Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 3: Te propongo matrimonio.
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La música del salón principal llenaba cada rincón de la mansión Cyrus con un ritmo constante, elegante, violines y copas chocando y risas falsas, conversaciones que se inclinaban siempre hacia el mismo tema: títulos, herencias, conveniencias. Nadie hablaba de afecto. Era una reunión social más.
El duque Nathaniel Cyrus permanecía de pie cerca de las escaleras centrales, apartado del grupo de nobles jóvenes que fingían compañerismo. Su postura era recta, el mentón apenas levantado. No sonreía. Tampoco bebía.
Y ellos lo observaban a él.
Las miradas no eran sutiles. Algunas eran de curiosidad, otras de desprecio. Hijo fuera del matrimonio. Bastardo, igual que Charlotte. Heredero por falta de opciones. La familia Cyrus había preferido conservar el apellido antes que la reputación.
Nathaniel estaba acostumbrado. Desde niño había aprendido a reconocer el murmullo cuando él se acerca por incomodidad.
Hasta que la música se interrumpió. Un golpe seco de tacones contra el mármol. Luego otro. Y así seguidamente.
Las conversaciones se apagaron por simple instinto.
Una joven avanzó por el centro del salón como si aquel camino solo tuviera uno y fuera directo al duque. Cabello plateado, liso, cayendo sobre la espalda sin adornos excesivos. Vestido vinotinto pegado a su figura, comparado con los vestidos recargados de las damas presentes. Sus ojos lila no se movían de Nathaniel.
No parecía nerviosa. Eso llamó la atención de todos. Se detuvo frente a él. Durante un segundo nadie habló. Ni siquiera el cuarteto se atrevió a retomar la música.
Entonces ella se arrodilló.
Algunas mujeres soltaron un suspiro ahogado. Un hombre soltó una risa incrédula.
Nathaniel frunció el ceño.
—Duque Nathaniel Cyrus —dijo la joven con voz firme, sin temblores—. ¿Aceptaría casarse conmigo?
El silencio fue tan pesado que se podía oír el crepitar de las velas. Alguien dejó caer una copa.
Nathaniel no reaccionó de inmediato. La miró como si intentara confirmar que aquello no era una broma de mal gusto.
—Levántese —ordenó, seco.
Ella no se movió.
—Le estoy pidiendo matrimonio.
—Ya la escuché.
Su tono bajó de golpe, más frío.
—De pie. Ahora.
Ella obedeció sin discutir. Su belleza natural era lo que más sobresaltaba en el salón. Todo el mundo se fijaba en ella y en lo que acaba de hacer.
Nathaniel le tomó el brazo con firmeza, sin violencia pero sin permitir resistencia, y la condujo fuera del salón. Nadie se atrevió a detenerlos. Las miradas los siguieron hasta que desaparecieron por el pasillo lateral.
Cuando la puerta se cerró, los murmullos explotaron.
En el pasillo desierto solo se oían sus pasos. Nathaniel soltó su brazo bruscamente.
—¿Se ha vuelto loca?
Ella lo miró directo a los ojos.
—No.
—¿Entonces qué cree que está haciendo? ¿Disfruta humillándose? ¿O decidió que yo sería su espectáculo de la noche?
—Ninguna de las dos cosas.
—Se arrodilló frente a todo el salón. —Su voz no era alta, pero cada palabra cortaba—. Frente a gente que ya me desprecia. ¿Su intención era hacerme parecer aún más ridículo?
—No quería ridiculizarlo.
—Pues lo logró.
El silencio volvió a caer, más horrible. Nathaniel la estudió con disgusto.
—Diga su nombre antes de que mande llamar a los guardias.
Ella acomodó el vestido, como si la escena anterior hubiera sido una simple formalidad.
—Charlotte de Elara. Hija menor de la casa Elara.
Nathaniel entrecerró los ojos.
—La familia comerciante.
—La misma, mi señor.
—Entonces esto es peor de lo que pensé. ¿Su padre cree que puede comprar un título?
—Mi padre no sabe que estoy aquí.
Eso lo desconcertó apenas.
—¿Entonces vino sola a arruinar su reputación?
Charlotte lo observó con atención, sin miedo, como si estuviera evaluándo su apariencia.
—Tiene unos ojos preciosos.
Nathaniel parpadeó.
—¿Qué?
—El rubí es magnífico. Muy intenso. Muy malvado. Me encanta.
Su expresión no cambió. Ella continúa.
—Aunque es un color muy común en los ojos de los villanos.
El asco cruzó el rostro de Nathaniel sin disimulo.
—Está loca.
Giró sobre sus talones.
—No pienso perder más tiempo.
—No soy la Charlotte que usted cree.
Su voz lo alcanzó antes de que diera el tercer paso.
Nathaniel se detuvo. No por curiosidad, sino por irritación y giró lentamente.
—Explíquese.
—La Charlotte que la sociedad conoce es torpe, callada, obediente. Esa chica no se arrodillaría frente a un salón lleno de nobles. Yo sí.
—Eso no responde nada.
Ella se acercó un paso.
—Vine con un propósito.
Nathaniel cruzó los brazos.
—Sea directa. Mi paciencia es limitada.
—Quiero casarme con usted.
—Eso ya lo dejó claro.
—Para protegerme.
El ceño de Nathaniel se marcó.
—¿Protegerse de qué?
—De morir.
No había drama en su voz. Él la observó, esperando alguna señal de broma.
No la encontró.
—¿Está siendo chantajeada? ¿Amenazada?
—No puedo decirlo aún.
—Entonces no espere que la ayude.
—Se lo diré cuando estemos casados.
Nathaniel soltó una risa corta, sin humor.
—¿Pretende que acepte un matrimonio a ciegas?
—No es a ciegas. Usted gana algo.
—¿Ah, sí?
—Si se casa conmigo, la sociedad dejará de rechazarlo.
El silencio volvió y él la miró con una expresión dura.
—¿Cree que eso es un premio?
—No.— Ella negó con la cabeza—. Tiene razón. No lo es.
Esa respuesta lo tomó por sorpresa.
—Entonces deje de jugar.
—Le daré algo mejor.
—¿Qué?
—Lo sabrá después de la boda.
—Está pidiendo confianza sin ofrecer nada.
—Le estoy ofreciendo estabilidad, información y lealtad.
Nathaniel se acercó hasta quedar a menos de un paso.
—No confío en nadie.
—No necesito que confíe. Solo que acepte.
—¿Y si miente?
—Entonces puede entregarme a la justicia. O matarme. Aunque preferiblemente, es mejor que no lo haga.
No hubo vacilación al decirlo. Nathaniel la observó más tiempo del necesario. Esperaba ver miedo.
No lo vio. Solo una determinación tan fuerte como la de él.
—¿Por qué yo?
—Porque usted ya vive rechazado. Un escándalo más no le cambia nada. Y porque nadie se atrevería a atacarme si soy su esposa.
—Me odian.
—Le temen más de lo que cree. Yo lo sé perfectamente.
Nathaniel apretó la mandíbula.
Ella continuó, ahora más firme.
—No le pido afecto, ni cercanía. Solo el nombre y la protección legal. Yo me encargaré del resto. No le causaré problemas públicos. No interferiré con su vida. Cumpliré como duquesa. Quizás, pueda permitir una amante. Porque conmigo no habrá nada romántico. Sé cómo me miras. El repudio es su mejor característica y el que lo hace ver más guapo.
—Habla como si estuviera firmando un contrato.— desvío el tema de inmediato.
—Eso es lo que estoy haciendo.
Nathaniel se pasó una mano por el cabello, molesto.
—Esto es absurdo.
—Para mí no.
—Ni siquiera la conozco.
—Conózcame después.
—Eso es al revés.
—No tengo tiempo.
Esa frase fue la única que sonó urgente.
—Si no me caso pronto… moriré.
Nathaniel la miró fijamente.
—¿En cuánto tiempo?
—Menos de un año.
—¿Y está tan segura?
—Completamente.
El duque cerró los ojos un instante. Todo en esa situación era sospechoso.
Pero también era simple. Un matrimonio sin amor. Sin expectativas.
Su reputación ya estaba rota, que más daba. Si mentía, la eliminaría. Si decía la verdad… podría ser útil.
Abrió los ojos.
—Acepto.
Charlotte no sonrió. Solo enderezó la espalda.
—Gracias.
—No me agradezca todavía.
Su voz volvió a ser fría.
—Si descubro algo raro, si me usa descaradamente, si trae problemas a mi casa… la entregaré o la mataré yo mismo.
—Lo entiendo.
—Y no espere amabilidad.
—No la necesito. Sé que no le gusta.
Se miraron en silencio.
—Entonces prepárese —dijo Nathaniel—. Se casará conmigo.
Charlotte asintió.
—Sí, duque.
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buen Charlotte muestra tus💪