Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: Sin Más Contención
La luz de las velas no temblaba.
Pero yo sí.
No por miedo.
Por anticipación.
Cassian seguía sosteniéndome por la cintura, su mano firme, amplia, caliente contra mi espalda. Su otra mano descansaba baja, casi posesiva, como si el simple contacto confirmara que yo estaba ahí.
Con él.
Su frente seguía apoyada contra la mía.
La distancia entre nuestras bocas era mínima.
Demasiado mínima.
—Estás temblando —murmuró.
—Es tu culpa.
—No he hecho nada aún.
Mi respiración se quebró apenas.
—Exactamente.
Sus labios rozaron los míos sin llegar a besarme del todo. Una amenaza suave. Un roce deliberado.
—No me provoques si no estás listo para sostenerlo —dijo en voz baja.
Mis manos subieron por su pecho lentamente, sintiendo el músculo firme bajo la tela oscura.
—No quiero que lo sostengas —susurré—. Quiero que lo pierdas un poco.
Eso cambió su mirada.
No brutal.
Más profunda.
Más hambrienta.
—Elian…
Mi nombre salió más grave, más cargado.
Y entonces me besó.
No furtivo como antes.
No rápido.
Fue lento.
Profundo.
Intenso.
Un beso que no pedía permiso porque ya había sido concedido.
Sus manos me acercaron más a su cuerpo. No brusco. No violento. Pero sin espacio para duda.
Mi respiración se rompió otra vez, un gemido pequeño escapando contra su boca antes de que pudiera contenerlo.
Sentí cómo su agarre se tensaba.
—No hagas ese sonido si no quieres consecuencias —murmuró contra mis labios.
El calor subió por mi cuello.
—No prometo nada.
Su boca descendió lentamente hacia mi mandíbula, mi cuello, dejando besos más firmes, más marcados, como si necesitara comprobar que mi piel respondía.
Y respondía.
Cada roce era electricidad.
Cada caricia encendía algo más profundo que el celo.
Era deseo.
Era decisión.
Era querer pertenecer sin esconderlo.
Mis dedos se enredaron en su cabello oscuro, tirando apenas.
—Más intenso —susurré sin pensar.
Él se detuvo un segundo.
No porque dudara.
Porque eligió.
Y cuando volvió a besarme, lo hizo con una fuerza que me hizo retroceder hasta la pared.
No choque violento.
Pero firme.
Seguro.
Su cuerpo bloqueando el mío.
Su respiración más pesada.
—Eres imprudente —dijo contra mi piel.
—Y tú estás obsesionado.
Silencio.
Un segundo.
—Sí.
No lo negó.
Eso me estremeció más que cualquier caricia.
—No quiero compartirte —añadió en voz baja.
—No tienes que hacerlo.
Sus labios volvieron a los míos.
Esta vez con hambre.
Pero no descontrol.
Era intensidad contenida al límite.
Sus manos recorrieron mi espalda lentamente, aprendiendo cada curva, cada reacción, cada estremecimiento.
Mi cuerpo respondió sin estrategia.
Sin cálculo.
Solo sensación.
Mi respiración se volvió irregular.
Un gemido ahogado escapó otra vez cuando sus labios bajaron por mi cuello.
Sus dedos se deslizaron hasta mi cintura, apretando apenas.
—No me mires así en público —murmuró.
—¿Así cómo?
—Como si supieras exactamente que te deseo.
Sonreí contra su piel.
—Lo sé.
Su mandíbula se tensó.
Y volvió a besarme.
Más profundo.
Más decidido.
El mundo fuera de esa habitación dejó de existir.
No había consejo.
No había rumores.
Solo nosotros.
Su mano subió a mi mejilla, sosteniéndome con una intensidad que no era dominio.
Era necesidad.
—Dime que estás seguro —murmuró contra mis labios.
Mi corazón latía demasiado fuerte.
—Estoy seguro.
—No quiero que te arrepientas.
—No lo haré.
Mis dedos se cerraron en su camisa.
—Quiero que seas tú.
Silencio.
No fue dramático.
Fue pesado.
Lleno de significado.
Su frente volvió a apoyarse contra la mía.
—No voy a ser suave si cruzamos esto.
Mi respiración se aceleró.
—No quiero que lo seas.
Sus ojos se oscurecieron.
No por furia.
Por deseo.
Y cuando volvió a besarme, lo hizo como si ya no estuviera conteniéndose.
Sus manos firmes.
Su cuerpo pegado al mío.
Mi espalda contra la pared.
No había violencia.
Había intensidad elegida.
Mi respiración se quebró otra vez, y esta vez no intenté silenciarla.
Sentí cómo su control temblaba apenas.
—Elian…
Mi nombre fue casi un suspiro.
Y una advertencia.
—No me contengas —murmuré.
—No estoy seguro de poder hacerlo más tiempo.
Eso me hizo sonreír.
—Entonces no lo hagas.
El aire entre nosotros ardía.
Cada roce era promesa.
Cada beso era afirmación.
No era solo deseo físico.
Era pertenencia.
Era ese impulso profundo de saber que el otro te elige incluso cuando podría apartarse.
Y mientras sus manos recorrían mi espalda, mientras sus labios descendían con intensidad medida pero cada vez más firme…
Entendí algo con claridad absoluta.
No estaba cediendo por el celo.
No estaba dejándome llevar por impulso.
Estaba eligiendo.
Elegirlo a él.
Elegir su intensidad.
Elegir su obsesión.
Y él…
Él estaba dejando de fingir que podía vivir sin eso.
La noche apenas comenzaba.
Y por primera vez…
No queríamos contener nada. 🔥