Ella renace en una época mágica.. en el cual su familia la humilla, por lo que decide irse y cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico *
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Entrenamiento 1
Cuando Leilani cerró la puerta de su pequeña casa, apoyó la espalda contra la madera y soltó el aire lentamente.
Había dinero en su bolso.
Había documentos firmados con su nombre.
Había una casa comprada con su decisión.
Pero aún no era momento de confiarse.
Se sentó en el suelo del dormitorio y abrió las bolsas con monedas. El brillo dorado y plateado iluminó tenuemente la habitación. No era prudente mantener todo en un solo lugar.
Pensó con lógica fría.
Si alguien entraba a robar…
Si la interrogaban…
Si debía huir de nuevo…
No podía perderlo todo de una vez.
Dividió el dinero en varias partes.
Una porción quedó dentro de su bolso personal, lista para emergencias.
Otra la envolvió en tela gruesa, levantó con cuidado una tabla suelta del piso.. que había notado al instalar la cama.. y la ocultó allí abajo. Volvió a colocar la madera y arrastró ligeramente el mueble encima.
Otra parte la escondió entre frascos de la cocina.. dentro de un recipiente vacío de harina, debajo de unas hierbas secas, entre utensilios comunes. Nadie revisa con detalle una cocina humilde.
Finalmente, tomó unas monedas más y las guardó en el cajón donde había colocado su ropa interior.
—Por si acaso —murmuró para sí.
Seguridad.
Estrategia.
Cuando terminó, se lavó las manos, se cambió a un vestido sencillo pero limpio y decidió salir.
Se lo merecía.
No como heredera.
Sino como sobreviviente.
El pueblo tenía una pequeña calle con faroles cálidos y varios locales agradables. Eligió uno con ventanales amplios y decoración de madera tallada. El aroma a pan recién horneado y carne especiada la envolvió apenas cruzó la puerta.
Pidió algo sustancioso, pero no extravagante. Carne asada con vegetales cocidos, pan fresco y una bebida suave.
Mientras comía, observó a las personas a su alrededor.
Risas. Conversaciones tranquilas. Comerciantes hablando de rutas. Artesanos discutiendo pedidos.
Nadie parecía temer nada.
Era… normal.
Y eso le dio una sensación extraña en el pecho.
Normalidad.
Mientras cortaba un trozo de pan, comenzó a ordenar sus pensamientos.
Tenía dinero.
Tenía independencia.
Pero el dinero sin explicación generaba preguntas.
En cualquier mundo, en cualquier época, la riqueza sin origen visible despertaba sospechas.
Necesitaba una actividad.
No para sobrevivir económicamente.
Sino para sostener su identidad.
Un trabajo que justificara su estilo de vida. Algo que le diera rutina, rostro público, propósito.
No quería ser “la joven misteriosa con recursos”.
Quería ser parte del pueblo.
Además…
Necesitaba entrenar su magia.
Recordó el pequeño bosque que había visto al llegar. No era profundo ni peligroso, pero lo suficientemente apartado para practicar sin miradas indiscretas.
Podría ir temprano en la mañana.
O al atardecer.
Entrenar control. Resistencia. Creación.
No solo hacer pelotas cuadradas de madera.
Sonrió ligeramente ante el recuerdo.
También debía explorar los negocios del pueblo.
Panadería. Taller de carpintería. Tiendas de telas. Carruajes.
Carruajes…
La señora de la posada había dicho que eran de la casa Norhaven. Orgullo del pueblo. Fabricados allí mismo.
Interesante.
La madera.
Su elemento.
Quizás podría ofrecer algo. No como dueña. No como inversionista visible.
Sino como trabajadora.
Aprendiz.
Asistente.
Algo que tuviera sentido con su perfil.
No quería abrir un negocio para ganar más dinero.
Ya era rica.
Quería algo mucho más difícil.
Una vida.
Rutina.
Personas que la conocieran por su nombre sin miedo ni desprecio.
Personas que no la miraran como carga o como herramienta.
Terminó su comida con calma.
Pagó.
Y al salir, caminó despacio por la calle iluminada.
Por primera vez, no estaba huyendo.
Estaba construyendo.
Se detuvo un momento bajo la luz de un farol y miró el cielo nocturno.
Había pasado de ser una heredera atrapada en una mansión hostil…
A una mujer libre con magia, dinero y posibilidades.
Y mientras el aire fresco rozaba su rostro, sonrió suavemente.
Leilani Baston iba a tener una vida.
No sobrevivir. Vivir.
Al día siguiente, Leilani se levantó antes de que el sol terminara de asomarse por el horizonte.
La casa estaba en silencio. El pueblo también.
Se vistió con ropa sencilla y práctica, pantalones resistentes, botas cómodas y una capa discreta. No quería llamar la atención con vestidos delicados ni telas finas. Si iba a entrenar magia en el bosque, necesitaba libertad de movimiento.
Después del desayuno rápido, salió hacia la zona donde se comerciaban animales.
Había caballos grandes y elegantes, algunos con arneses ornamentados, otros claramente criados para exhibición o para familias acomodadas. Pero ella no buscaba eso.
Necesitaba uno resistente. Discreto. Fuerte.
Eligió un caballo de pelaje castaño oscuro, mirada tranquila y complexión firme. No era el más vistoso ni el más veloz, pero tenía algo estable en su porte. Un animal acostumbrado al trabajo.
—Es noble —dijo el vendedor—. No da problemas.
Perfecto.
Pagó sin regatear demasiado y lo llevó hasta su casa. Preparó un pequeño espacio lateral para mantenerlo cómodo y, antes de partir, usó su magia con cuidado para hacer brotar un poco de pasto fresco.
El caballo bajó la cabeza de inmediato, satisfecho.
Leilani sonrió.
La magia fluía mejor ahora. Más suave. Más natural.
Y así comenzó su nueva rutina.
Cada mañana, antes del amanecer, montaba y salía hacia el pequeño bosque cercano. A esa hora, solo había panaderos encendiendo hornos, campesinos caminando hacia los campos y artesanos madrugadores preparando talleres. Gente trabajadora.
Gente que no tenía tiempo para observar a una joven cabalgando hacia los árboles.
Le convenía.
El bosque no era enorme, pero sí lo bastante denso para ocultarla. Troncos altos, raíces gruesas, hojas que filtraban la luz en tonos verdes y dorados.
Y el libro lo decía claramente..
Estar cerca del elemento fortalece el flujo de maná. La madera responde mejor cuando se la honra en su entorno natural.
La primera vez que se adentró sola, sintió algo distinto.
Como un murmullo.
Como si el aire tuviera textura.
Se bajó del caballo y caminó unos metros hacia el interior. Apoyó la palma contra el tronco de un árbol.
Cerró los ojos.
Respiró.
Intentó no forzar.
Intentó sentir.
Al principio, nada.
Luego… una vibración leve. No física, sino interna. Como si algo dentro de su pecho respondiera al contacto.
El maná.
Comenzó con ejercicios simples.
Hizo brotar pequeñas enredaderas desde el suelo. Al principio salían torcidas, débiles. Algunas se marchitaban en segundos. Pero cada día duraban más.
Intentó formar nuevamente una esfera de madera.
Esta vez no fue cuadrada.
Fue imperfecta, sí. Con bordes irregulares. Pero redonda.
Se permitió una pequeña sonrisa.
También practicó control fino.. hacer que una rama caída se alisara, que una astilla se moldeara en forma de aguja, que hojas secas se reunieran sin romperse.
Descubrió algo importante.
Su magia no era explosiva.
Era paciente.
Mientras más calmada estaba, más estable se volvía la creación.
Cuando se frustraba, la madera se partía.
Cuando dudaba, las formas salían incompletas.
Así que comenzó a entrenar no solo el maná.
Sino su mente.
Se sentaba entre las raíces, respiraba profundo, y dejaba que la energía circulara lentamente antes de intentar cualquier hechizo.
El libro tenía razón.
En el bosque, todo era más fácil.
Sentía como si las raíces bajo la tierra le prestaran fuerza, como si los árboles la aceptaran.
Con los días, pudo crear pequeños tablones firmes.
Después, una estaca resistente.
Después, un pequeño cuenco de madera lisa.
No perfecto.
Pero funcional.
Regresaba al pueblo cuando el sol ya estaba alto, justo cuando la actividad diaria era intensa y nadie prestaba atención a una joven que volvía del campo.
Y así pasaron varios días.
Rutina.
Disciplina.
Silencio.
Cada amanecer la encontraba más fuerte.
Cada regreso la encontraba más segura.
Leilani ya no entrenaba para huir.
Entrenaba para sostener su libertad.
Y mientras el bosque la acogía en su quietud verde, la magia de madera comenzaba, poco a poco, reconocerla como su legítima portadora.
Si cuando dormías!, el hizo la pregunta y se respondió mentalmente
esos tres fueran parte del cementerio creo Jack no le llega ni a los talones a Jason 😜😜😜