Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 7
— Qué hombre tan extraño…
Irene sostenía esa idea mientras el carruaje avanzaba por el camino empedrado rumbo al condado Blanch. Hacía apenas unos minutos, Ezra parecía visiblemente molesto con ella; su mirada era dura, su tono cortante. Y, sin embargo, ahora estaba allí, acompañándola personalmente con el pretexto de que ya era tarde.
La luz del atardecer se filtraba por la ventanilla, tiñendo el interior con tonos dorados. El silencio entre ambos era espeso, pero no del todo incómodo. Más bien… incierto.
—¿Qué día irá a ver a su alteza Lina?
La pregunta rompió el silencio de forma repentina.
Irene volvió el rostro hacia él. Ezra no la miraba directamente; parecía observar el paisaje, aunque su atención estaba claramente puesta en su respuesta.
—Este viernes.
Él asintió apenas.
No añadió nada más.
El resto del trayecto transcurrió en un mutismo cargado de pensamientos no expresados.
Cuando el carruaje se detuvo frente al condado Blanch, un lacayo se apresuró a abrir la portezuela. Ezra descendió primero y le ofreció la mano. Irene la aceptó con naturalidad.
Al bajar, el tacón de su zapato se atascó en el enrejado metálico del escalón. Sintió el tirón repentino.
Intentó liberar el pie con discreción, estirándolo hacia atrás. Pero el zapato estaba más atrapado de lo que había imaginado.
Perdió el equilibrio.
Cerró los ojos, preparándose para el impacto.
No llegó.
En lugar del golpe contra el suelo, sintió un brazo firme rodeando su cintura y otro sosteniéndole la espalda. Fue un contacto sólido, cálido.
Abrió los ojos lentamente.
El azul intenso de la mirada de Ezra estaba fijo en ella, demasiado cerca.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Tenga cuidado, señorita —dijo él en voz baja.
Su tono no era severo. Era suave. Preocupado.
— Extraño…— pensó Irene.
Ezra la sostuvo un segundo más de lo necesario antes de incorporarla por completo. Luego, con gesto práctico, liberó el zapato del enrejado. Sin embargo, en lugar de simplemente entregárselo, se arrodilló frente a ella.
El movimiento fue tan natural que Irene tardó un instante en procesarlo.
—Puede apoyar el pie aquí —indicó, señalando su propia pierna para darle soporte.
Irene lo miró con desconcierto. Aquella acción le resultaba impensada.
Aun así, obedeció.
—Disculpe —murmuró él.
Con sumo cuidado, levantó apenas el borde del vestido, lo justo para colocar el zapato en su pie sin que la tela rozara el suelo. Sus dedos fueron precisos, atentos, casi delicados.
El silencio entre ambos se volvió denso.
Irene podía sentir la cercanía de su respiración, la firmeza de su mano sosteniendo su tobillo. El contacto le provocó cosquillas.
Y entonces—
—¡¿Qué cree que está haciendo con mi hermana?!
La voz estalló como un disparo.
Irene giró bruscamente la cabeza.
Adrián descendía los escalones del condado con el rostro encendido de furia. Señalaba directamente a Ezra, cuya mano aún sostenía la pierna de Irene.
La escena, vista desde fuera, parecía comprometedora.
Ezra levantó la mirada con calma, pero había una tensión evidente en sus facciones. Irene retiró el pie con rapidez.
Adrián descendió los escalones casi de un salto y se colocó frente a Irene, abriendo ambos brazos en un gesto protector. Su cuerpo entero temblaba de furia.
La mirada que dirigió a Ezra estaba cargada de odio.
—No toques a mi hermana, desgraciado pervertido.
El silencio que siguió fue denso.
Una sonrisa extraña, apenas curvada en una comisura, apareció en el rostro de Ezra.
—Es mi prometida —respondió con calma—. Pronto será mi esposa. Claro que puedo tocarla.
Se incorporó con lentitud. De pie, su altura superaba con facilidad la de Adrián. Desde arriba lo observó con abierta provocación, la mirada firme, casi desafiante.
— Cuñado...— dijo con satisfacción.
Adrián apretó los puños, dispuesto a replicar. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, la voz de Irene los detuvo a ambos.
Era fría. Más fría de lo que ninguno de los dos le había oído jamás.
—Adrián, quiero saber dónde aprendiste la palabra “pervertido” y si realmente sabes lo que significa.
El joven se tensó al instante. No quería girarse para enfrentar la expresión de su hermana.
—Yo… bueno, hermana… yo…
Una leve carcajada escapó de Ezra.
Irene giró la cabeza hacia él. Su mirada fue severa. A ella no le parecía gracioso.
—Adrián, vuelve a la mansión.
—¡Pero hermana, este tipo…!
—He dicho que vuelvas. Espérame en la sala. Tenemos cosas de qué hablar.
El tono no admitía réplica.
Adrián bajó la cabeza, frustrado, y regresó hacia la entrada. Antes de desaparecer tras la puerta, lanzó a Ezra una última mirada cargada de disgusto.
Ezra respondió con una sonrisa apenas perceptible, claramente burlona.
—Duque.
La forma en que Irene pronunció el título hizo que ahora fuera él quien se tensara.
Ella lo miraba directamente.
—Le pediré que mantenga las formas frente a mi hermano. Es aún un niño.
Su postura era recta, su expresión seria.
—Y, para dejar algo en claro, que sea su prometida, y que en el futuro nos casemos, no significa que pueda tocarme cuando quiera.
Las palabras fueron medidas, pero firmes.
—Si esto no es de su agrado, puede cancelar el compromiso cuando guste. Pero hágalo enviando una carta. Hoy tengo otros asuntos que atender. Que tenga un buen regreso.
Sin esperar respuesta, Irene hizo una leve reverencia y se volvió hacia la mansión.
Ezra permaneció inmóvil, observando cómo se alejaba.
Estaba estupefacto.
Cada palabra que ella había pronunciado parecía haberle descolocado más. No estaba acostumbrado a que lo enfrentaran de ese modo, mucho menos alguien tan aparentemente delicada.
Se pasó una mano por el cabello y dejó escapar una risa baja.
Miró sus propias manos, recordando la sensación de Irene entre sus brazos, el peso ligero de su cuerpo, el estremecimiento que había percibido.
—¿Alguien tan pequeña puede ser tan desafiante siquiera? —murmuró, divertido.
Subió al carruaje aún sonriendo.
A Adrián no le fue mejor que a Ezra.
En cuanto Irene cruzó el umbral de la mansión, lo encontró esperándola en la sala principal, rígido como un soldado que aguarda sentencia.
Él intentó explicarse.
No importó.
El castigo fue inevitable.
Cuando la breve reprimenda terminó, Adrián se retiró con la cabeza baja y el orgullo herido. Irene permaneció un momento en silencio antes de subir a su habitación.
Al cerrar la puerta, dejó caer el peso de la compostura.
Se dejó caer sobre la cama, boca arriba, mirando el techo.
Suspiró con pesadez.
—Este duque… —murmuró para sí—. A veces parece un mocoso malcriado.
Giró el rostro hacia la ventana.
— Tal vez me sobrepasé con mis palabras…
Pero ya estaba hecho.
— Si quiere cancelar el compromiso, no me opondría.
Sin embargo, tal cosa no ocurrió.
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Y el viernes llegó, Irene fue recibida en el palacio por la princesa Lina en persona.
Desde el momento en que cruzó el gran vestíbulo de mármol, la vio acercarse con aquella energía desbordante que ya conocía. Lina avanzaba casi flotando, con una sonrisa amplia y los brazos ligeramente extendidos, como si estuviera a punto de abrazar a una amiga de toda la vida.
—¡Señorita Irene! —exclamó con entusiasmo—. He estado esperando este día con ansias.
Irene hizo una reverencia impecable.
—Su alteza es muy amable al recibirme.
Antes de que pudiera incorporarse por completo, Lina ya le había tomado ambas manos entre las suyas.
Irene no pudo evitar preguntarse si la princesa era consciente de que esa cercanía, con alguien a quien apenas conocía, podía resultar invasiva… o si simplemente era tan inocente que no lo notaba.
—Espero que podamos hacernos muy buenas amigas —continuó Lina, apretando suavemente sus manos—. Me haría tan feliz.
—Será un honor —respondió Irene con una sonrisa cortés.
Recordó entonces el presente que había preparado.
—Su alteza, he traído algo para usted. Es un pequeño obsequio en agradecimiento por su invitación.
Un asistente se adelantó para recibir la caja y la entregó a Lina. La princesa la abrió con visible curiosidad.
Dentro había pigmentos traídos del extranjero, colores intensos y difíciles de conseguir en el reino, además de pinceles finamente decorados, tallados con detalles dorados y empuñaduras delicadamente esmaltadas.
Los ojos de Lina brillaron.
—¡Son hermosos! —exclamó, girando uno de los pinceles entre los dedos—. Estos pigmentos… no los he visto antes.
—Provienen del extranjero. Me informaron que tienen una intensidad particular al mezclarse con aceite —explicó Irene con suavidad.
Lina la miró, fascinada.
—Es un regalo maravilloso… pero dígame, ¿cómo supo que me gusta pintar? —preguntó con curiosidad—. Es algo que solo las personas más cercanas a mí saben.
Irene sostuvo su mirada con serenidad.
—Le pedí ayuda al duque Ezra para escoger algo adecuado.
Por un instante, algo cambió en la expresión de Lina.
—Claro… —dijo, sonriendo—. Ezra sabe mucho sobre mí.
La frase quedó suspendida en el aire con un matiz difícil de descifrar.
Luego, con tono aparentemente casual, añadió.
—¿Están pasando mucho tiempo juntos? Si recibió su recomendación para el regalo…
La pregunta era ligera en apariencia, pero a Irene le pareció ligeramente entrometida.
Quizá Lina estaba acostumbrada a tratar así a Ezra, pensó. Tal vez creía que ese tipo de curiosidad era natural.
—Lo normal, supongo, para una pareja comprometida —respondió Irene con calma.
La sonrisa de Lina se congeló apenas un segundo.
Fue algo mínimo, casi imperceptible. Pero Irene lo vio.
—¿Y cuánto es eso? —preguntó Lina, con una risa que sonó un poco forzada.
Irene frunció levemente el ceño.
—¿Disculpe?
La princesa pareció darse cuenta de su desliz. Parpadeó y recuperó la ligereza en su expresión.
—Oh, no me haga caso. Solo soy curiosa. A veces hablo sin pensar —dijo, riendo con dulzura—. No quise incomodarla.
Irene inclinó apenas la cabeza, aunque su desconcierto permanecía.
Lina se puso de pie con un movimiento repentino.
—¡He preparado muchas sorpresas para hoy! —anunció con entusiasmo renovado—. Quiero que sea un día divertido, uno que recuerde para siempre.
Sin esperar respuesta, tomó la mano de Irene.
El gesto fue tan repentino que casi la arrastró consigo.
—Comenzaremos con algo especial. Vamos a visitar el lago del palacio —dijo con brillo en los ojos—. Es uno de mis lugares favoritos.
Irene apenas tuvo tiempo de asentir antes de verse guiada por los senderos del palacio, senderos que se internaban en el bosque del palacio.
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener