Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.
Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.
Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.
El gato es Dorius.
Y Kael no lo sabe.
Todavía.
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO #8: LA TORMENTA.
La casa de Kael olía a palomitas.
—Pensé que podíamos ver una película —dijo Kael mientras lo guiaba hacia el salón—. Pero no sé cuál. Tú eliges.
Dorius miró la estantería llena de DVDs. Había de todo: clásicos, terror, comedia romántica, ciencia ficción.
—¿Tú qué prefieres? —preguntó.
—Yo pregunté primero.
Dorius lo miró. Kael estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una media sonrisa que no le había visto antes. No era la sonrisa amable del instituto. Tampoco la sonrisa cansada de los jueves. Era otra cosa. Algo más desafiante.
—No sé —dijo Dorius—. Algo que no sea muy triste.
—¿No te gusta llorar?
—No dije eso.
—Entonces ¿sí te gusta?
—Kael.
—¿Qué?
Dorius señaló los DVDs.
—Elige tú.
Kael se rió. Un sonido diferente también. Más suelto. Menos contenido.
—Vale. Pero luego no te quejes.
Cogió una película al azar y la puso. Dorius se sentó en el sofá, incómodo, sin saber muy bien dónde mirar. Kael se dejó caer a su lado, mucho más cerca de lo que esperaba.
—¿Te importa? —preguntó, señalando el espacio entre ellos—. El sofá es pequeño.
No era pequeño. Era enorme. Pero Dorius no dijo nada.
—No me importa.
La película empezó. Dorius no recordaba el título ni cinco minutos después. Estaba demasiado ocupado siendo consciente de cada movimiento de Kael, de cada vez que sus brazos se rozaban, de cada respiración.
—Estás muy tenso —dijo Kael en un momento dado.
—No.
—Sí. Parece que esperas que salte algo de la pantalla.
—Es que no sé...
—¿No sabes qué?
Dorius lo miró. Kael lo estaba mirando fijamente, con esa media sonrisa que no se le borraba.
—No sé por qué me invitaste —dijo.
—Porque quiero.
—¿Quieres qué?
Kael se inclinó ligeramente hacia él.
—Eso. Lo que sea que esté pasando aquí.
Dorius sintió que se quedaba sin aire.
—No entiendo.
—Claro que entiendes.
El tono de Kael había cambiado. Seguía siendo suave, pero había algo debajo. Algo más directo. Más seguro.
—Eres más listo de lo que aparentas —continuó Kael—. Te das cuenta de todo. Observas. Escuchas. Sabes cosas de la gente sin que te las cuenten.
—No es cierto.
—Sí lo es. Conmigo lo haces. Sabes cuándo estoy cansado. Sabes cuándo finjo. Sabes...
Se detuvo.
—Sabes qué —terminó, en voz más baja.
Dorius no se atrevió a moverse.
—No sé nada.
—Mientes.
—Tú también mientes.
Kael sonrió. Pero no era una sonrisa amable. Era una sonrisa de alguien que acaba de encontrar lo que buscaba.
—Vale —dijo—. Tienes razón. Los dos mentimos. Los dos fingimos. La pregunta es: ¿por qué?
Dorius no respondió.
—Yo te digo por qué yo —continuó Kael—. Porque si no finjo, la gente se preocupa. O se aleja. O las dos cosas. Llevo años siendo el que todos quieren que sea. Y estoy cansado.
—¿Y conmigo?
—Contigo no. No sé por qué. Pero no.
El silencio se llenó de algo denso. Algo que pesaba y flotaba al mismo tiempo.
—Ahora tú —dijo Kael—. ¿Por qué finges?
Dorius bajó la vista.
—Porque si la gente me ve de verdad, se da cuenta de que no valgo la pena.
Kael frunció el ceño.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie. Lo sé.
—No lo sabes. Te lo hicieron creer.
Dorius levantó la cabeza. Kael estaba muy serio ahora. Toda la arrogancia de antes había desaparecido. Solo quedaba algo parecido a la rabia. Pero no contra él. Contra quien fuera que le hubiera hecho sentir eso.
—Tú vales la pena —dijo Kael—. La gente que no lo ve es idiota.
Dorius sintió que los ojos le picaban.
—No digas eso.
—Lo digo. Y lo creo.
Un trueno sonó a lo lejos.
Los dos miraron hacia la ventana. El cielo se había puesto gris sin que se dieran cuenta. Las primeras gotas empezaron a golpear el cristal.
—Está lloviendo —dijo Dorius, tontamente.
—Sí.
La lluvia se intensificó en cuestión de segundos. Pronto fue un torrente contra los ventanales, un rugido que llenaba toda la casa.
—No vas a poder volver a casa con esto —dijo Kael.
—Tengo que volver. Los niños me esperan.
—¿Los niños?
Dorius le había contado algo de la casa de acogida, pero no todo. Ahora, bajo la mirada de Kael, sintió que podía decir más.
—Vivo en una casa de acogida —explicó—. Con otros cuatro niños. Y Sonia, la trabajadora social.
Kael no se sorprendió. Solo asintió.
—¿Y ellos te esperan para cenar o algo?
—Algo así. Cenamos juntos siempre.
—¿Les avisaste que llegabas tarde?
—No.
Kael sacó el teléfono.
—Dame el número. Les digo que estás conmigo y que la lluvia no te deja volver.
Dorius dudó.
—¿Seguro?
—Seguro. No vas a irte con esta tormenta.
Le dictó el número de Sonia. Kael marcó, esperó, habló. Dorius escuchaba su voz, tranquila, educada, explicando la situación.
—Sí, no se preocupe. Lo cuido yo. Sí, claro. Adiós.
Colgó.
—Dice que está bien. Que te quedes hasta que pare. Pero que le mandes un mensaje cuando salgas.
—Gracias.
—No me tienes que dar las gracias.
La lluvia seguía cayendo. La tarde se había vuelto casi de noche. La única luz era la de la tele, que seguía reproduciendo la película que ninguno de los dos miraba.
—Kael —dijo Dorius.
—¿Mmm?
—¿Por qué me dijiste todo eso? Lo de que finjo. Lo de que valgo la pena.
Kael se lo pensó un momento.
—Porque contigo no me sale fingir. No sé por qué. Pero cuando estás cerca, las máscaras se me caen solas.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—Te pueden hacer daño.
—Tú no me harías daño.
Dorius sintió que el corazón le latía en la garganta.
—No lo sabes.
—Lo sé.
La lluvia golpeaba los cristales. El mundo afuera había desaparecido. Solo existía esa habitación, ese sofá, esa cercanía.
—Dorius —dijo Kael, en voz muy baja.
—¿Qué?
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Depende.
—¿Has querido a alguien? Así, de verdad. De doler.
Dorius tardó en responder.
—Sí.
—¿Y qué pasó?
—Nada. Porque esa persona no sabe.
Kael lo miró fijamente.
—¿Por qué no se lo dices?
—Por miedo.
—¿A qué?
—A perderlo. A que se aleje. A que todo sea más raro y ya no pueda ni mirarlo.
Kael asintió lentamente.
—Yo también tuve miedo una vez.
—¿De qué?
—De querer a alguien y que no me quisiera igual.
—¿Y qué pasó?
—Nunca se lo dije.
Dorius sintió un peso en el pecho.
—¿Adán? —preguntó, sin pensar.
Kael lo miró sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Se nota.
Kael se rió. Pero no era una risa feliz. Era una risa amarga, de esas que esconden dolor.
—¿Tan evidente soy?
—No. Pero yo te miro. Y cuando miras a Adán, tus ojos cambian.
—No sabía que me mirabas tanto.
Dorius se sonrojó.
—No es que mire tanto. Es que...
—¿Qué?
—Nada.
Kael sonrió. Esa sonrisa pequeña, real, que tanto le gustaba a Dorius.
—Eres un caso, Dorius Isolde.
—Tú también, Kael Alistar.
La lluvia seguía cayendo. La noche los envolvía. Y allí, en ese sofá, con la tormenta afuera y el mundo en suspenso, algo estaba cambiando.
Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Dos horas después, la lluvia cesó.
Dorius miró por la ventana. El cielo seguía nublado, pero ya no caía ni una gota. Las calles brillaban, mojadas, reflejando las luces de las farolas.
—Tengo que irme —dijo.
—Ya.
Kael lo acompañó a la puerta. En el umbral, dudó un momento.
—Dorius.
—¿Qué?
—¿Me das tu número?
La pregunta lo pilló por sorpresa. Kael sostenía el teléfono en la mano, con una expresión que no era la del instituto ni la de los jueves. Era algo más. Algo que no sabía nombrar.
—Sí —dijo, y le dictó los números.
Kael los guardó con cuidado, como si fueran un tesoro.
—Gracias —dijo Kael.
—Gracias a ti.
Se miraron un momento. Luego Kael sonrió.
—¿Otro fin de semana?
Dorius sonrió también.
—Sí.
Caminó hacia la parada con el corazón ligero y pesado al mismo tiempo. La conversación daba vueltas en su cabeza. Lo de Adán. Lo de fingir. Lo de las máscaras.
Y esa cercanía. Ese momento en el sofá, cuando la lluvia los había atrapado y todo había sido posible.
En el autobús, sacó el teléfono. Un mensaje de Sonia: "¿Estás bien?".
Respondió: "Sí. Ya vuelvo".
Otro mensaje, de Kael: "Te guardé esto".
Una foto. Una piedra azul, como un cielo pequeño, apoyada en el alféizar de su ventana.
Dorius sonrió.
Guardó la foto. Guardó el número que ya tenía guardado. Guardó todo en un lugar seguro de su corazón.
Y pensó, como tantas otras veces, en el veintinueve.
En todo lo que faltaba hasta entonces.
En todo lo que podía pasar mientras tanto.
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
Bello, hermoso.😻