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Latidos Bajo La Bata

Latidos Bajo La Bata

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor a primera vista / Divorcio / Amor prohibido / Romance / Superpoder / Completas
Popularitas:21.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?

NovelToon tiene autorización de Estefaniavv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: entre el cuidado y el control

No puedo evitar sentir una pizca de vergüenza por todo esto... —susurré, evitando su mirada después de lo ocurrido en el coche..

Ricardo tomó mi mentón con delicadeza, obligándome a conectar con sus ojos color aceituna.

—No, preciosa. No reprimas lo que sientes de esa forma. Me tienes pidiéndole a Dios por ti, y créeme que cada palabra que te digo es tan verdadera como el aire que respiras.

—Desde que te conocí, he decidido creerte —respondí, sintiendo un nudo en la garganta—. Solo te pido una cosa: no me decepciones. Jamás.

—Jamás lo haría, mi hermosa. ¿Te apetece ir a algún sitio a comer algo?

—No tengo hambre ahora, pero algo dulce me vendría bien.

—Como ordene mi dama.

Fuimos a una heladería cercana. Entre risas y bromas con nuestras tarrinas de fresa y chocolate, el tiempo pareció detenerse. Sin embargo, al llegar a casa, la realidad me golpeó de nuevo. Mis miedos e inseguridades sobre el mundo en el que estaba entrando afloraron, pero no tenía el valor de detenerme; cada caricia de Ricardo me dejaba con un hambre insaciable de más.

Las semanas pasaron y la vida me sonrió en el ámbito profesional. Finalmente conseguí un empleo estable en el área pediátrica. Amaba a los niños; el hospital se convirtió en mi refugio, el único lugar donde mi mundo no giraba en torno al secreto que guardaba celosamente ante mi familia, amigos y colegas.

Una tarde, mientras esperaba un transporte frente a la clínica, el doctor Villanueva, mi adjunto a cargo, detuvo su coche frente a mí.

—Dra. Valentina, ¿quiere que la acerque a algún sitio?

—No, gracias, doctor. Mi transporte viene en camino.

—Insisto —dijo con una sonrisa profesional pero firme—. Mi coche está justo aquí y no aceptaré un no por respuesta.

Accedí por cortesía. El trayecto fue corto y él intentó entablar una conversación más personal preguntando por mis planes nocturnos, a lo que respondí con la excusa de una cena familiar. Al bajarme, apenas cerré la puerta del coche, mi teléfono comenzó a sonar con una insistencia casi violenta. Era Ricardo.

—¿Qué haces? —Su voz sonaba tensa, cargada de una vibración oscura que no le conocía.

—Voy llegando a casa, ¿y tú?

—Llegando a tu puerta. Espérame afuera.

Me quedé helada. Al verlo bajar de su camioneta, el aura que lo rodeaba era sombría.

—Hola, ¿cómo te fue hoy? —le pregunté, intentando suavizar el ambiente.

—Bien... —respondió cortante—. ¿No tienes nada más que contarme?

—No, ¿qué pasa?

—Por curiosidad... ¿quién era el tipo del coche? ¿Ese que puso su mano en tu espalda al despedirse?

El aire se escapó de mis pulmones.

—Es mi adjunto de pediatría. Se ofreció a traerme y, aunque me negué, insistió. Ricardo... ¿cómo sabes eso?

—¿Así de fácil aceptaste que te trajera? —ignoró mi pregunta, su voz subiendo de tono.

—¿Fácil? ¿Qué demonios estás pensando? Soy una persona tranquila, pero ten cuidado con lo que dices, porque hay palabras de las que no se vuelve. Te hice una pregunta: ¿Cómo lo supiste?

—Contraté a alguien para que te cuidara —soltó al fin, sin una pizca de remordimiento.

—¿Qué?

—Puse a alguien a seguirte el día después de nuestra primera salida. No puedo estar contigo todo el tiempo y me aterra que te pase algo.

—¿Para que me cuide o para que me vigile, Ricardo? —sentí que las paredes se me venían encima—. Yo no pertenezco a tu mundo de mafias o negocios turbios. ¿Quién podría hacerme daño? ¡Esto es una locura!

—Entiéndelo, Valentina. Cualquiera que sepa quién soy y descubra que te tengo afecto, te convierte automáticamente en una potencial amenaza. Desde el primer día, mi prioridad fue tu seguridad.

—Esto me da miedo. No quiero seguir hablando —le dije, dándole la espalda para entrar al edificio.

—Por favor, no te vayas así.

—Otro día, Ricardo. Hoy no puedo más.

Durante los días siguientes, las flores llegaron por docenas, acompañadas de mensajes de disculpa. Me refugié en mi trabajo, ignorando sus llamadas hasta que, semanas después, permití que me recogiera en el hospital. El silencio fue nuestro único compañero durante varios trayectos, pero su persistencia y sus constantes súplicas de perdón terminaron por ablandar mi enojo. Lo perdoné, sin saber que su "protección" era solo la primera grieta de una tormenta que estaba por desatarse.

En nuestras confesiones de almohada, Ricardo me había desmitificado su unión. No estaban casados legalmente; era un formalismo social que nunca quiso sellar debido a las grietas de desconfianza que ella había sembrado en su familia, aunque no fueran infidelidades probadas. Sin embargo, para él, el costo de una traición descubierta era impagable: no estaba dispuesto a arriesgar la custodia de su hija ni a ceder en acuerdos judiciales que despedazarían su patrimonio. Guardaba un rencor silencioso, una armadura de frialdad que solo se derretía conmigo.

—Valentina, debemos vernos —me dijo por teléfono. Su voz no traía la calidez de siempre, sino una urgencia plomiza.

—¿A qué hora pasas por mí? —pregunté, sintiendo un frío súbito en el vientre.

Sabía que se aproximaba una conversación capaz de destrozarme. A las cuatro de la tarde, nos sentamos frente a dos lattes de vainilla en un café discreto. El aroma dulce contrastaba con la amargura de sus palabras.

—No sabes cuánto me duele esto —comenzó, sin mirarme a los ojos—, pero si no tomamos distancia, vas a salir perjudicada. No sé de qué sería capaz ella si te pone en su objetivo, y no quiero exponerte al escrutinio público. Te juro por mi vida que nunca he sentido esto por nadie, pero no podemos esperar a que esto estalle. Te pido que, aunque te escriba, no respondas. Sé que va a pasar, sé que te buscaré, pero por tu bien... no lo hagas.

Me quedé sin palabras. La decepción me pesaba en los párpados. ¿Cómo podía la felicidad haberse evaporado tan rápido? Pero, ¿qué derecho tenía yo a protestar si yo misma había aceptado las reglas de este juego clandestino? Traté de recoger los pedazos de mi orgullo y acepté su decisión con un nudo en la garganta. Me dejó en casa y me alejé con un beso lanzado al aire, incapaz de sostener su mirada un segundo más.

—¡Valentina! —gritó él desde el coche, pero mis ojos se negaron a voltear. No quería que me viera flaquear; no quería que mi insistencia nos hundiera más.

Al día siguiente, la vida me obligó a mutar. Comencé una maestría corta en Cuidados Críticos Pediátricos, la excusa perfecta para sepultar mi tristeza bajo montañas de libros y guardias interminables. Verónica notaba mi caos emocional, pero yo le atribuía mi desgano al maltrato académico. Y era cierto en parte: nunca entenderé esa cultura médica de querer quebrarte psicológicamente, como si la humillación fuera una materia más en el currículo de salvar vidas.

Iba tachando los días en el calendario, deseando que el tiempo pasara rápido para desteñir mi mundo gris. Mi rutina era de seis a seis, una lucha mental constante donde los muros que Ricardo había derribado intentaban reconstruirse a base de cansancio. Muchos se preguntarán por qué no salía con alguien más; la verdad es que otros hombres solo ofrecían intenciones banales. Ricardo había sido el único con la fuerza necesaria para entrar en mi fortaleza, y por eso su ausencia dolía tanto.

Una mañana, durante el Día del Médico, llegué a la vigilancia de la clínica. Allí me esperaba un ramo de flores con una tarjeta: "Para la mejor doctora".

Mis ojos se aguaron al instante. Toda la contención de un mes explotó en ese momento y me hundí en un mar de lágrimas en la soledad del pasillo. Así como las recibí, las arrojé a la basura. No quería flores que olieran a despedida. Minutos después, mi teléfono vibró: "¡Feliz día del médico!".

Era él. Miré el mensaje durante una eternidad. Mi dedo temblaba sobre la pantalla, pero recordé sus propias palabras: "No respondas". Me dolió en el alma, pero me mantuve firme. Poco después, vi que había borrado el mensaje, notando mi indiferencia. Sentí una punzada de amargo triunfo. No podía creer que yo me quedaría sentada esperando las migajas de atención que se le ocurriera ofrecerme, mientras mi mundo se venía abajo y yo intentaba sobrevivir entre jeringas y monitores de cuidados intensivos.

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Maria M. Rosario
mjy bonita la historia
Estefaniavv: Gracias, espera la segunda parte en una semana 🙈
total 1 replies
LIZA VELAZCO
sencillamente hermosa!!!!! felicidades que gran historia 😊
Estefaniavv: Gracias, espera la segunda parte en una semana 🙈
total 1 replies
Elina Beatriz Ravazzano
Te felicitó por tu imaginación. No entendí mucho,pero me gustó.
Estefaniavv: Viene una segunda parte que se desarrolla la historia final 🥰🥰
total 1 replies
AYA
El título de la novela cambió, al inicio no se leía fantasía y luego cambió a pura fantasía , no fue mala pero esos cambió tan drástico dañan la lectura.
AYA
Demasiado fantasía, 🙄😒
Carola Videla 😈🇦🇷
que triste vivir así, es injusto
Lirio Blanco: Cierto 😔
total 3 replies
Estefaniavv
🥰🥰🥰
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