, el nuevo se detiene y comienza a negar con la cabeza.
–¿Estás loca? ¡Ese es el cementerio!
–¿Estás seguro? Que extraño, siempre pensé que era un parque.
Pone los ojos en blanco. –El sarcasmo no te queda.
–No seas miedoso.
–No lo soy, soy respetuoso. Además está cerrado.
–¡Pero si la reja apenas alcanza el metro!
–Debe haber guardias.
–Sí, probablemente, pero el lugar es gigantesco, es muy poco probable que nos topemos con alguno.
Sin esperar su respuesta salto la reja y lo miro del otro lado.
–No puedo creer que vaya a hacer esto –dice saltando la reja en un ágil movimiento.
–No fue para tanto, ¿verdad?
No me contesta, simplemente se dedica a mirar a su alrededor. Cuando se gira me acerco despacio a él.
–Buu –lo asusto tocando su espalda.
Da un salto. –No empieces o te juro que me devuelvo y te dejo sola –amenaza.
–Camino por aquí siempre, guapo.
–Podrías decirme Steve alguna vez.
–Steve –digo poniendo los ojos en blanco–. Me gusta más decirte guapo.
–Pues a mí me gustaría llamarte enana fastidiosa y no lo hago. Al menos no delante de ti –bromea.
Mi boca cae abierta.
–¡No sabía que sabías bromear! Una cosa menos que enseñarte. Si yo te digo Steve tú me tienes que llamar Becky o Rebeca –le pido. Creo recordar que siempre me ha llamado por mi apellido.
–Está bien –dice caminando hacia el interior del cementerio.
Cuando llevamos unos cinco minutos caminando, veo la tumba en la que me gusta sentarme. Corro delante de él y me siento.
–¡¿Qué haces?! Sal de ahí.
–Es mi sitio –digo y por molestarlo más me acuesto en la lápida.
–Dios santo, estás completamente loca. Y yo lo estoy más por acompañarte.
–Pues sí –admito–. Ahora, lo importante. Debo enseñarte a silbar.
–No aquí –masculla.
–Aquí hay silencio, es el mejor lugar. Siéntate conmigo –le pido, golpeando la lápida a mi lado.
Niega con la cabeza. –Ni aunque me pagues.
Suspiro.
–Siéntate en el suelo si quieres. Anda, déjame enseñarte. Cuando por fin pueda salir de esta ciudad y tú te quedes varado en ese horrible trabajo, te acordarás de la chica que te enseñó una de las habilidades
más importantes.
–No necesito que me enseñes nada para recordarte, créeme –dice poniendo los ojos en blanco.
Me rio.
–Eres gracioso. Quién lo diría.
–Si lo dice la reina de la comedia –murmura sentándose en el suelo, mirando a cada segundo para atrás.
–Lo primero que tienes que hacer es soplar. –Lo hace inflando las mejillas–. Ahora sin inflar las mejillas. –Lo hace y ambos escuchamos el sonido suave que sale de sus labios. –Muy bien, ahora coloca los labios como si le fueras a dar un beso a alguien. Un beso tierno, no un beso francés– le explico estirando mis labios.
–Esto es tonto –dice pero lo hace y después de varios intentos logra mantener un silbido, que si bien se escucha bajo, es largo en duración.
–Muy bien, estudiante. Practica y luego te enseñaré a seguir melodías y a usar tus dedos.
–¿Usar mis dedos?, ¿para qué?
–Para silbar –respondo sonriendo–. ¿Para qué más usarías tus dedos?
Steve me mira sonriendo de lado y ambos nos carcajeamos de nuevo.
–Estamos en horario de niños, ¿sí? No te pongas pornográfico –lo acuso sin dejar de sonreír.
–Tú empezaste –me devuelve poniéndose de pie.
Cuando seguimos caminando, lo miro de soslayo. –Deberías sonreír más a menudo, te queda bien.
–Te lo dije, no soy muy risueño.
–Lo sé, pero deberías hacer cosas que te proporcionen alegría. Prométeme que no te convertirás en un anciano amargado de esos que no les devuelven las pelotas a los niños.
Sonríe.
–Lo prometo.
Suspiro agradecida.
–¿No te da miedo caminar por aquí sola? –pregunta curioso.
–No, estoy acostumbrada a estar sola.
–Sí, yo también, aunque mi familia no me deja alejarme demasiado. Me mudé hace años para tener un poco de tranquilidad, pero mi hermano siempre me invita a su departamento. Y mis papás insisten en reunir a todos en la casa por lo menos una vez a la semana.
–¿Cuántos hermanos tienes?
–Sólo el que conociste. No lo viste en su mejor momento. Él también te hubiese defendido. Alan es un buen hombre, aunque aún no conoce su límite con el alcohol.
–Yo lo descubrí a los 20 años –digo al recordar ese desastre.
–Yo aún no lo sé.
–¿Qué? No sabes silbar, no conoces tu límite con el alcohol, ¿de dónde demonios saliste?
–No me gusta beber.
–Por supuesto que no –digo y pongo los ojos en blanco–. Supongo que tampoco te gusta salir a divertirte, bailar, cine, ferias.
–No.
Lo miro y sacudo mi cabeza, eso es triste. Es como esos chicos que viven con padres muy religiosos o que vienen de alguna comunidad amish. Quizá sea eso.
–¿Tus padres son religiosos?
Suelta una risotada. –Para nada.
–¿Entonces…? –dejo mi pregunta sin formular.
–Te lo dije, no me gusta beber, ni los excesos. Además hay otras formas de divertirse.
–¿Cómo cuáles? Y no me digas que trabajar porque soy capaz de asesinarte y dejarte en una tumba.
Ríe suavecito.
–Me gusta trabajar. Me encantaba estudiar cuando estaba en la universidad. ¿Qué tiene eso de malo?
–Nada, guapo, pero no es diversión. No te desagrada, lo entiendo, pero necesitas encontrar algo que te divierta, que te quite el estrés. ¿Qué harías si tuvieras la peor semana de tu vida?, ¿dónde irías?
Me mira mucho rato y luego baja su cabeza, desanimado.
–No lo sé.
–Te ayudaré a averiguarlo. Me quedan dos meses aquí, quizá un poco más. Probaremos de todo hasta que encuentres el lugar dónde te puedas refugiar cuando las cosas van mal.
Encoge sus hombros. –Como quieras, no soy yo quién perderá su tiempo.
–No perderé mi tiempo, yo también me divertiré. Quizá así no me llevaré un recuerdo tan malo de esta ciudad.
Sus ojos se clavan en los míos. –Está bien, lo haremos, pero ¿cómo piensas hacer eso con tus pocas horas libres? Tienes que dormir también.
Resoplo. –Dormir está sobrevalorado. Además tenemos las noches de los martes y jueves. El sábado después de las 9 de la noche, y los domingos.
–Es tu tiempo, supongo.
–Empezaremos este jueves, ya te diré lo primero que haremos. ¡Será divertido! –exclamo aplaudiendo–. Mira, ya casi salimos. Ves que no fue tan terrible. Debes confiar más en mí.
Se detiene y me mira fijamente.
–Voy a confiar en ti, Rebeca, pero cuando te diga que no me siento cómodo con algo, debes escucharme.
–Lo juro.
Esto será divertido.
Felicitaciones autora!!!!
Es tan tan hermosa que no encuentro las palabras justas y acordes a esta preciosa historia ... Original, romántica, entretenida y ,como si todo esto fuera poco, MUY BIEN ESCRITA.
No tengo ni encuentro las palabras justas para expresar cuánto me gustó por eso felicito y agradezco a la AUTORA por esa hermosura que nos ha regalado.
FELICITACIONES y muchas BENDICIONES por ese enorme talento que da vida a tan hermosos frutos.